
El euro, de viento a moneda
Por Sebastián Alvarez Murena Para La Nación
1 minuto de lectura'
ROMA.- Los argentinos hemos pasado, más de una vez en pocos años, por la experiencia de que de un día para otro se le quitaran tres ceros o se le cambiara el nombre a la moneda nacional. Los italianos, no: en sus cien años y pico de historia, la lira puede haber perdido o ganado valor, pero siempre lira ha quedado, y en Europa en general, salvando los desastres económicos que hubo entre las dos guerras, cada país ha seguido fiel a su moneda. En Francia, por ejemplo, donde hace ya muchos años se le quitaron unos cuantos ceros al franco, aún hay gente que para explicar el valor real de una suma de dinero, lo traduce a millards de centimes , miles de millones de centavos.
Por eso, los últimos días de 1998 tuvieron en Roma un cierto sabor a fin del mundo o, si se quiere, a fin de un mundo.
El veglione de fin de año se presentaba como una metáfora ideal del momento que se vivía.
El valor de una lenteja
Con secular sabiduría, los romanos pensaban en el menú para la noche de San Silvestre: cotechino y, sobre todo, zampone , que es una pata de chancho rellena, acompañados por lentejas. Pero aun en sus elucubraciones gastronómicas no podía dejar de filtrarse la economía internacional. Las lentejas se comen para Fin de Año como símbolo del dinero, ya que su aspecto evoca montañas de monedas. En esta ocasión cabía preguntarse: ¿qué moneda representarían las lentejas en la noche entre el 31 de diciembre del 98 y el 1º de enero del 99? ¿Liras? ¿Euros? ¿Primero unas y después los otros? Mientras tanto, las bolsas europeas festejaban sus últimos días de contratación en marcos, francos, liras y otras monedas nacionales, y los bancos anunciaban que los títulos al portador en papel pasarían en breve tiempo a ser virtuales, o electrónicos, con lo cual obligarían a los tenedores a depositarlos y, de paso, le darían una mano al fisco en el rastrear ahorros no declarados.
Se tenía la sensación de que finalmente el día había llegado y la pregunta implícita era: ¿estaremos listos? En el inconsciente de los italianos, la futura desaparición oficial de la lira y el nacimiento del euro parecían implicar la llegada de un nuevo jefe, más exigente, que probablemente hablara sólo en alemán.
Había poca gente por la calle la mañana del 1º de enero: uno que otro grupo de jóvenes vestidos de etiqueta que no se decidían a irse a la cama y cuadrillas de barrenderos que limpiaban la ciudad. Un achispado y aristocrático caballero de pelo plateado le comentaba a su compañera: "¿Ves? Están limpiando la calle en un día de fiesta: ya nos hemos vuelto alemanes".
Es tradicional en Italia tirar por la ventana las cosas viejas en la última noche del año. En un país donde para deshacerse de, digamos, una heladera rota, hay que ir antes al correo a pagar un impuesto y después dejar la heladera en la calle con el recibo pegado encima, la ocasión de poder tirar impunemente por la ventana todo lo que uno quiera hace que el 1º de enero las ciudades estén cubiertas de basura, televisores, lavadoras y sillones hundidos que ahí quedan por unos días. Así pues, había algo diferente en el aire el pasado primero de año, pero el cambio se debía más a la municipalidad que a la Unión Europea.
Contrabandistas ejemplares
Transcurrieron los días, y las diferencias aún no se veían. Los precios en las vidrieras seguían anunciados en liras, y pocos tenían necesidad de usar sus eurette , las calculadoras de bolsillo que dan automáticamente las equivalencias entre las oficialmente desaparecidas monedas nacionales y el euro.
Finalmente hubo un ejemplo de integración al nuevo sistema: los contrabandistas de cigarrillos empezaron a cotizar su mercadería en liras y también en euros. Fue un gesto de notable evolución, pues por el momento el euro tiene valor sólo para las operaciones que se hacen por medio de bancos o instituciones, pero, como dijo por televisión un portavoz del gremio del contrabando, "no queremos que los turistas piensen que en Italia nos quedamos atrás. Nosotros también estamos listos".
Los contrabandistas aprovecharon también para observar que había que encontrar una solución a la cuestión de la inmigración clandestina desde Albania, ya que a causa de ella el Canal de Otranto está bajo intensa vigilancia, cosa que no ayuda a sus actividades.
Nunca se sabe...
Poco después, una de las asociaciones que defienden los derechos del ciudadano hizo notar que desde la llegada del euro, que implicó el congelamiento de las tasas de cambio intraeuropeas, los bancos habían logrado hacer que una lira comprara menos francos, o marcos, o pesetas que antes, y esto, mediante un sistema de comisiones parecido al que antes usaban las casas de cambio. De un modo u otro, las cosas parecían volver a estar como antes.
Ésta es la prueba de que, en el fondo, los europeos no son del todo novatos en cuanto a monedas que valen en todo el territorio. Dos o tres siglos atrás se podían gastar en Venecia monedas de oro españolas, y en Sicilia, monedas de oro francesas. Y como dijo una persona que ha visto ir y venir varios Estados europeos, tal vez sea por esto que los futuros billetes y monedas de euros tendrán en una cara imágenes relativas a la nueva moneda y en la otra personajes o símbolos evocativos del país que los imprime.
Porque es mejor que la gente no se olvide de qué moneda usaba antes, ya que nunca se sabe, y la palabra euro podría volver a ser lo que era: el nombre de un viento. Ese día, tal vez, podrá de veras decirse que los argentinos nos parecemos a los europeos.






