El costo de (la restricción a) la libertad

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8 de septiembre de 2020  • 19:14

Solange tenía 35 años padecía cáncer y esperaba despedirse de su padre, sabía se aproximaba su muerte. Buscaron todos los medios para encontrarse. Una carta desesperada nos queda de Solange reclamando sus derechos, ni más ni menos, y un insulto furioso, desgarrador, de su padre.

El marco para este emergente trágico es el miedo que, transformado en norma, supera las más elementales características de la condición humana, la compasión, la empatía, imaginar que el sufrimiento del otro puede ser el propio, ya que muestra otra faceta, la deshumanización, pero con "justa causa". La obediencia debida, que fuera estudiada por Milgram y lamentablemente vivida por nuestra sociedad, antepone la norma a la piedad. El dogma elevado a la categoría de bien superior se justifica al abolir la condición humana del otro.

Esta es solo una, no la única, viñeta trágica de esta limitación a la libertad, uno de los tantos dramas que no han hecho más que empezar durante la cuarentena, en la cual la convicción ya dogmática sobre esa medida sanitaria hizo creer que el mecanismo de control más arcaico, el miedo, sería el instrumento adecuado.

La historia de la humanidad, en sus primeros miles de años, está armada alrededor de un programa extremadamente eficaz, y persiste luego de toda la evolución. Ese programa es el miedo.

A medida que la cultura fue evolucionando, el mecanismo del miedo se debió ir adaptando, pero forjado durante cientos de miles de años, persiste y sigue desencadenando respuestas primarias: atacar, huir, paralizarse. Una fuerza que en tiempo, modo y lugar puede ser apta o llevar al caos.

En este gran experimento social solo nos queda entender y aceptar lo que puede pasar, para inclusive usarlo para forjar otra sociedad mejor, asumir los costos pasados, afrontarlos, y tender a una sociedad más armónica

Vivimos un momento histórico único, una pandemia, primero banalizada, luego exagerada, ya que se activaron las alarmas del miedo, por las cifras de Niel Ferguson, del Imperial College, que auguraba decenas de millones de muertos. Y pasamos a una cuarentena que aún perdura.

Habiendo superado los 150 días, fue prorrogada a pesar del informe de la OMS en el que la doctora Van Kerkhove recomienda suspender las cuarentenas, por sus efectos negativos.

En ese mecanismo del miedo la etapa funcional era la de buscar las medidas que permitían una solución así fuese momentánea. Inicialmente el miedo a la pandemia y la observancia de la cuarentena podía ser funcional para evitar el contagio y al mismo tiempo preparar al sistema sanitario. A medida que pasaba el tiempo los efectos negativos crecientes empezaron a perder esta relación costo-beneficio, característica de las medidas terapéuticas peor el "remedio que la enfermedad". Así, el encierro y las estrategias de concientización para asegurarlo pasaron a estar cada vez más ligadas al miedo, y el mecanismo que podía ser útil pasó a ser disfuncional. En una huida hacia adelante, y aun ante la evidencia de que las medidas no potenciaban el distanciamiento social, nunca cuestionado seriamente, se reforzó el estímulo del miedo para buscar apuntalar el mensaje.

El temor ya no generó conciencia sino siguió su curso natural y se transformó en parálisis o reacción, con una serie de respuestas, psicológicas primero, luego somáticas. El omnipresente foco sobre el Covid-19 relegó la condición de salud de cada uno y la prevención de las otras enfermedades en general, que ameritan cuidado. Concentrados en el Covid olvidamos que en el mundo aproximadamente 150.000 personas mueren por día. Vemos que por temor no se realizan controles médicos vitales, y padecemos las consecuencias de ese proceso mórbido. Quienes buscando ayuda y tratamiento a sus patologías no la recibieron, e inclusive murieron a causa de ellas. Las estadísticas de muertes por diferentes patologías son relativamente estables, y no tiene sentido que por una patología extraordinaria como el Covid-19 las otras desaparecieran. Sí antes se exponían a la luz mediática, ¿alguien puede imaginar, por ejemplo, que las neoplasias, o las cardio o cerebrovasculares se desvanecieran?

Desde el punto de vista psicológico, la angustia dio paso a cuadros de enclaustramiento o de psicotrauma que son los que sin duda veremos durante varias décadas. Los niños, los ancianos, los adolescentes, cada uno manifestó aparte de su situación y malestar particular conflictos ligados a su franja etaria. La lista de lo que vemos a cada edad es innumerable.

En el plano de lo social, el incremento de situaciones de violencia, también es algo que ya comenzó y será difícil de desterrar, más cuando otra variable la economía que se separó artíficamente del bienestar, sufre de manera única.

Se empieza a generar un cambio de paradigma en todas las áreas de la sociedad. El distanciamiento social incrementó las grietas, en una sociedad fragmentada y en conflicto, y así aparecieron bandos que acusan, estigmatizan o delatan al otro.

En este gran experimento social solo nos queda entender y aceptar lo que puede pasar, para inclusive usarlo para forjar otra sociedad mejor, asumir los costos pasados, afrontarlos, y tender a una sociedad más armónica.

La historia evoluciona por cambios de paradigmas y estos son saltos, está en nosotros entender el signo de los tiempos para que este salto no sea a un vacío anómico.

Médico psiquiatra, neurólogo legista

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