
El costoso idilio agrario de Francia
Por Guy Sorman Para La Nación
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PARIS
LA política agrícola común fue la brillante hija intelectual de sesudos burócratas franceses. Nació a comienzos de la década del 60, en los albores del Mercado Común Europeo. Charles de Gaulle la apoyó por motivos que, en su momento, parecieron racionales. Para el gobierno francés, primero estaba la política y después, mucho después, la economía. El MCE venía a ser el precio que debía pagar Francia para hacer las paces con Alemania. Pero, ¿cómo competiría? La elite política y la mayoría de los representantes industriales se consideraban casi incapaces de resistir frente a una industria alemana supuestamente más fuerte; en cambio, creían que la agricultura francesa superaba a la germana. Por otra parte, a principios de los años 60, el 25 por ciento del pueblo francés aún vivía de la agricultura, o sea, dos veces más que en Alemania y cuatro veces más que en el Reino Unido. Los franceses seguían teniéndose por una nación de campesinos, se enorgullecían de ello y estaban dispuestos a alimentar a toda Europa. Se supone que De Gaulle dijo que canjeaba la agricultura francesa por la industria alemana. Por lo tanto, el sistema de protección y precios vigente en Francia antes del MCE se extendió a Europa entera; los alemanes lo vieron mal, pero no tuvieron más remedio que aceptarlo.
Estos orígenes históricos de la política agrícola común y su racionalidad aparente se han esfumado, pero ella, como tal, subsiste. La evolución de la economía francesa demostró que sus fundadores se equivocaron desde el vamos. La apertura de fronteras demostró que la industria gala era capaz de competir y que el proteccionismo no ayudaba a la supervivencia del campesino francés. Pero, aún hoy, nadie se atreve a decirlo. Ningún político, funcionario público o gremio agrario reconoce la verdad palmaria; es más: todos se coligan para mantener el statu quo. De hecho, la opinión pública, bastante mal informada al respecto (por no decir más), estima que nuestra agricultura necesita protección y que el sistema actual es relativamente satisfactorio. ¿Cómo se explica un consenso interno tan grotesco?
Política y psicología
Empecemos por las explicaciones políticas. La elite pública, reclutada en el círculo cerrado de nuestras grandes écoles y, muy a menudo, dentro de una misma familia de generación en generación, evidencia una notable incapacidad para reconocer sus errores; con la política agrícola común ocurre lo mismo que con la quiebra del Crédit Lyonnais. Por definición, esta gente no puede equivocarse; si un plan no funciona, nuestra tradición política es inyectarle más fondos públicos. Además, los gremios agrarios conservan un gran poder político, pese al número limitado de agricultores genuinos. En muchas circunscripciones electorales, unas pocas familias de agricultores detentan los votos decisivos para construir o destruir una carrera política, sobre todo en el Senado, que otorga una representación excesiva a la Francia rural. Por si su influencia política fuera poca, los campesinos bien organizados también pueden desorganizar el país con sus actos de protesta (por ejemplo, cuando bajan los precios), bloqueando las rutas o incendiando las prefecturas, sin que esto provoque reacciones demasiado fuertes en la policía o el gobierno. El nivel de tolerancia ante la violencia campesina es, por cierto, altísimo. Esto obedece a las razones puramente políticas ya mencionadas, pero no son las únicas.
La mayoría de los franceses mantiene una especie de idilio con el campo. Entre la gente de ciudad, muchos nacieron en una aldea o son hijos o nietos de aldeanos: los orígenes rurales nunca son lejanos. Si acaso lo son, han convertido la granja familiar en un segundo hogar para las vacaciones o los fines de semana. Los que han perdido sus raíces campesinas, o nunca las tuvieron, las reinventan comprando una antigua granja y cultivando hortalizas los domingos. Francia es un país industrial a regañadientes, donde todos gustan de explayarse sobre sus verdaderos orígenes y relacionarse con la civilización rural. Esta defensa cultural de la agricultora se ha constituido en el argumento extremo del proteccionismo; en realidad, quedan muy pocos campesinos auténticos, pero ellos dan testimonio de la Francia profunda y real con sus alimentos orgánicos, sus variedades de quesos y su estilo de vida genuino. La publicidad explota esta nostalgia en forma sistemática, incluso para promover quesos industriales.
Daño ecológico
La amarga paradoja de la tiranía del statu quo es que nadie, o casi nadie, medra con ella. Basta recorrer nuestro campo para ver cómo la política agrícola común destruye el paisaje sin enriquecer a los campesinos que aún quedan. Los precios subsidiados incentivan el uso abusivo de pesticidas y fertilizantes para producir trigo o maíz a montones. Todavía hoy, se talan sin piedad árboles y setos para extender las áreas cultivadas; los enormes daños ecológicos resultantes son una consecuencia directa de los subsidios europeos que, además, matan el espíritu emprendedor que pudiera haber entre la gente de campo. ¡Cuánto más cómodo parece controlar los precios vía Bruselas y seguir el camino fácil! Saben que sobrevivirán cultivando cualquier cantidad de trigo. "Supervivencia" es el término correcto. Salvo algunas grandes empresas agrícolas o productoras de fertilizantes, el verdadero agricultor, tan idealizado por el habitante de la ciudad, se empobrece relativamente año tras año; el así llamado "campesino" se ha convertido en un títere manipulado por burócratas europeos, una especie de burócrata implícito e inferior. La mayoría de la gente de campo lo ignora; muy poca decide renunciar a los subsidios y cultivar productos raros y exóticos; a menudo, sus hijos emigran a las ciudades. Los últimos campesinos que subsidie Bruselas serán, por cierto, muy ancianos.
El consumidor también vive en la ignorancia: ningún político y pocos comentaristas se animan a decirle que está pagando el triple por sus alimentos para producir, exportar y, a veces, destruir los excedentes de producción. ¿Hay una salida francesa para este laberinto? Admitamos que algunos líderes liberales, como Alain Madelin, parlamentario por una región rural, se atreven a decir que los agricultores deberían dejar de comportarse como burócratas dependientes y actuar con espíritu de empresa: es una voz solitaria. ¿Y los consumidores? En Francia, no están organizados. ¿Y los ecologistas? Sólo libran batallas simbólicas en torno a la energía nuclear o los transgénicos; no les interesan las historias triviales sobre pesticidas y contaminación del agua potable. ¿Y el presidente Jacques Chirac? Fue ministro de Agricultura y conserva un fuerte respaldo de las organizaciones rurales tradicionales. Da la casualidad de que el único líder político que criticó la política agrícola común siendo primer ministro, Michel Rocard, era socialista; eso le quitaba popularidad.
A la larga, la única salida de la política agrícola común provendrá de presiones externas. Después de todo, la mayoría de los procesos liberalizadores acaecidos en Francia fueron impuestos por Bruselas. En todos los casos, la sociedad francesa demostró, de mala gana pero de manera eficiente, que era capaz de afrontarlos y sacar provecho de ellos.
(c) La Nacion






