
El fin del movimiento peronista
Por Diego Ramiro Guelar Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Hoy se ha puesto de moda el termino transversalidad. No nos debe extrañar este concepto en un país de escasa o nula madurez institucional, que supo parir "movimientos" y "partidos militares" o "cívico-militares".
El peronismo nace en 1945, después de 15 años de proscripciones y fraudes, y toma un nombre prestado (Partido Laborista) para las elecciones del 24 de febrero de 1946. Se funda luego el Partido Justicialista, pero se constituye un "movimiento" organizado en "ramas" (política, gremial, femenina, juvenil y empresaria) bajo la conducción de un líder que se comunica en forma directa con las masas o con sus "descamisados". El "movimiento" conduce a la "comunidad organizada", constituida por un triángulo en cuyos vértices se encuentran el Estado, los sindicatos y el empresariado nacional.
La "concepción movimientista" tiene innegables reminiscencias de la falange de José Antonio Primo de Rivera y del fascismo italiano, así como la "tercera posición" y el "socialismo nacional" mezclan corporativismo de derecha con la formación de "burguesías nacionales" que, según Lenin, eran el paso indispensable para el desarrollo de un proletariado nacional, sin el cual no habría condiciones objetivas para una verdadera revolución social.
A toda esta confusión en el plano de las ideas se sumó la lógica desconfianza en un sistema constitucional más caracterizado por las violaciones que sufría y por las facciones que en él pugnaban que por su ecuanimidad o por su estabilidad. Así, el "movimiento" se constituye en una supralegitimidad política por encima de la Constitución y de la ley, que reglamentan el comportamiento de las asociaciones y partidos. Esta visión de la "revolución permanente", negadora y despreciativa del papel de los partidos políticos -a los que sólo otorga el papel de instrumentos electorales- se adaptó perfectamente a la proscripción del peronismo, ocurrida entre 1955 y 1973. Durante este período, la resistencia peronista fue la respuesta lógica y adecuada.
Por otro lado, el único partido político orgánico de la Argentina, la Unión Cívica Radical, (hoy, con más de cien años de existencia), tuvo también su origen insurreccional, su sector movimientista (el yrigoyenismo) y su complicidad activa con ese engendro que fue el "partido militar".
Este último no fue otra cosa que la respuesta autoritaria a la incapacidad de la derecha conservadora (autodenominada liberal) de ganar el poder a través de elecciones libres. No es, entonces, casual que durante los últimos veinte años de ininterrumpida vigencia de las instituciones democráticas, hayamos inventado un "tercer movimiento histórico" y dos alianzas contra natura (justicialismo-UCD y radicalismo-Frepaso).
La transversalidad hoy pregonada es el cuarto hijo putativo de las tendencias autoritarias y hegemónicas que han caracterizado a nuestra convivencia política y social. Lo que el sistema democrático y republicano necesita para consolidarse son partidos con ideología y plataforma claras y definidas, representantes de parcialidades que se reconozcan como tales, que puedan coaligarse en frentes electorales por afinidades y acuerdos programáticos y no sólo como instrumentos para desbancar un autoritarismo y entronizar otro.
Después de 35 años de militancia en el peronismo, abjuro del pensamiento movimientista y critico severamente que ni el líder saliente (Menem) ni el entrante (Kirchner) sean capaces de formular una autocrítica que corrija los serios vicios que nos llevaron, como fuerza mayoritaria durante los últimos 60 años, a conducir, a acompañar o, al menos, a no impedir el mayor proceso de decadencia que nación alguna haya protagonizado en el mundo occidental.
Es esta misma fuerza política la que hoy cuenta con la mayoría en ambas cámaras y controla dos tercios de los gobiernos provinciales y municipales. ¿Necesita, acaso, de la transversalidad para acumular más poder que el que ya detenta? ¿No sería más útil que organizara su propia casa y dejara a los otros hacer lo mismo, respetando la diversidad política e ideológica que alimenta y estimula el pluralismo?
El Partido Justicialista tiene por delante el desafío de fundarse por primera vez como estructura de cuadros, como escuela de formación y conducción capaz de enterrar su viveza e instinto de poder para convertirse en una fuerza política inteligente, responsable, que sepa convivir con otras con las cuales pueda debatir ideas y cotejar propuestas para construir, todos juntos, el país que soñamos.
El pasado es y debe ser pasado. La década de los noventa es y debe ser parte de ese pasado. Los golpes militares, las proscripciones, los movimientos mesiánicos y las alianzas espurias son también el pasado. Usemos las dimensiones para lo que sirven. La verticalidad, para el ejercicio de la autoridad responsable; la horizontalidad, para el debate amplio y sin restricciones de las ideas, y la transversalidad para tirarla en el pozo negro de la historia con los otros ingeniosos pero inútiles instrumentos que supimos inventar y que sólo nos depararon tragedias y retroceso.





