
El día en que comenzó el siglo XXI
Por Guy Sorman Para LA NACION
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PARIS
El siglo XX concluyó, en términos de trascendencia histórica, en 1989, con la caída del Muro de Berlín; el XXI empezó el 11 de septiembre de 2001, con la destrucción de las Torres Gemelas. En ambos casos, un acontecimiento simbólico cierra una época e inaugura otra. El nuevo siglo es aún impredecible, pero podemos detectar algunas tendencias.
El Primer Imperio. En los Estados Unidos, los intelectuales marxistas y aislacionistas han denunciado constantemente el imperialismo de su país. Afuera, tal denuncia es una verdadera industria.
En realidad, la política exterior norteamericana siempre ha sido antiimperialista, contraria a las colonizaciones europeas y al imperio soviético. Si devino en un imperio de facto fue debido a su poderío más que a su voluntad. En el siglo XX, sus ejércitos siempre entraron en guerra a regañadientes, ansiando terminar su trabajo y volver a casa. Si dejaron tropas apostadas fuera de Estados Unidos, Corea o Alemania, fue sólo para contener agresiones inminentes.
Las cosas han cambiado. Las intervenciones en Afganistán e Irak parten de una estrategia nueva, justificada por el atentado del 11 de septiembre y legitimada por pensadores neoconservadores.
Según esta doctrina dominante, el ataque preventivo sería la respuesta justa a la amenaza. En adelante, ningún rincón del mundo estará a salvo de una operación y ulterior ocupación norteamericanas. En lugar de quedarse en casa esperando otro Pearl Harbor, los soldados se anticiparán al enemigo. Ya sabemos que estas intervenciones tienden a crear Estados viables y, de ser posible, democráticos.
Más allá de la amenaza terrorista, este primer imperialismo deliberado también surge de un análisis del siglo XX: los dramáticos efectos de las ideologías y de la pobreza obedecerían, básicamente, a la quiebra de los Estados. Si éstos son incapaces de organizarse en forma espontánea, incumbiría a los norteamericanos ayudarlos. En Estados Unidos, se ha abierto un debate en torno de la capacidad de sus ciudadanos de convertirse en buenos imperialistas. No tendrían más remedio, dada la falta de alternativas y, en particular, la aparente ineptitud de la ONU por estar constituida, básicamente, por Estados fracasados.
Este paso, que no es exclusivo del Partido Republicano, es resistido por unos pocos universitarios y editorialistas norteamericanos; la oposición del resto del mundo no vale gran cosa.
La Europa muda . Sobrepasada por este dinamismo imperial, la Unión Europea permanece perpleja, dividida. El viejo proyecto europeo de paz está en vías de concretarse, pero ciertos interrogantes han cobrado urgencia desde que Estados Unidos lidera no sólo la estrategia mundial y la lucha antiterrorista, sino también las innovaciones científicas y técnicas y el crecimiento económico. Los europeos se limitan a criticar, sin aportar ninguna respuesta alternativa.
Este comienzo de siglo revela que sin ejército, sin un mando único, la voz de Europa sólo podría ser una lección de moral un poco anticuada, sin efectos concretos. Peor aún, el crecimiento lento, la anemia científica agravada por meditaciones ecológicas, la reducen a un museo agradable para las elites, pero sin ventanas para las generaciones ascendentes.
El euro no ha reemplazado al dólar. La economía socialdemócrata no es una opción real frente al mercado norteamericano. Europa no propone un proyecto de desarrollo a los países pobres; tampoco a sus pobres. La diplomacia pacifista de Francia y Alemania no representa un consenso europeo; afuera, gana aliados que no se caracterizan por sus valores humanistas. Europa ya no parece la antorcha de los Derechos del Hombre, sino la abogada temblorosa de los derechos de la dirigencia y el statu quo.
La ONU, otra Cruz Roja. Ayer la paralizó la guerra fría; hoy, su naturaleza misma. Su Consejo de Seguridad no representa al mundo actual. Mientras esto no se corrija, es inútil esperar un buen gobierno mundial. En la Asamblea General la situación es todavía más caótica. Es obvio que la Carta, tal como está, ya no puede servir de base a un orden mundial. Además, no da cabida a nuevas situaciones (Kosovo, Afganistán) que habrán de proliferar en el futuro.
Entretanto, Estados Unidos seguirá gobernando el mundo: no se ven reemplazantes posibles. Esto no gusta, dada la impopularidad del imperio norteamericano, pero la crítica sería más legítima si naciera de un proyecto de reforma total de la ONU. Al no vislumbrarse tal posibilidad, la ONU se limitará a cumplir tareas humanitarias cada vez más acotadas.
Economía y terrorismo. Desde el 11 de septiembre de 2001, el panorama internacional está dominado por el terrorismo islámico, pero ¿no es ésta una expresión engañosa? La mayoría de los musulmanes no participa del terrorismo; ni siquiera comparte la ideología islámica. El islam no predispone al terrorismo o, en todo caso, no más que cualquier otra religión revelada; tampoco lo invocan muchos movimientos terroristas.
A mi juicio, el terrorismo islámico es, más bien, el fruto de una economía en la que, por un lado, hay una gran miseria y, por el otro, una gran concentración de la riqueza. Probablemente, sin finanzas islámicas no habría terrorismo islámico, o no sería tan eficaz y universal. La conjunción del dinero generado por el petróleo y el opio con la desesperación de una juventud desorientada ha producido esta mezcla explosiva. Por tanto, la solución no es sólo política o militar, sino esencialmente económica.
¿Cómo acabar con la inasible financiación del terrorismo? ¿Cómo inducir a los pueblos musulmanes, sobre todo a los árabes, a un desarrollo sostenido que representaría una alternativa a la violencia? Por ahora, tal desarrollo parece inasequible, pero en los años 60 nadie creía posible el despegue asiático. Las técnicas de desarrollo están a disposición de los pueblos que quieran utilizarlas. No es inconcebible que un país árabe musulmán despierte y, por mimetismo, genere un círculo virtuoso.
¿Orden o justicia? Sea cual fuere la visión del mundo, la lucha antiterrorista ha puesto a todos los gobiernos y comentaristas ante un dilema ineludible: ¿cómo optar entre el orden y la justicia?
Washington y sus aliados se erigen en promotores de la democracia como remedio definitivo para la violencia política, pero otras preocupaciones más inmediatas los llevan a sostener a Putin contra los chechenos, a Mubarak y Ben Alí contra los islamistas egipcios y tunecinos, o aun a la dictadura argelina. ¡Por lo visto, prefieren la injusticia al desorden!
¿Hasta qué punto estos regímenes autoritarios no fomentan el islamismo, al atizar la violencia mediante la represión y la pobreza? Por otro lado, ¿acaso todos los opositores chechenos y argelinos son islamistas? Y todos los islamistas, ¿son, por fuerza, terroristas?
¿Cómo persuadir a un campesino egipcio o a una estudiante tunecina de que los occidentales desean sinceramente la democracia? Occidente responde que más vale aliarse con déspotas eficientes que abrir la puerta a lo desconocido. Una contradicción infranqueable, en tanto ciertas naciones musulmanas no hayan demostrado que se puede ser a la vez creyente, demócrata y progresista. En eso están empeñados el gobierno turco, teólogos indonesios e intelectuales kuwaitíes.
En la lucha contra toda violencia, nuestros aliados naturales son estos musulmanes ilustrados que Occidente desdeña demasiado a menudo.
Pocos continentes. En los 80, se habló mucho del ocaso de Occidente y de la aparición de nuevos polos de poder en Japón, China, Brasil e India. Hoy nadie se arriesgaría a anunciar el poderío fulgurante de estas naciones que siguen buscando la fórmula mágica. Ninguna de ellas propone otra visión del mundo.
Aquella curiosidad suscitada por los "valores asiáticos" desapareció apenas esos asiáticos, quizás equivocadamente, adoptaron el modelo occidental. Occidente no posee la receta de la felicidad pero sí, por cierto, la de la eficacia.
La desaparición de la Unión Soviética ha facilitado esta gran transición hacia un liberalismo universal, iniciada en los años 80, cuando los interesados vieron fracasar sus propios modelos autoritarios.
En suma, la gran aventura del siglo XXI no será el conflicto entre civilizaciones, que nunca pasó de ser una metáfora hollywoodense sin un perfil real, sino la demostración del fracaso o la universalidad de los principios liberales, la democracia, el individualismo triunfante y la economía de mercado. Por ahora, nadie propone una solución alternativa: ya no hay modelo soviético, gandhiano ni chino. El islamismo es una protesta y no un proyecto concreto (salvo la represión de la mujer). Los musulmanes han podido comprobarlo en Sudán, Afganistán e Irán.
El cuestionamiento occidental de la globalización no es una alternativa estructurada: es una protesta atizada por el antinorteamericanismo, la nostalgia del marxismo y hasta la del cristianismo.




