
El espíritu de la libre empresa
Por Manuel Alvarado Ledesma Para LA NACION
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No hace mucho, Mancur Olson planteó la hipótesis de que las sociedades están sometidas a una tendencia a convertirse en escleróticas; es decir, a cristalizar sus ideas económicas y esquemas políticos. Este parecería ser el caso de nuestro país. Pese a los fuertes embates recibidos, la sociedad -y, más precisamente, sus dirigentes- tiende a volver sobre sus pasos, en tanto que otros países que estaban detrás nuestro hoy nadan en las aguas del Primer Mundo.
Esto empuja a la sociedad argentina hacia la frustración y el escepticismo. Así, los jóvenes parecen creer en un destino de mediocridad y no experimentan orgullo por pertenecer a esta sociedad.
Está claro: sobre la idea de que la política económica y el Estado pueden, por sí mismos, generar riqueza, desde mediados del siglo pasado fue formándose una cultura básicamente rentística y carente de empuje. Esta cultura corroe el ánimo emprendedor que todo hombre desarrolla desde su nacimiento.
En el capitalismo, con el afianzamiento de las instituciones imperantes, el papel del empresario es vital para el desarrollo económico. Hace más de cincuenta años, Von Hayek expresó algo increíblemente vigente en nuestro país: "La generación más joven de hoy ha crecido en un mundo en el que, en la escuela y en la prensa, se ha presentado el espíritu de la empresa comercial como deshonroso y la consecución del beneficio como inmoral".
Erróneas interpretaciones éticas han causado grandes males. La visión negativa sobre el lucro, tan arraigada en la clase media, es parte de una conducta que induce a la falta de espíritu de emprendimiento. La verdad es que el lucro representa la actividad necesaria para alcanzar riqueza, dentro de un esquema de reglas ligadas con la competencia y el riesgo. En suma, es la compensación por el riesgo, la eficiencia y el esfuerzo.
La doctrina cristiana, contrariamente a lo que muchos piensan, valora a la empresa y al empresario. Las encíclicas papales son elocuentes al respecto. Quizá la más rotunda es la Centesimus Annus, de Juan Pablo II. Ella otorga un papel preponderante, en la vida económica y social, a la figura de la libre empresa como generadora de riqueza.
De hecho, existe una relación entre la inversión y el concepto de caridad. Es que cuando se invierte se crea valor. Y éste debe derramarse también sobre el conjunto social. Todo ello debe estar, para que el proceso se desarrolle más o menos armónicamente, bajo la supervisión del Estado, presente para cubrir áreas en las que el lucro no motoriza mejores niveles de vida.
Estamos en un mundo cada día más global, pero a la vez más tenso y con más diferenciación y mayor grado de regionalización. Este mundo exige innovación frente al cambio. En tal contexto, es el llamado "empresario emprendedor", el entrepreneur , quien motoriza las transformaciones. Porque éste no es un mundo de empleos asegurados. Pero sí es un mundo de oportunidades.
En las universidades se aprenden técnicas de negocios e ingeniería. Pero lo que no se aprende es cómo adquirir el espíritu emprendedor. ¿Cómo se forma tal espíritu cuando las escuelas sólo saben enseñar reglas? Como no es necesariamente algo nato, se incorpora y se aprende. Como lo hicieron los de la generación del 80. Con errores, sin duda, pero lo hicieron.
¿Qué es el espíritu emprendedor? Pues bien, es lo que lleva a una persona a encarar una aventura racional basada en:
- La innovación, haciéndose cargo del mundo humano y de las posibilidades que ofrece, con el fin de superar problemas mediante nuevos productos y servicios.
- La esmerada atención a los clientes, a los cambios que se producen y a la historia, para aplicar herramientas de transformación de la vida propia y ajena.
No todos los empresarios son emprendedores. Y ellos tampoco se reducen a los empresarios exclusivamente. En tal caso, lo que se requiere es una nueva concepción educativa, impregnada de una cultura donde el emprender y la sensibilidad histórica reemplacen a la información y a las reglas como elementos fundamentales. Y como éste es un mundo de oportunidades, lo urgente es democratizar el espíritu emprendedor mediante la educación. Este es el desafío: despojarse de preconceptos ideológicos, porque nuestro país necesita una nueva camada de emprendedores.





