El giro de Dilma que hizo cambiar a Brasil

Sylvia Colombo
Sylvia Colombo PARA LA NACION
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21 de septiembre de 2012  

RÍO DE JANEIRO.- "¡Acá todo acaba en pizza!", se suele oír en Brasil. Es un chiste resignado: la percepción social es que las investigaciones de corrupción que involucran a los políticos concluyen siempre en la misma escena. No hay condenas y los involucrados se piden una "pizza" para festejar.

Algo de esto empezó a cambiar cuando Dilma Rousseff dio señales de tomar en serio las denuncias de corrupción. Pidió explicaciones y provocó la renuncia de siete ministros. El proceso se ganó la simpatía de la gente y tuvo gran impacto en la popularidad de la presidenta, que hoy mantiene un 56% de imagen favorable. El castigo a los corruptos ya se transformó en emblema de su gobierno.

Por eso, aquello de que "todo acaba en pizza" pareció quedar en suspenso a partir del 2 de agosto, cuando empezó el juicio al fraude conocido como el "mensalão", un inmenso esquema de compra de votos de diputados, armado durante el primer gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva. El más importante caso de corrupción desde el escándalo que terminó con la destitución de Fernando Collor de Mello, en los años 90.

Según las acusaciones, el Partido de los Trabajadores (PT) habría comprado el apoyo de su rival para ganar la última elección presidencial por nada menos que 10 millones de reales (casi cinco millones de dólares). Desde entonces, se construyó el sistema que, se calcula, hizo circular más de 140 millones de reales y distribuyó cerca de 30 mil reales por mes entre los diputados para que aprobaran proyectos del gobierno.

Aún no está claro hasta qué punto el entonces presidente sabía sobre el "mensalão". Tampoco cuál fue el rol de José Dirceu, el hombre más poderoso del gobierno de Lula. Figura polémica y símbolo de la resistencia contra la dictadura (1964-1985), Dirceu ayudó a fundar y a construir el PT. Una eventual condena en su contra tendría enormes consecuencias para Brasil porque contaminaría la figura del mismo Lula. Y todo en un año electoral en el que muchos candidatos a intendente reciben apoyo directo del ex presidente.

Sin embargo, una de las cosas que más impresiona en este juicio histórico –además de las figuras de primera línea que son investigadas– es el modo en que logró movilizar a la sociedad. Mucho menos politizados que los argentinos, hasta recién hubiera sido inimaginable ver a los brasileños atentos a las interminables sesiones de la TV pública en las que se ventila el juicio. Pero es eso lo que hoy está sucediendo. En las redes sociales, el debate es aún más crispado: se llega a pedir la cabeza de los involucrados.

El "mensalão" es un duro golpe a la imagen de la izquierda brasileña porque la desacredita como la guardiana de la ética que pretendió ser cuando se enfrentó a la dictadura o cuando denunció corrupción en otros partidos. Lula y el PT construyeron su identidad, en cierto sentido, dejando al descubierto a líderes corruptos de la derecha. También hicieron denuncias contra el Partido de la Social Democracia Brasileña cuando se hizo evidente que se habían comprado votos para la reelección de Fernando Henrique Cardoso. Ahora, tendrán que admitir que jugaron el mismo juego que habían denunciado.

Para el "antipetismo" (adversarios del PT) es la prueba de que ese partido es sólo una patota de oportunistas. Para los petistas, un triste shock de realidad y el amargo sentimiento de que Brasil es ingobernable y el Congreso, indomable, si no son mantenidos niveles medianos de corrupción.

Hoy, la cuestión de fondo para Brasil es responderse a sí mismo si podrá salir distinto de este juicio. Si los discursos de los jueces y políticos y los nuevos reclamos de la sociedad expresan un genuino interés en promover una política más limpia.

Dilma tendrá que demostrar, en los próximos años, que su gobierno sí puede operar sin esos esquemas fraudulentos. Por ahora, la apuesta le está saliendo bien, aunque tiene su riesgo. Al comprometer a todo su gobierno en la lucha anticorrupción despertó el interés de la gente y se ganó su confianza. Pero si el juicio fracasa, sus chances personales de reelección corren el mismo riesgo. Dilma dio un giro, produjo un cambio, cuando decidió embanderarse en la lucha anticorrupción. Y la sociedad la acompañó, giró con ella. Que los juicios lleguen a la verdad hoy ya es una demanda del electorado. Y es imposible no ver ese cambio con buenos ojos. Por primera vez hay expectativas ciertas de que no todo termine con una "pizza".

Para un país que ya es la sexta economía mundial y que quiere reafirmar su rol internacional, llegar a la verdad del "mensalão" sería una prueba de madurez y una señal de estar debidamente preparado para el lugar que quiere ocupar en el mundo.

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