
El fin de la hegemonía
El domingo pasado, el proyecto reeleccionista del gobernador de Misiones, Carlos Rovira, fue ampliamente derrotado por una gran coalición, encabezada por el obispo Joaquín Piña, que cubrió el espectro religioso, político y social de la provincia. Semejante amalgama, rara vez vista en el país, cosechó el apoyo, según datos provisionales, del 56,57% de los electores.
La palabra dignidad fue la síntesis más expresiva de una campaña que tuvo que afrontar corrupciones y violencias de todo tipo: dignidad del ciudadano frente al abuso del poder.
Este resultado vuelve a plantear entre nosotros la paradoja de la hegemonía y el error de provocar polarizaciones institucionales tan dañinas como ineficaces. Los gobernantes, mediante el uso clientelístico del aparato del Estado, buscan establecer democracias hegemónicas; los electores, por su parte, suelen refutar tamaña intención: el equívoco ha hecho estragos durante estas dos últimas décadas.
Es una visión distorsionada de las cosas que responde a un concepto de lo político que va a contrapelo de las conductas adecuadas al buen gobierno republicano.
Sufrimos, pues, una contradicción que no hemos sido aún capaces de resolver. La democracia, en cuanto al nivel en el que se ubican los debates electorales y los comicios, tiene entre nosotros fuerte dinamismo. Gracias a esa vigencia, en Misiones pudimos comprobar una manera de ejercer la autonomía popular frente a los desmanes del poder que, para los descreídos, retempla la confianza. Sin embargo, ese conjunto de actitudes, plasmado en el acto soberano del voto secreto, no tiene correlato equivalente en el plano donde deberíamos disfrutar del influjo pacífico de la calidad de las instituciones republicanas.
Para eso, precisamente, se votó en Misiones.
La trama de lo que hizo Carlos Rovira durante los últimos meses tuvo por objeto levantar el edificio, por cierto opaco e inhóspito, de una democracia hegemónica apoyada por el Poder Ejecutivo nacional. Con tal propósito, el gobernador acrecentó sin medida el poder que, dentro de determinados límites, la ciudadanía le había conferido en lugar de respaldar, mediante actos coherentes con el mandato recibido, esa dimensión republicana de la democracia sin la cual ésta deja de cumplir con su finalidad más importante: la de conformar un orden de justicia, de libertades y de igualdades capaz de incluir a todos en una empresa común. Cuando se deja de lado ese cometido, el régimen democrático se convierte en divisa facciosa y mero instrumento de poder.
De acuerdo con los dictados de una visión escéptica de las cosas, los instrumentos propios de una democracia hegemónica imponen, al cabo, su férula y doblegan las mejores intenciones.
En realidad, en Misiones ocurrió el efecto inverso, porque, en las pocas horas que transcurrieron entre que se abrieron y cerraron los comicios, la ciudadanía dijo que no. De esta manera, el pueblo de Misiones fue protagonista de un rechazo que convocó a una contundente mayoría. Este gesto inyecta savia a la democracia y, a la vez, plantea nuevos retos.
Los desafíos provienen del hecho de que en Misiones se impuso una coalición electoral de carácter negativo.
La boleta con que se emitió el sufragio mayoritario es, al respecto, expresiva: los misioneros que ganaron esta elección lo hicieron votando por el no. Decir que no en política puede ser tan importante como decir que sí, pero lo que interesa destacar aquí es que, ante las exigencias de competir en el futuro para ascender al gobierno en las provincias y en el país entero, las propuestas adquieren necesariamente otra entidad y otro propósito.
Digámoslo sin vueltas: en Misiones se impuso una gran coalición, formada por una variedad de vertientes que, superado este trance, volverán al cauce en que habitualmente se desenvuelven. Este es, obviamente, el caso de la Iglesia, un factor decisivo de la victoria, junto con los medios de comunicación de alcance nacional (a ellos les debemos haber observado en pantalla el grotesco espectáculo del fraude).
El resorte que movió la gran coalición se fabricó con rapidez con las piezas que encarnaban el poder moral sobre el alicaído poder de los partidos políticos.
Este complicado fenómeno no debería despertar tan sólo un legítimo entusiasmo, sino inspirar, de aquí en más, una franca renovación del sistema de partidos.
La razón de esta demanda reside en el hecho de que en Misiones se reveló, al mismo tiempo, una virtud y una falla: los clérigos y líderes religiosos pueden ser muy virtuosos para decir que no y muy poco eficaces (porque esa tarea no les compete) para decir que sí en una competencia electoral para elegir gobernantes. Este propósito básico de la política representativa corresponde a los partidos y a todos aquellos que, en la sociedad civil, se sientan atraídos por lo que Max Weber denominaba el llamado de la vocación política.
Esta acción pública es una materia aún pendiente. Supone debate, exposición de programas y sentido del compromiso.
Supone, en definitiva, armar coaliciones que, para ver su esfuerzo coronado por el éxito, deberán trasponer tres umbrales. Primero, el umbral electoral; segundo, el umbral de los compromisos programáticos; tercero, el umbral de la gestión del gobierno.
En Misiones sólo se traspuso el primer umbral, porque la convergencia de voluntades se concentró en el punto de decir que no, en términos institucionales, a la prepotencia de un gobernante. Mucho más difícil, en cambio, es cruzar con éxito los otros dos umbrales.
Nuestro país tiene por desgracia sobrada experiencia de cómo una coalición electoral (por ejemplo, la Alianza, opositora a Carlos Menem, formada a partir de 1997) se deshizo en el ejercicio del gobierno y abrió las puertas de la crisis: lo que sirvió como coalición electoral concluyó en desastre como coalición de gobierno. Parecería que no hemos aprendido la lección que nos ofrece la política comparada en el Cono Sur (por ejemplo, en Chile) y, en general, en Europa. Las grandes coaliciones, tal fue uno de los legados de Konrad Adenauer en Alemania puesto en práctica en la actualidad, prueban su consistencia en la forja del gobierno. Sin duda, el régimen parlamentario favorece el desarrollo de este estilo político, pero ello no impide poner manos a la obra, como nos muestra la política chilena, en el contexto de los regímenes presidenciales que hemos adoptado en América latina.
Tal vez, en medio de esta pasajera euforia, convendría atender a estas consideraciones. Es vital para las oposiciones y también para el Gobierno. ¿No habrá llegado la hora de que se entienda que la hegemonía tiene pies de barro y que más vale despojarse cuanto antes del espíritu de confrontación y enemistad para echar los cimientos de una democracia republicana? Esta última debe ser garantía de la paz cívica y, según decía Juan María Gutiérrez, del progreso material de la sociedad. En la vereda opuesta, la democracia hegemónica, como en las antiguas imágenes de un animal estúpido, se devora a sí misma mordiéndose permanentemente la cola.







