El fracaso de la mentira como política de Estado

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14 de mayo de 2014  

La destrucción del sistema de estadísticas públicas es el indicador más claro de que la mentira se ha vuelto política de Estado. Por eso leímos con atención y cierta perplejidad una columna de opinión publicada recientemente por el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández en la edición online de este diario. La historia no es reseteable. Y, como bien escribió C. P. Scott en 1921, "el comentario es libre, pero los hechos son sagrados".

A los hechos, entonces. Durante la presidencia de Néstor Kirchner, Guillermo Moreno ejecutó una política de hostigamiento sostenido sobre técnicos del Indec desde 2006. En enero de 2007 inició su "intervención política directa" con el desplazamiento de la matemática Graciela Bevacqua. Ella denunció en la Justicia, y ante diputados y senadores de la Nación, que Moreno llegó a llamarla –a los gritos– hasta cuarenta veces por día para que modificara los datos del índice de precios al consumidor. El objetivo era claro: ocultar la inflación.

Pero las estadísticas públicas son un conjunto integral. El manoseo, la adulteración y la falsificación de un índice iba a contaminar tarde o temprano al resto; por ejemplo, a los datos de pobreza. El tomar precios irreales para costear la canasta básica hace tiempo que invisibiliza a los pobres, y no es la primera vez que el Gobierno oculta, cancela o retrasa su publicación.

La discusión sobre los números nos ha distraído de la principal pregunta: ¿por qué un país como la Argentina, que desde principios de 1990 creció un 80% en sus ingresos reales per cápita, no ha logrado hacer ninguna mejora en la reducción de la pobreza y la brecha de desigualdad? Es interesante tomar el período desde 1990 porque no sólo permite una perspectiva histórica significativa, sino también porque presenta cuatro etapas bien contrastantes.

En la primera parte de los años 90 tuvo lugar una abrupta caída de la pobreza. Según datos del Indec, desde la hiperinflación de 1989 hasta mayo de 1994, se redujo del 47 al 16,1%. Este fenómeno fue producto del crecimiento económico y de la notable disminución en la tasa de inflación, que, como sabemos, la sufren los que menos tienen.

La segunda mitad de los años 90, con una economía en recesión y desempleo creciente, produjo un nuevo ciclo ascendente de la pobreza que llegó a niveles impensados. Tras la irrupción de la crisis de 2001, alcanzó el 55% hacia finales de 2002.

La primera parte de la década de 2000 trajo aparejado otro ciclo de mejora en el combate de la pobreza, de la mano del crecimiento económico y el empleo, y el índice disminuyó hasta ubicarse en torno al 26% a fines de 2006.

Pero la segunda mitad de la década nos condujo a un nuevo deterioro. En contraposición a las publicaciones de un Indec intervenido, que estimó la pobreza en 4,7% para el primer semestre de 2013, estimaciones privadas, entre las que vale destacar las del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, ubicaban la pobreza en 27,5% a fines de 2013, un número que seguramente ha subido desde entonces como resultado de la inflación y la devaluación de este año.

En 2013, un informe de dicho Observatorio alertaba sobre el "núcleo duro de excluidos", el aumento de la pobreza por ingresos y la existencia de "población sobrante". Insistía en la persistencia de un "orden económico, social y cultural profundamente desigual".

Este cuarto período incluye la totalidad de la presidencia de Cristina Kirchner. Durante este período el crecimiento económico se estancó y el aumento de los impuestos, sobre todo los aportes laborales y la inflación, afectaron fuertemente a los segmentos más humildes de la sociedad. En conclusión, nos enfrentamos con una dura realidad: el nivel de pobreza de 2014 duplica al de 1994.

Más allá de estos ciclos coyunturales, seguimos sin focalizar en el único mecanismo efectivo de combate al flagelo y de mejora en la equidad distributiva de la sociedad: una educación de calidad para todos.

En Israel la mitad de la población en edad laboral tiene educación universitaria. En nuestro país, la mitad de la población que llega a la edad laboral no termina el secundario. No sorprende entonces que mientras Israel construye una sociedad con plena igualdad de oportunidades, vibrante y con fuerte movilidad social, la Argentina se hunde en una sociedad partida, social y culturalmente.

El fomento de la educación temprana, con los alumnos y su creatividad puestos en el centro del sistema, las evaluaciones educativas, el acceso online a la educación secundaria, la reducción de la inflación y la baja de los impuestos al trabajo para los segmentos de menores ingresos son iniciativas que impulsamos para la Argentina. Son el comienzo de un camino para quebrar estructuralmente la persistencia de la pobreza y la desigualdad.

Para terminar una reflexión final sobre si es moralmente aceptable la mentira como política de Estado. ¿Hay fines políticos que justifiquen determinados medios? Definitivamente, no.

La mentira "estadística" del Gobierno ha tenido, tiene y tendrá altos costos sociales. Le restó credibilidad al propio Gobierno y al país. En parte por eso, y en parte por focalizar en una "realidad" irreal, no permitió encarar soluciones de fondo.

Y en este caso el tiempo por sí mismo no cura. "Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se vuelve", decía Martín Lutero.

La evidencia empírica y la experiencia comparada deben ser la base del debate y la planificación de las políticas adecuadas que ataquen a la pobreza y la desigualdad. Entretenerse con mentiras e ideologismos polarizantes no resolvió los problemas. Es indispensable saldar la deuda que nos será legada para abrir, sin dilaciones, la puerta del futuro.

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