El fin de la explosión demográfica
Por J. Bradford DeLong Para LA NACION
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BERKELEY, California
Hace poco, la ONU revisó sus proyecciones demográficas. Habitan la Tierra unos 6300 millones de personas. Si los índices de fertilidad de los países relativamente pobres persisten en seguir las tendencias establecidas por las naciones relativamente ricas, estamos muy cerca de la cifra máxima (9000 a 10.000 millones), que habría de alcanzarse entre 2050 y 2100.
Es muy posible que, de ahí en adelante, la población decline. En los países ricos, las parejas instruidas, con acceso a numerosas alternativas socioeconómicas, han puesto la fertilidad por debajo del índice de reposición natural. El problema no es que, en promedio, las mujeres quieran tener menos de dos hijos (de hecho, la cifra media deseada es apenas mayor), sino que muchas postergan la maternidad hasta después de los treinta años y para entonces su fertilidad real es inferior a la deseada.
Un tope demográfico mundial de 9000 y 10.000 millones no debe inquietarnos ni hacernos pensar en Thomas Malthus (1766-1834), el economista y pastor protestante inglés que profetizó un mundo cuya población se multiplicaría más rápido que los recursos necesarios para alimentarla y, en consecuencia, millones de personas morirían de hambre. En verdad, advertimos, un tanto sorprendidos, que la era de la explosión demográfica podría estar llegando a su fin.
Apenas treinta años atrás, Paul Ehrlich, de la Universidad de Stanford, y otros nos decían que teníamos ante nuestras puertas al Angel de la Muerte maltusiano. Nos aseguraban que era demasiado tarde para frenar las hambrunas que matarían a centenares de millones de habitantes del subcontinente indio. Vaticinaban para la humanidad un siglo XXI de guerras, en el que las naciones se disputarían los recursos para dar a sus pueblos un poco más de pan.
Sin embargo, hoy por hoy, el punto álgido en política no es la escasez de alimentos sino su exceso. Los políticos y los pueblos de las naciones en desarrollo se quejan amargamente de que los ricos países industrializados cultivan demasiados productos alimenticios.
"Exportar alimentos es uno de los pocos medios de que disponemos para obtener las divisas necesarias para comprar tecnología industrial moderna -alegan-. Pero ustedes, con sus programas de subsidios, nos impiden sentar cualquier tipo de ventaja comparativa en la mayoría de los productos agrícolas. Ustedes proclaman las bondades del libre comercio para las manufacturas que exportan, dicen que hacer valer el derecho de propiedad tiene una importancia crucial para sus inversores, pero se hacen los sordos cuando se habla de la igualdad de condiciones para el comercio agrícola."
Iniciativas antiliberales
Tienen razón. No todo país en desarrollo puede enriquecerse fabricando y exportando chips para computadoras, juguetes plásticos o bananas. Algunos necesitan exportar acero. Otros, muebles o telas. Otros, en fin, cítricos, cereales, alimentos procesados. Pero desde hace casi una década poco se ha hecho por abrir el comercio mundial. Esto nada tiene de sorprendente, si se mira la conformación de los distritos electorales clave del Partido Demócrata norteamericano. Por el contrario, lo sorprendente es que Bill Clinton haya estado tan dispuesto a nadar contra la corriente generada por su propia base laboral y proteccionista, estableciendo el Nafta en 1993 y, al año siguiente, la Organización Mundial del Comercio.
También sorprende, y mucho, que en este siglo XXI el gobierno republicano de Bush haya sido tan hostil a una mayor libertad de comercio. Ha respaldado, por cierto, varias iniciativas antiliberales importantes: una tarifa para el acero, la expansión de los subsidios agrícolas y una declaración en el sentido de que el impacto comercial de estos últimos ni siquiera puede ser considerado en las negociaciones del ALCA.
Los bloqueos del comercio mundial comprometen el desarrollo económico global. Las transferencias de tecnología son increíblemente difíciles. Cuatro dólares de ayuda bien pueden resultar un pobre sustituto hasta de un solo dólar en exportaciones, por cuanto hay pocas escuelas mejores que la exportación para interiorizarse en las formas organizativas y las tecnologías construidas a partir de la Revolución Industrial.
Si peligra el desarrollo global, también peligra la derrota definitiva de Malthus. Si los países más pobres no salen de la miseria, sus índices de crecimiento demográfico podrían bajar mucho más despacio de lo que predice la ONU.
La caída de los índices de natalidad depende del estatus de la mujer, de la confianza en el sistema de salud pública, de una prosperidad creciente y de fuertes señales culturales para convencer a la gente de que una familia numerosa no es el único indicador de éxito, ni el mejor. El hecho de que la mayoría de los países estén completando la transición demográfica no garantiza que todos la lleven a cabo. Tal vez Malthus vuelva a reinar en ciertas partes del planeta, geográficamente pequeñas pero muy pobladas e inmensamente pobres.
Las naciones con ingresos altos y medianos no deberían suponer que los países relativamente ricos pueden aislarse a perpetuidad de la pobreza y miseria existentes en los países paupérrimos. Desde larga data, el nacionalismo ha sido una causa poderosa de violencia política. Nada lo fortalece tanto y lo convierte en violencia como la sensación de que otros países explotan al nuestro, manteniéndolo pobre e indefenso, para satisfacer sus intereses egoístas. El mundo actual es demasiado pequeño para que cualquiera de nosotros pueda darse el lujo de excluir un rincón de él, sea cual fuere, de la conquista del maltusianismo.
© Project Syndicate y LA NACION
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)
J. Bradford DeLong, ex secretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos, es profesor de economía de la Universidad de California, en Berkeley.




