
El debate de yalta: ¿En el nombre de Roosevelt?
La semana última, durante las celebraciones en Letonia por el 60º aniversario del final de la Segunda Guerra, Bush pidió disculpas a los europeos del Este, por haber permitido Estados Unidos, en 1945, que Stalin dominara medio continente
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NUEVA YORK
"¿Yalta? ¿Qué Yalta? ¿Por qué Yalta?" Buscar la reacción de norteamericanos comunes por la calle (aunque sean las de un centro urbano rico y culto como Manhattan) al sorpresivo mea culpa que hizo George W. Bush la semana última en Letonia respecto al pacto que legitimó la ocupación soviética del Este europeo es más difícil de lo que parece.
A diferencia de lugares como Polonia, donde las palabras "trajeron júbilo a la población, y una reacción muy positiva", según cuenta el especialista en Europa Oriental del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford, Jan Zielonka, la gente común no tenía básicamente idea de qué se estaba disculpando la semana última, en su nombre, el Presidente.
"Lo más extraordinario del comentario de Bush es que constituye un pedido de perdón por un desastre histórico que la mayor parte de los norteamericanos no recuerdan. Yo ciertamente no sabía nada del resentimiento que muchos europeos del Este sienten hacia Estados Unidos y Gran Bretaña hasta que, en mi primer viaje a Varsovia en los años 80, fui personalmente acusada de "vender" a Polonia en Yalta, un pacto realizado 20 años antes de mi nacimiento" -explica a LA NACION Anne Applebaum, ganadora del Premio Pullitzer 2004 por su libro Gulag: historia de los campos de concentración soviéticos (Debate).
La Conferencia que los "Tres Grandes", Winston Churchill, Franklin Roosevelt y José Stalin, celebraron en Yalta (Crimea, ex URSS) del 4 al 11 de febrero de 1945 es posiblemente uno de los hechos diplomáticos más célebres del siglo XX. Los tres líderes se reunieron para llegar a un acuerdo lo más amplio posible sobre los puntos de fricción que los separaban en lo referente al futuro de una Europa que se vería, en breve, liberada de la dictadura hitleriana. A lo largo de la Guerra Fría se insistió en que en Yalta se había producido una división del mundo entre las potencias occidentales y la URSS, pero hay historiadores -principalmente de izquierda- que sostienen que no fue el tratado en sí, sino su violación por parte de los rusos, lo que llevó a la división de Europa y a la creación de la "Cortina de Hierro". Son los mismos que insisten en que fueron los republicanos norteamericanos contrarios a Roosevelt y su legado, y el propio Charles De Gaulle (que nunca perdonó haber quedado marginado de la reunión), quienes fomentaron la idea de que en Yalta se acordó la división de Europa en dos esferas de influencia, la occidental y la soviética.
Con el reciente comentario de Bush, a propósito de los 60 años del fin de la guerra, el debate, si bien no logró seducir masivamente a la opinión pública, sí volvió a abrirse en los ámbitos académicos y periodísticos, alimentado por un momento político muy particular, ya que Bush está tratando de acabar con el sistema de seguridad social también heredado de Roosevelt y hubo demócratas que señalaron que las palabras de Bush en Riga apuntaban a meter todo lo que hizo Roosevelt en la misma bolsa: la de las cosas mal hechas.
Otras críticas al presidente vinieron de los llamados "rooseveltianos", como el canadiense Conrad Black (ahora Lord Black of Crossharbour), autor de la biografía Franklin Delano Roosevelt: campeón de la libertad.
"Bush tiene razón respecto a que la libertad de los pequeños países debe ser protegida contra la agresión de las grandes potencias, pero no había pasos concretos que los líderes de Occidente (en 1945) hubiesen podido tomar para asistir a los países bálticos con 360 divisiones del Ejército Rojo ya metidas en Europa Central", sostuvo.
"La Declaración de Yalta sobre la Europa Liberada y sobre Polonia era todo lo que el demócrata más ardiente podría haber deseado. El problema con Yalta no es que fue un mal arreglo sino que Stalin lo ignoró", escribió en el periódico canadiense The Globe and Mail.
Y concluyó que "Bush no debería perpetuar el mito de Yalta dando más municiones a las fuerzas del antiamericanismo en Europa, las cuales sostienen que los países de habla inglesa traicionaron al Este europeo. Occidente fue a la guerra por Polonia. Los países angloparlantes liberaron Europa Occidental, y, junto con esos países, insistieron en las violaciones que hizo Stalin del pacto de Yalta hasta que Europa Oriental fue liberada también. Bush no puede lamentar seriamente que Occidente no fuera a la guerra con la Unión Soviética por el Este europeo en 1945. Debería dejar de pedir perdón por lo que no fue, de hecho, un episodio negro de la historia diplomática norteamericana".
Muchos, sin embargo, no están de acuerdo. "Nadie debería avergonzarse de hablar públicamente contra la dictadura, contra lo dominación soviética y contra las atrocidades de Stalin, y eso fue lo que hizo Bush. ¿Por qué habría que censurarlo? El contexto de sus palabras fue uno de intervencionismo norteamericano en política exterior, y eso puede haber molestado a algunos, pero los políticos no deberían ser tímidos a la hora de condenar las dictaduras. ¿No tuvieron ustedes la propia en la Argentina? ¿Y les gustó tener a las grandes potencias cerrando sus ojos a las atrocidades que se cometían?", se indignó el intelectual polaco Ian Zielonka, coautor del libro Consolidación democrática en el Este europeo (Oxford University Press).
"Es obvio que Bush hablaba siguiendo su propia agenda. Pero eso es lo que hacen los políticos y, siguiendo su agenda, lo que hacen otros políticos es dejar pasar las dictaduras como si nada. La justicia histórica es un tema difícil. Algunos en los países bálticos preferirían que no se hablase más de lo que pasó. Pero siempre va a haber otros que creen que no se puede mirar al futuro si no se limpia el pasado".
Applebaum, columnista y miembro del consejo editorial del The Washington Post, está de acuerdo: "Quienes se niegan a criticar a Yalta ignoran la magnitud de lo que incluía el tratado. ¿Era necesario -por ejemplo- incluir en él la deportación de miles de rusos exiliados a quienes los esperaba una muerte segura en la Unión Soviética? Además, Yalta, junto con otros pactos firmados durante la guerra, fueron más allá de un simple reconocimiento de la ocupación soviética al Este europeo, ya que le otorgaron legalidad y aceptación internacional a los nuevos bordes y estructuras políticas", señaló.
Siempre se dijo que Roosevelt en ese momento estaba muy enfermo. ¿Puede eso haber afectado su decisión? Applebaum no lo cree así: "Su enfermedad no fue determinante. Roosevelt era completamente naïf respecto a Stalin. Era alguien que hoy llamaríamos anti ?Vieja Europa´, y creía que la URSS era un país joven y que miraba al futuro, como Estados Unidos. Fue engañado con falsas promesas", dijo.
Lo mismo piensa Pedro Schwartz, catedrático de Historia de las Doctrinas Económicas de la Universidad San Pablo CEU, de Madrid. "Que Roosevelt estuviese enfermo no importa. A él, el comunismo no le parecía muy bien, pero bueno, sus convicciones eran de izquierda, y, después de Pearl Harbor, para los americanos cualquier aliado era bueno, por lo que cerraron los ojos al sistema soviético", explicó.
Pero la responsabilidad, asegura, es compartida con Churchill, "quien también cedió atraído por los soviéticos, sin los cuales las Segunda Guerra no se hubiera podido ganar si bien, a la vez, estuvieron entre los culpables de que ésta ocurriese".
"Rusia hizo un pacto con el diablo. Parte de la culpa de los millones de víctimas rusas en la Segunda Guerra estuvo en la ceguera de Stalin respecto a Hitler, quien en Mein Kampf ya había expresado su deseo de deshacerse de los eslavos. El pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov que firmaron ambos fue un acuerdo entre mafiosos, en el que después, simplemente, uno de los dos decidió acabar con su compañero de crímenes", dijo.
Quienes defienden las palabras de Bush en Riga señalan, además, que no se trató de un pedido de disculpas personal, como si Bush lo estuviera haciendo para sentirse mejor, y que no mencionó a Roosevelt ni cayó en la retórica de la Guerra Fría. Por el contrario, inmediatamente pasó a reflexionar sobre los valores democráticos que reemplazaron a Yalta. "El tono fue el correcto, y contrastó abiertamente con el del presidente ruso, Vladimir Putin, quien, consultado sobre por qué él no había formulado un pedido de disculpas por la ocupación soviética del este europeo, respondió que el Parlamento ya lo había hecho en 1989. "¿Se supone que debemos hacerlo todos los días, todos los años?", se molestó.
La respuesta, según Applebaum, es que no, que el presidente ruso no debe hablar de la ocupación todos los días, pero en un aniversario internacional que marca el final de la Segunda Guerra, claramente, sí. Asimismo, el presidente norteamericano "no debe hablar de Yalta todos los años, pero cuando viaja a Letonia para marcar el aniversario del fin de la guerra debe hacerlo, al igual que cualquier presidente norteamericano, al pisar por primera vez suelo africano, debería hacer alguna referencia a la esclavitud".





