El insulto a Sarmiento

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Comparémoslo con otros políticos que han dicho cosas superrazonables, pero nunca sirvieron ni para tocar el timbre
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13 de mayo de 2014  • 00:04

El ministro de Defensa uruguayo, don Eleuterio Fernández Huidobro, ha dicho que Domingo Faustino Sarmiento fue un "grandísimo hijo de puta". Entre otras cosas, porque Sarmiento recomendó en una carta al General Mitre "que no economizara sangre de gauchos, que sólo sirve para abonar la tierra." No creemos que el señor Fernández Huidobro condenara al sanjuanino por horror a la violencia, ya que fue cofundador del MLN-Tupamaros en 1960, cuando muchas falanges juveniles en todo el mundo proclamaban aquello de que la violencia es partera de la historia. Tampoco pretendemos defender la figura de Sarmiento de una "agresión extranjera" ya que ningún uruguayo será nunca extranjero. Nuestras dos naciones son un mismo país circunstancialmente partido en dos, aunque la circunstancia dure siglos. Compartimos figuras históricas como Artigas, Alvear, Liniers, y el señor Fernández Huidobro opina -ni más ni menos- lo mismo que otros argentinos.

Sarmiento fue sobre todo un periodista polémico, y dijo en su vida muchas cosas. Insultó y fue insultado.

Tampoco pretendemos defender la figura de Sarmiento de una agresión extranjera ya que ningún uruguayo será nunca extranjero

Nacido en 1811 (en San Juan) fallecido en 1888 (en Paraguay) Domingo Faustino Sarmiento fue uno de los personajes más discutidos de la historia argentina. Algunos lo declaran "padre del aula", otros lo proclaman autor exclusivo de la Ley 1420 de educación obligatoria, gratuita y laica (que, en realidad, fue promulgada por el presidente Julio Roca), otros lo consideran un escritor genial por el "Facundo" y están quienes lo bautizaron, sencillamente, "el loco Sarmiento", por sus opiniones apasionadas, siempre políticamente incorrectas.

Dijo, por ejemplo, sobre los estancieros argentinos: "Nuestros hacendados no entienden ni jota de este asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear antes que meterse en negocios que los llenarían de preocupaciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros, que no tenemos una sola vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luro, a los Duggan, a los Cano, a los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sombra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja".

Dijo del General Julio A. Roca, al regreso de la Campaña al Desierto de 1879: "¡Roca ha descubierto que en la Patagonia no hay indios!".

Dijo de los judíos: "El pueblo judío, esparcido por toda la tierra, acumulando millones, rechazando la patria en que nace y muere… Ahora mismo, en la bárbara Rusia, como en la ilustrada Prusia, se levanta el grito de repulsión contra este pueblo que se cree escogido y carece del sentimiento humano, de amor al prójimo, de amor a la tierra, del culto del heroísmo, de la virtud, de los grandes hechos, donde quiera que se produzcan… ¡Fuera esa raza semítica! ¿O es que no tenemos derecho, como los alemanes y los polacos, a hacer salir a estos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria?". (Enero de 1888, Diario El Nacional de Buenos Aires)

Dijo de nuestros paisanos, los indios: "Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes, por quienes sentimos, sin poderlo remediar, una invencible repugnancia".

Sobre los gauchos, en una carta a Mitre (textual): "...no trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono necesario, útil al país. La sangre es lo único que esos salvajes tienen de humanos".

Sobre Ángel Vicente Peñaloza, el mítico "Chacho", lugarteniente de Facundo Quiroga, último caudillo federal: "No sé qué pensaran de la ejecución del Chacho; yo, inspirado en los hombres pacíficos y honrados, he aplaudido la medida, precisamente, por su forma. Sin cortarle la cabeza a este inveterado pícaro, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses".

Cabe recordar que Peñaloza, vencido en los llanos riojanos, durante una de tantas contiendas civiles, se rindió al comandante Vera, pero fue acribillado, decapitado, y su cabeza, clavada en una pica, exhibida en la plaza de Olta.

Estando en Francia, en 1846, tuvo un raro privilegio: conocer personalmente al general San Martín en su casa de Grand Bourg. Mantuvo una larga entrevista con el Libertador. Sin duda le habló pestes de Rosas, pero, por lo visto, no lo convenció. San Martín permaneció inalterablemente leal a Rosas, cuyo carácter admiraba.

Durante la presidencia de Roca, ejerció el cargo de Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación. Cuando Sarmiento se consagró a la educación popular, se verificaba en el país un alto índice de analfabetismo. En el campo había muy pocas escuelas. Sarmiento predicaba así: "Para que haya paz en la República Argentina, para que los montoneros no se levanten, para que no haya vagos, es necesario educar al pueblo en la verdadera democracia, enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales...para eso necesitamos que toda la república sea una escuela."

La idea de la educación como causa superior del progreso de los países es modernísima: hoy está consagrada por el mundo entero

Recién en 1884 se logró la sanción de su viejo proyecto de ley de educación gratuita, laica y obligatoria, que llevó el número 1420. Según Mario Vargas Llosa, es por este triunfo de Roca y Sarmiento que la Argentina resolvió el problema del analfabetismo antes que Europa y los Estados Unidos. Sarmiento fue un destacado masón: pidió licencia en la Logia Unión del Plata número 1 para asumir sin compromisos la presidencia de la Nación, en 1868.

La idea de la educación como causa superior del progreso de los países es modernísima: hoy está consagrada por el mundo entero. Vivimos en la era del conocimiento. Y Sarmiento fue precursor de este tiempo: por su obra, millones de hijos de inmigrantes que venían hambreados de Europa y Asia conocieron la ciudadanía y la lectura.

Lo que pasa es que Sarmiento vivió en la Argentina bárbara: un ciclo que se inicia en 1806, con las Invasiones Inglesas, y culmina en 1880 con la Conquista del Desierto. En ese período de apasionada violencia, la Junta de mayo fusiló a Santiago Liniers y Martín de Alzaga, héroes de la Reconquista; Lavalle fusiló a Dorrego; Rosas a Camila O´Gorman; los vencedores de Caseros incautaron toda la fortuna de Rosas (incluyendo Palermo entero) construida a fuerza de trabajo desde los 17 años, y no se la devolvieron nunca. En fin: fue un ciclo revulsivo donde no sólo se dijeron sino que se hicieron cosas tremendas.

¿Qué pueden importar entonces las ideas racistas, incorrectas, épatantes de un escritor audaz y genial, apodado "el Loco", que como presidente dio un impulso descomunal a la educación pública y convirtió a la Argentina en un país ejemplar? Comparémoslo, por un instante, con otros políticos que han dicho cosas superrazonables, pero nunca sirvieron ni para tocar el timbre. ¿Ya hizo la comparación, amigo lector?

Bueno, ahora piense de nuevo en Sarmiento.

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