
El feudalismo democrático del siglo XXI
Por Marta Sylvia Velarde Para LA NACION
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Vivimos en un tiempo de crisis, en el que muere una edad histórica y nace otra nueva. Es un tránsito semejante al que fue de la Edad Antigua a la Media, de la Media a la Moderna, de la Moderna a la Contemporánea. Se ha dicho, inclusive, que en el siglo que dejamos atrás se han sucedido varias edades históricas.
Sin embargo, al trasponer los umbrales del siglo XXI, se advierte en la Argentina, la pervivencia de un sistema que creíamos sepultado por el crecimiento de la humanidad. Nos referimos al feudalismo medieval, típico de la Europa occidental de los siglos de la oscuridad (entre el IX y el XII). Adaptados a nuestro tiempo, esos señores feudales continúan usufructuando las ventajas del sometimiento social que saben crear.
Como en otras provincias argentinas en las que castas privilegiadas han desplegado sus habilidades para retener el poder político por décadas, en Santiago del Estero el sistema feudal organizado ha creado y consolidado conductas políticas, económicas y sociales que se entrelazan en una red aparentemente indestructible.
Sólo bastó un hecho, el denominado doble crimen de La Dársena, para desnudar ante la opinión pública nacional el funcionamiento del sistema en la provincia.
Tal vez la forma más clara de entender el feudalismo se encuentre en la relación existente entre el señor feudal y los vasallos, o caballeros, un vínculo de obligaciones mutuas en las que el señor se compromete a velar por la vida de sus vasallos, y éstos a obedecerle, proveerlo de alimentos y servicios personales y acompañarlo a la guerra para defender sus patrimonios.
En cambio, los siervos -es decir, la mayoría de la sociedad feudal- son los campesinos sometidos a la servidumbre, obligados a trabajar para el señor feudal y obedecer a los vasallos, cultivar sus tierras, pagar los impuestos, ser pobres para siempre, y no ser libres de marcharse o de elegir otro señor más benigno. Al siervo, ni justicia.
En el feudalismo democrático del siglo XXI también se advierte esta relación de sometimiento, administrada por el paternalismo político, en la que el señor vela por la vida de su pueblo, al que tiene sometido a su servicio permanente. Una suerte de "protector ilustre", como lo llaman en Santiago.
Este feudalismo aggiornado , al igual que su modelo medieval, además de sometimiento propicia el empobrecimiento: quien nace pobre, muere pobre en el feudo. No se permite la movilidad social. El ascenso a través del trabajo y del esfuerzo individual está vedado. Sojuzga, y para mantener sometido al pueblo, discierne un estereotipo de dádiva o beneficio social. Y entonces aparece el clientelismo político. El pueblo deambula por los corredores del poder a la espera de la caja de mercadería, testimonio silente de miseria más que de pobreza de un pueblo envilecido. Es de advertir que este feudalismo a ultranza tiene su aplicación precisamente en las provincias más pobres de la Argentina.
En este sistema perverso, tampoco hay justicia para el pueblo. El poder se desliza verticalmente y en su expansión hacia abajo provoca irremediablemente el abuso del poder. Cautiva almas, amedrenta seres, elimina personas y grupos de presión, calla bocas, allana mentes...
En el sistema feudal era importante el señor feudal, pero más lo era el sistema mismo, por su eficacia para dominar al pueblo. En la democracia, un sistema imperfecto pero perfectible, lo más importante es el pueblo y sus expresiones participativas, comprometidas y responsables. A diferencia de la época en que reinó el feudalismo, la sociedad puede, en democracia, elegir a quienes los gobiernan y condenar a aquellos que, amparados en el poder de turno, abusan de la autoridad que se les confiere circunstancialmente. El poder caduca cuando la sociedad en su conjunto lo decide.
En las sociedades modernas y conscientes, la comodidad de ceder todo el poder a uno o a unos pocos hombres y mujeres a cambio de que velen por nosotros retrasa el crecimiento, paraliza las potencialidades individuales, cristaliza las malas costumbres y distorsiona la relación entre el pueblo y sus gobernantes. En las sociedades modernas, es obligatorio hacer uso de las libertades individuales e independizarse de los criterios arbitrarios de los autoritarios.
Porque la democracia ha demostrado que el hombre y la mujer pueden desobedecer en aras de la construcción de un mundo mejor, de un país mejor, de una provincia mejor.




