El eterno retorno de Philip K. Dick

Autor de culto. El reciente estreno de la serie El hombre en el castillo, basada en una de las novelas del escritor de ciencia ficción, lleva a preguntarse qué tienen sus libros para que el cine y la televisión sigan inspirándose en ellos, más allá del paso de los años
Pedro B. Rey
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22 de noviembre de 2015  

Se suele decir que los paranoicos siempre tienen razón. Cuando Philip K. Dick (1928-1982) visitó por única vez los sets de filmación de Blade Runner sus sentimientos eran ambiguos. Lo halagaba que una de sus novelas, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, hubiera despertado el entusiasmo de Hollywood, pero al mismo tiempo estaba convencido de que el film no le sería fiel. Ya era un signo que al título original lo sustituyera un término acuñado por otro escritor ( Blade Runner era el nombre de un guión de William Burroughs). Dick murió pocas semanas después, súbitamente, sin llegar a ver la película de Ridley Scott. No pudo constatar que su intuición era cierta, que, por citar una sola de sus tantas distorsiones, sus androides habían pasado a llamarse replicantes. Pero de haber vivido un poco más seguramente hubiera descubierto con satisfacción que al cine no le quedaba otra opción que esas, por demás agudas, traiciones. El motivo es simple: sus libros tienen algo irreductible, ese resto que los hace, antes que nada, parte de la literatura.

Dick escribía ciencia ficción, género que durante toda su carrera era considerado con desdén por la crítica. El polaco Stanislaw Lem, una de las grandes plumas de esa vertiente, escribió a comienzos de los años setenta: "Es extraño el fenómeno de la ciencia ficción. Proviene de un burdel pero quiere entrar en el palacio donde se almacenan los pensamientos más sublimes de la humanidad". Se refería a Dick, al raro fenómeno de sus historias, que conciliaban el entretenimiento popular con argumentos complejos y un original entramado de derivaciones ontológicas.

El burdel del que venía Dick eran los fanzines de los años cincuenta y las ediciones baratas de la editorial Ace. Ser respaldado por pares como Lem, por sus lectores europeos (donde era más reconocido que en Estados Unidos) y eventualmente por alguna editorial o algunos de los premios de la ciencia ficción fue en vida su mayor horizonte de reconocimiento. La influencia que con los años ese imaginario personal, tras la piedra de toque de Blade Runner, ha tenido en el universo audiovisual no debía de estar en sus cálculos. El vengador del futuro, Minority Report (ambas basadas en cuentos suyos), Una mirada en la oscuridad (que Richard Linklater hizo en animación, inspirada en A Scanner Darkly) son algunas de las películas que se valieron de libros de Dick mientras muchas otras (el caso más notorio es Matrix) parecen haberse impregnado de manera ostensible de sus ideas.

El estreno esta semana de una serie que adapta El hombre en el castillo (la distribuye Amazon en su servicio de streaming) es la prueba más reciente de la fascinación, lenta pero firme, que viene ejerciendo Dick en guionistas y directores. En la novela, publicada en 1962, la ciencia ficción se convierte en ucronía, en historia contrafáctica. Estados Unidos perdió la Segunda Guerra Mundial y su territorio fue repartido entre los nazis (que ocupan el Este) y los japoneses (establecidos del lado del Pacífico). La esclavitud volvió a ser legal y los judíos sobrevivientes se amparan en nombres falsos. Un viejo libro adivinatorio, el I-Ching, hace furor en San Francisco, donde transcurre mayormente la trama, y será la clave para descubrir que la realidad no es tan firme como parece.

El hombre en castillo

¿Por qué estas décadas cambiantes parecen tener a Dick como contemporáneo virtual? A diferencia de Julio Verne -que escribía sobre descubrimientos aún inexistentes, pero potencialmente previsibles: la conquista de los polos, el submarino, los viajes a la luna-, el autor estadounidense no hace hincapié en ninguna capacidad de anticipación ni propone grandes tramas galácticas (aunque tiene alguna que otra). Sus argumentos pocas veces exceden el lugar común marciano o los paisajes posapocalípticos. Sus instrumentos futuristas, incluidos sus gadgets, son casi cómicos. Abundan los telépatas y los precognitivos o las drogas providenciales que enloquecen la trama. Lo que lo vuelve cercano, sin embargo, son los ambientes claustrofóbicos y paranoicos. Sus personajes, incluidos sus androides que parecen humanos, aparecen como engranajes de un mundo que los domina con mil y una artimañas, en que la tecnología y el poder -quizás el propio cosmos- son parte de una ficción dispuesta a soñar por nosotros.

Trailer de Blade Runner

Las dudas de identidad que asaltan a sus personajes conducen a un dilema filosófico: ¿qué es la realidad? ¿Qué es lo que hay detrás de ese mundo que damos por sentado? "Soy un filósofo que ficcionaliza -anotó Dick en 1981, en sus cuadernos personales-, no un novelista [...] El corazón de mi escritura no es el arte, sino la verdad." En su obra abundan los jardines de senderos que se bifurcan. No es casualidad que cuando Dick, que para entonces ya tenía una obra consolidada, leyó a Borges lo considerara un alma afín, alguien que trataba sus mismos temas en otro registro, distinto del supuesto género "menor" en el que él estaba confinado.

El destino de Dick como escritor de ciencia ficción puede leerse, en todo caso, como una parábola de malentendidos. Era un lector serial: admiraba a Proust y el Finnegans Wake, y llegó a escribir un puñado de novelas realistas (hoy perdidas). ¿Por qué entonces la ciencia ficción? Él mismo contó cómo a los doce años, en busca de una revista de divulgación científica, dio de casualidad con una publicación llamada Stirring Science Stories : "Estaba por completo sorprendido. ¿Historias sobre ciencia? De inmediato reconocí la magia que antes había conocido en los libros de Oz: esta nueva magia no trataba de varitas sino de ciencia... mi mirada se transformó en magia igual a ciencia... y ciencia (del futuro) igual a magia".

La profesionalización en revistas que pagaban poco, pero en las que se podía publicar con frecuencia, resultó una manera de girar mordiéndose la cola. Para que el oficio rindiera, había que producir mucho y, también, ajustar los intereses de su ficción a ciertos estándares. Dick, así, fue entregando cuento tras cuento, y más tarde novela tras novela, en una carrera continua. De la narración breve fue un cultor ultraprolífico: sus relatos completos abarcan hoy cinco tomos. Las novelas, por su parte, superan largamente la treintena.

A Scanner Darkly

Un escritor necesita de períodos de oscuridad. Los de Dick fueron muchos. Había nacido en Chicago (su gemela murió pocas semanas después del nacimiento, algo que lo marcaría de por vida), pero pronto la familia se mudó a California, donde residiría hasta el final de su existencia. Pasó la mayor parte de su vida en la pobreza, con una vida personal conflictiva (sobre todo con sus mujeres). Los años sesenta lo encontraron a tono con la época: para trabajar a ritmo sostenido cedió a los excesos de alcohol y de toda clase de estimulantes. Llegó a escribir novelas en un par de semanas y en esas maratones de escritura -afecto como era a las mascotas- podía en momentos de distracción alimentarse con las latas de comida de sus gatos. Había concluido que sufría de esquizofrenia, aunque su primer biógrafo importante, Lawrence Sutin, refuta con argumentos ese autodiagnóstico. Dick era, sobre todo, un creador solitario, abocado maníaticamente a sus mundos alternativos mientras lidiaba con lo más difícil de todo: lo cotidiano.

Como ocurre con tantos escritores de producción vasta, su obra es despareja, aunque sus lectores suelen encontrar incluso en las más flojas de sus historias algún rastro de genio. Con el tiempo, iría dando con el tono inestable que caracterizaría sus ficciones, escritas por lo general con un estilo áspero, incluso descuidado. Sus libros -además de los que ya se nombraron- exceden cualquier listado sumario: Ubik (1969), Los simulacros (1964), Tiempo de Marte (1964), Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965) son algunas de las fundamentales.

En Ubik, un empresario muere en un atentado organizado aparentemente por sus competidores comerciales. Pero antes del funeral, sus empleados empiezan a recibir mensajes de él y hay señales de que el mundo que los rodea corre riesgos de desaparecer. Un spray, el Ubik (por "ubicuo"), se revela central para la sobrevida. Aguardando el año pasado (1966) tiene como catalizador una droga que permite escapar en el tiempo para combatir a otras potencias galácticas que acosan la Tierra en el presente, pero nada resulta tan fácil: uno nunca elige el futuro al que termina por viajar. En Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (1974) un presentador televisivo al que suelen ver millones de espectadores se despierta en una habitación de hotel y descubre que su identidad fue borrada de todos los registros. El intento de resolver el misterio, en unos Estados Unidos poblado de delatores, alcanza el clima de las mejores distopías. Esas pocas líneas argumentales quizá sirvan para aventurar algo: al cine le quedan muchas ficciones de PKD que frecuentar.

Durante sus últimos años, a Dick las cosas habían empezado a irle mejor: sus novelas se volvieron más elaboradas. También por entonces se acentuó su inclinación mística, algo que se refleja en la suerte de trilogía que forman Valis (en que su protagonista cree enterarse del nacimiento del nuevo Mesías), La invasión divina y La transmigración de Timothy Archer. Ese misticismo tenía origen en una experiencia de 1974. En una alucinación se le presentó un rayo láser, de color rosa que, pensaba, debía de ser Dios o, al menos, una vasta inteligencia viva. A partir de entonces, seguro de que tenía una doble vida cósmica, se entregó a uno de sus proyectos más extraños, "La exégesis", un diario en que analizaba sucesivas visiones, se planteaba su veracidad y salía a la busca del misterio último del universo. Esas páginas manuscritas -que Dick escribía por las noches, al avance casi inconsciente de la mano- alcanzaron las 8000 páginas. Sólo recientemente se publicó una amplia selección hecha por Jonathan Lethem.

Además de las confesiones y reflexiones esotéricas que acopiaba en sus cuadernos, Dick se mostraba ansioso en otro sentido. Estaba seguro de que el FBI lo perseguía. ¿La razón? Debía de haber descripto en alguna de sus novelas, por casualidad, algún proyecto estatal ultrasecreto. No es infrecuente que algunos talentos sean víctimas de sentimientos persecutorios. Muchos años después de su muerte, al desclasificarse ciertos archivos secretos, sin embargo, se encontró una carpeta con su nombre. Estaba bajo la lupa, en efecto, aunque por haberse opuesto a la guerra de Vietnam. Los paranoicos, incluso cuando se equivocan, siempre tienen una cuota de razón.

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