
El filósofo en la plaza
Por Rodolfo Rabanal
1 minuto de lectura'
Hegel seguramente habría desaprobado la didáctica y fina sencillez con que el pensador español Fernando Savater explica la Filosofía. Lo mismo que Hegel habría hecho Kant, pero los griegos, en cambio, no habrían dudado ni un solo instante en reconocer en ese tono coloquial de Savater al genuino pensador, amante además de la buena mesa y de los buenos paseos.
Sócrates, o Platón, y también Aristóteles, eran filósofos que hablaban, gente que gastaba con sus sandalias el pavimento de la plaza pública, tomando un poco de sol mientras discutían con absoluta normalidad si las esencias de las cosas eran o no inalterables. Desde luego, no ponían especial énfasis en lo que hacían porque, en general, trataban de no llamar la atención. Creo que Savater, al menos en ese sentido, es una especie de griego -aunque vasco- que vino directamente del Agora sin hacer alardes.
Veinte días atrás, cuando visitó Buenos Aires para dar una charla en el Instituto de Cooperación Iberoamericano, de la calle Florida, su director, Tono Martínez, me invitó a comer con él y un par de amigos comunes, como el editor Alberto Díaz y el filósofo argentino Eduardo Rabossi. Savater me pareció esa noche un hombre moderadamente feliz, en total acuerdo con su propia visión del mundo -una visión que parece haber sido fraguada a partir de una frase dichosa de Primo Levi: "Si es verdad que no existe la felicidad perfecta, tampoco existe la infelicidad perfecta"-, una visión en la que sobra lugar para el escepticismo y el sentido común, que son los pilares de su carácter y de su pensamiento.
Esa noche, en un restaurante de Recoleta, Savater comentó que uno de los problemas de nuestra época es haber dejado de lado el culto de la lectura y la práctica de un cierto humanismo: "Si no lees, si no eres una persona medianamente culta, lo más probable es que te aburras sin remedio y entonces necesites mucho dinero para matar tu aburrimiento o droga para el mismo fin. Eso es lo que le ocurre hoy a mucha gente. La devora el vacío". Entre los males de nuestra época a los que Savater otorga prioridad, figura el "monolitismo" de la identidad, ese gusto extremo de algunos pueblos y personas de querer parecerse a sí mismos con exclusión de todo el resto. Es visible que odia los nacionalismos y se declara un devoto extremo de la autonomía personal. Por eso, agasaja a la ciudad de Buenos Aires, donde se criaron sus abuelos catalanes, ciudad que le parece abierta y cosmopolita y a la que siempre adora volver "no sólo por su gente -me confesó esa noche con ironía-, sino también por sus caballos". A Savater le encantan las carreras y trata de que sus conferencias en cualquier parte del mundo coincidan con algunos grandes premios hípicos.
Terminamos la noche hablando de Gardel y de Borges; de Gardel, por Leguisamo; de Borges, porque detestaba a Gardel.




