
El dorso del verano
Por Orlando Barone
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LA consagración del trasero contemporáneo, al que el eufemismo argentino llama "cola", recibió su bautismo público hacia 1973 al estrenarse la película El último tango en París, en la cual la bella María Schneider, dándole la espalda a la posición frontal del todavía atlético Marlon Brando, le ofrecía ese hoy venerado altar posterior del cuerpo untado en mantequilla. Nadie imaginó acaso que la escena, mitificada por la inmediata censura, impondría una fenomenal jerarquía erótica a ese sector de la antropomorfia al que los españoles educados llaman trasero y, más concretamente, con esa palabra natural de cuatro letras. Palabra que aquí sólo se dice sin remilgos cuando se califica a una cara agria, a una cosa hecha como la mona o a tener suerte.
Antiguamente, el trasero femenino padecía de la autocensura y el prejuicio social. Ninguna mujer que presumiera de decente alardeaba de poseer un trono posterior encumbrado y únicamente se atrevían a proclamárselo de viva voz los colectiveros y camioneros, con metáforas ciertamente ordinarias que lo asociaban invariablemente a alimentos nutritivos como el pan dulce o la sandia . El tamaño durazno, fruta de símil adecuado, resultaba insignificante para la glotonería visual de una época todavía influida por las majas regordetas.
Pero a partir del film de Bertolucci, coincidente con la audacia de las mulatas brasileñas que consagró las tangas , también en las playas del Este con su correlato en la geografía del verano argentino, surge el moderno reinado de las "colas". Hoy, ya instalado triunfalmente, resulta notorio no ya en su obvio hábitat de exhibición, en la playa, sino aun cuando la porción luce intencionada bajo una falda de bebé en el cuerpo de una adulta.
A mediados de los ochenta, primero Camila Perissé y luego Katja Alemann, exponiendo esa sustanciosa región del final de sus espaldas desnudas en la obra La señorita de Tacna , propagaron la distinción de esa parte del cuerpo que los latinos llamaban cülus y que los españoles de otro siglo llamaban tafanario. La versión más ramplona sigue siendo asentaderas.
Ya en los noventa, la entonces diputada Adelina Dalesio de Viola, descubierta gracias a su notable trasero por un colega masculino de tosquedad sindical que en plena sesión de la Cámara hizo público el espectáculo, brotó en quejas al sentirse tocada por detrás en su espíritu más íntimo. Después le tocó el turno al ex ministro Manzano. Fue cuando su achatado y expandido despliegue glúteo apareció súbitamente esculpido y moldeado, lo que hizo correr el rumor de que se había puesto boca abajo en el quirófano.
Viajeros de colmada experiencia playera decretan que la forma en que las mujeres de esta parte del planeta han endiosado la región glútea o nalgal, con el aporte de personal trainers , de almohadillas y de colágenos, llega a ser insuperable. En el programa Memoria de esta semana, dedicado al enjundioso tema, se difundió con carácter de sentencia bíblica una frase del escritor Jorge Asís que dijo: "Para las argentinas tener cola es más importante que tener cabeza". Haber sido embajador en la Unesco, París y Portugal debe de haberle dado a Asís más experiencia que su proletaria incursión por los "jardines" de Quilmes.
El éxito de un determinado producto de la góndola, habiendo otros de prestigio sensual como los varios que contiene un cuerpo humano, se debe al creciente flujo de demanda, aunque ésta -según psicoterapeutas, sexólogos y confidentes- se constriña casi exclusivamente a lo visual. Estos especialistas suelen coincidir en que el auge de las "colas" unifica a ambos sexos; crea una zona de ambigüedad y de un atributo mutuo. Mujeres a la vanguardia proclaman que también ellas desean o contemplan con gusto la "cola" del varón, siempre que ésta se sostenga con algún músculo y no que se muestre fofa como una papa excesivamente hervida. Pero la mansa aceptación del bien tal como viene de la naturaleza ya no basta. Hay mujeres capaces de dormir en tensión boca abajo toda la vida, porque temen que si duermen de espaldas la cola se achate. Otras hacen ejercicios viriles para endurecer su blandura de origen o se someten alegremente a ser desolladas en vivo para ser transformadas. El atrás se ha convertido paradójicamente en el adelante, como si desde allí surgieran la ternura y la emoción que en el romanticismo se creía nacían del corazón y de los ojos.
Al copiar las mujeres la tendencia del varón por admirar las colas del sexo opuesto parecen condenadas a marchar otra vez detrás de los hombres. Fueron éstos los que desde la lejana Sodoma consagraron ese atractivo anatómico. La periodista francesa de Libération, Béatrice Bantman, cuenta en su libro Breve historia del sexo , cómo el testimonio de los conquistadores españoles reveló que también en América se repetía aquel hábito difundido en la Antigua Grecia y el Renacimiento. La cola de numerosos animales desempeña un papel fálico. Para Jean Paul Roux, por ejemplo: "La cola del caballo, situada en el extremo de una vara, se asocia al sexo erecto".
Lucubraciones que no pesan entre los ejemplares que en verano lucen sus "colas" con el desenfado de una libertad cuyo contrasentido está en la misma prisión sicológica que les impone la moda. Hay dormitorios donde el espejo que refleja la espalda es más grande que el que refleja de frente. Hay mujeres que a medida que se destapan de atrás se tapan el pensamiento para que no las delate reprimidas e incapaces de poner en funcionamiento eso que provocan.
A las talibanes las obligan a ocultarse de las miradas bajo pesadas túnicas oscuras. Qué alta intensidad imaginativa debe tener un varón afgano ante ese panorama sin recreo.
Aquí, en cambio, el abuso de la tentación puede enfriar los corazones.





