
El Che detrás del póster
El trigésimo aniversario de la muerte del mítico guerrillero argentino, en octubre próximo, ha desatado una avalancha de biografías del más diverso tenor. Como primicia mundial adelantamos aquí un fragmento de La vida en rojo, del renombrado escritor mexicano Jorge Castañeda, una vastísima investigación que presenta un retrato crítico y descarnado del hombre que signó toda una época.
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E rnesto Guevara conquistó su derecho de ciudad en el imaginario social de una generación entera por muchos motivos, pero ante todo mediante el místico encuentro de un hombre y su época. Otra persona, en los años de ira y dulzura de los sesenta, escasa huella hubiera dejado; el mismo Che, en otra era, menos turbulenta, idealista y paradigmática, habría pasado de noche. La vigencia de Guevara como figura digna de interés, investigación y lectura se deriva directamente de su filiación generacional. Su pertinencia no brota de la obra o siquiera del ideario guevarista: corresponde a la identificación casi perfecta entre un lapso en la historia y un individuo.
Las ideas del Che, su vida, su obra, incluso su ejemplo, pertenecen a otra etapa de la historia moderna, y como tales difícilmente recobrarán algún día actualidad. Las principales tesis teóricas y políticas vinculadas al Che -la lucha armada y el foco guerrillero, la creación del hombre nuevo y la primacía de los estímulos morales, el internacionalismo combatiente y solidario- carecen virtualmente de vigencia. La revolución cubana -su mayor triunfo, su verdadero éxito- agoniza o sólo sobrevive gracias al rechazo de buena parte de la herencia ideológica de Guevara. Pero la nostalgia persiste.
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Ni el Che fue todo en lo militar, ni lo militar fue todo en la lucha. Sin que nadie pueda cuestionar o aminorar el sacrificio de miles de cubanos para derrocar a un régimen corrupto y odioso, y sin menospreciar en un ápice el aporte militar a la destitución de Batista, la victoria no fue ni exclusiva ni primordialmente militar. Sin duda, el papel del Che fue contundente en los últimos días de la guerra. Su temple, su voluntad indomable, su claridad de objetivos y su espíritu de sacrificio fueron irreemplazables en Santa Clara (...) Para la vida -y muerte- del Che, la sobrestimación de su capacidad militar resultaría agorera; para el curso de la revolución en América latina, el privilegio abrumador súbitamente atribuido a la faceta militar de su victoria surtiría efectos trágicos.
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Al principio reinaba todavía cierta confusión en los círculos oficiales norteamericanos sobre el santo y seña ideológico del Che Guevara (...) Más allá de la reforma agraria y de la formación ideológica del nuevo ejército, el Che iba asumiendo gradualmente posturas clásicas del marxismo en América latina. El hecho de que más adelante rompa con dichas posturas, y con los comunistas cubanos y sus padrinos soviéticos, no interfiere para que durante casi cuatro años compartiera a pie juntillas sus enfoques.
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Una vez fracasada la maniobra de Guevara y de John William Cooke de traer a Perón a La Habana y convertirlo en el padrino de la lucha armada en la Argentina, el Che se resigna a operar en Argentina con los medios de a bordo: con Massetti, un grupo de compatriotas heroicos y confundidos, y con sus colaboradores cubanos más cercanos. Cuando el Che llega a Argelia, a principios de julio de 1963 se encontrará precisamente con Massetti, quien ya había recibido su encomienda: la jefatura de la guerrilla argentina.
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Otros factores inducen a su próxima partida, además de las derrotas en materia de política económica y del acercamiento de Cuba con la URSS. El 19 de marzo de 1964 nace en La Habana Omar Pérez, vástago de Ernesto (sin llevar su nombre) y de Lilia Rosa López: el único hijo confirmado del Che concebido fuera de matrimonio, aunque no el único del que se tengan indicios. Lilia Rosa, una guapa habanera de unos treinta años, conoció al Che en La Cabaña en 1959; todavía en 1996 asistía a la conmemoración anual de la toma del cuartel el 2 de enero Omar Pérez (debe su nombre a Omar Khayan, el autor del Rubayat, una edición de la Che obsequió a Lilia Rosa), escritor disidente recluido un tiempo en los campos de trabajo cubanos por negarse al servicio militar y oponerse al régimen, no niega la cruz de su parroquia. Conserva los ojos, las cejas y sobre todo la sonrisa de su padre: cuando se le presenta alguna razón para la alegría, se le ilumina la cara, como cuando al Che se le atravesaba un motivo de regocijo en el rostro.
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Durante ese largo 1964, cuando el Che pierde a sus amigos y sus batallas, en el que emprende infinidad de luchas y polémicas sobre innumerables temas conflictivos y cruciales para la revolución cubana, comprueba dos características inconfundibles de su desempeño. Por un lado, Castro lo quiere, lo respalda en sus desorbitados proyectos argentinos, argelinos, venezolanos y, ahora, africanos. Nunca le regatea el lugar que se ha ganado, ni le reprocha sus deslices o exabruptos. No tiene, por tanto, nada que reclamarle. Pero también comprueba que Fidel no toma su partido. Coyuntura tras coyuntura, pleito tras pleito, el Che comienza a entender que está solo; no contra Fidel, pero tampoco con él. La situación del Che es insostenible, como lo es el par de posibles consignas que la resumen: con Castro, ni matrimonio ni divorcio; ni con Fidel ni en contra de él. Nada tan insoportable para Ernesto Che Guevara como esta madeja de ambivalencias, contradicciones y media luz crepuscular. Era hora de marcharse.
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El Che llegó tarde al Congo. Sucedió así porque sus tiempos, los de sus demonios y ansias, no eran ni podían ser los de las bregas africanas. Guevara quiso repetir en el Congo su historia de la epopeya de Sierra Maestra; ni la copia, ni el original correspondían a la realidad.
Descartando teorías fantasiosas se presentan dos interpretaciones verosímiles y fundadas de la tragedia. Una descansa en la hipotética decisión del gobierno de Cuba de apoyar inicialmente al Che con medios dotados para sacrificarlo después; la otra presupone buena voluntad de la isla, junto con una enorme impericia que condujo al fracaso. Conviene resumir rápidamente ambas teorías, y dejar el juicio último al lector, y a la historia.
Fidel Castro le "vendió" la idea de Bolivia al Che para evitar que éste muriera en las calles de Buenos Aires; el Che originariamente contemplaba un esquema continental a partir de Bolivia, proyecto que pronto se redujo a las exiguas dimensiones de la cuenca del río Grande en el sudeste boliviano. Los recursos puestos a disposición del Che para estos propósitos resultaron tristemente inadecuados: ni los hombres, ni las armas, ni las comunicaciones, ni los aliados cumplieron con las expectativas o con las necesidades. Al comienzo de la aventura, dicha insuficiencia tal vez no era aparente para el Che o para los operadores en La Habana, incluyendo a Fidel Castro. Pero hacia finales de marzo de 1967, la confusión o la ignorancia perdieron toda verosimilitud .
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¿Qué hacer con el Che si se le recataba de un nuevo lance? Sería la tercera vez en tres años: Salta, de la que se salvó por la demora en partir y la rápida eliminación del foco; el Congo, y ahora Bolivia. A Fidel se le presentaría nuevamente un conflicto desgarrador: diseñar una alternativa entre la muerte y la rendición/residencia/resignación en Cuba de su compañero de armas. El guerrillero perenne tendría que ser convencido de que su nueva empresa había concluido. Y aceptando que el Che se dejara persuadir, seguiría pendiente el problema de siempre: ¿cuál sería el siguiente paso, después del regreso amargo, detestable, a Cuba?
De haberse contemplado con seriedad la opción de un salvamento, es probable que Fidel Castro haya resuelto que un Che mártir en Bolivia servía más a la revolución que un Che vivo, abatido y melancólico en La Habana. Pensar que Fidel Castro no era capaz de un cálculo de tal frialdad y cinismo es desconocer los métodos que le han asegurado su permanencia en el poder por casi cuarenta años; significa pasar por alto su comportamiento frente a disyuntivas análogas, si bien no preñadas de la misma carga emocional o mítica que la del Che Guevara. Fidel no mandó al Che a morir a Bolivia; tampoco lo traicionó ni lo sacrificó; sencillamente permitió que la historia siguiera su curso, con plena conciencia del destino al que conducía.
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Huelga decir que entre el verdadero Che y el personaje que fabricaron quienes enarbolaban su estandarte, se entrepone una espesa maraña de contradicciones conceptuales. Las exigencias exorbitantes que se imponía a sí mismo no podían ser transferidas a otros sin una dosis brutal de autoritarismo. El hombre nuevo que buscaba construir y que pretendía personificar no cabía en el mundo de su época, y tal vez en ningún mundo concebible por sus contemporáneos.
Para que el Che y quienes cargaron su féretro dejaran un legado político, tendrían que haber ganado, alguna vez, en alguna parte, de una u otra manera. No fue el caso, por injusta que parezca esta apreciación y por desparejo que haya sido el terreno de juego (...) De manera que el comandante no acabó en un mausoleo ni en una plaza faraónica, sino en camisetas, swatches y tarros de cerveza.
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El Che se encuentra justamente donde pertenece: en los nichos reservados para íconos culturales, para los símbolos de los movimientos sociales que al filtrarse en el subsuelo de la sociedad se sedimentan en sus hendiduras y recodos más íntimos. Para muchos, los elementos más atractivos y redimibles que nos brinda la vida cotidiana actual son fruto de los años sesenta, y el Che personifica esa era, si no es que sus características, mejor que nadie. Tal vez el hijo de Celia no hubiese reconocido estos valores como aquellos por los que luchó y murió; pero ni siquiera el comandante Ernesto Che Guevara podía aspirar a escribir su propio epitafio. Tan sólo estaba destinado, como tan pocos otros, a morir como deseaba y a vivir la vida que soñó.
De ícono sagrado a souvenir
El azar fue determinante en la construcción del principal ícono guevarista. El Che se topó con la lente curiosa de Alberto Korda cuando presidía, junto con Fidel Castro, y al lado de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, un acto callejero en La Habana en homenaje a las víctimas de un sabotaje. Vestía esa tarde fatídica una chamarra de plástico con cierre que le había prestado un amigo mexicano. El atuendo resaltaba su esbeltez hasta volverlo irreal. La foto, de 1960, no fue entonces utilizada. Sólo siete años más tarde, Giangiacomo Feltrinelli, editor italiano, se la lleva de La Habana sin pagar un centavo. Se la apropia apenas semanas antes de que el guerrillero muera en Bolivia. Aquella imagen recorrería el mundo. Los posters, carteles y pancartas de Milán, París o Buenos Aires se poblarían de ese Guevara con sus ojos oteando un horizonte que se presumía triunfal. La melena sacudida por la ventisca, el rostro inmaculado y temerario a la vez.
Esa esfinge -recuerda muy bien Jorge Castañeda en su libro La vida en rojo- forma un notable díptico con otra fotografía tomada por albur en la escuelita de La Higuera. En ella se ve al Che muerto. Su cuerpo exánime, exhibido por los militares bolivianos como un trofeo de guerra, bien podría haber sido pintado por la mano de El Greco. Dos fotos, un mismo destino. La estampa de 1960 captada por Korda fue, en un intento de perpetuación, llevada a los billetes de tres pesos cubanos. El mercado negro, primero, y la dolarización de la economía de la isla, después, devaluaron su valor real y simbólico. La segunda foto, con su aura religiosa -cuerpo lavado, ojos limpios, barba afeitada- tuvo un derrotero similiar. Si en un principio creaba la ilusión de una silueta que vencía a la muerte, ocupa hoy un lugar preferencial en el merchandising de un año que tendrá su clímax en octubre próximo, en el santuario boliviano. Allí, lo que alguna vez fue imagen admonitoria florecerá como cansino souvenir. Vacuo ideario que el comandante aborrecería.




