El juego de la deuda eterna y la verdad sobre el FMI

Por Mary Anastasia O´Grady The Wall Street Journal
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28 de diciembre de 2001  

NUEVA YORK.- ¿Busca un regalo de fin de año para algún amigo íntimo de Rusia, Indonesia, Turquía, México o la Argentina? ¿Qué le parece el nuevo juego de mesa "deuda eterna", importado de la Argentina? Aterrizó en mi escritorio hace pocas semanas. Impreso en castellano, lleva un subtítulo provocativo: "¿Quién puede derrotar al FMI?"

Más que un juego, deuda eterna es una sátira cáustica destinada, sin duda, a reconfortar al maltrecho sector privado argentino, que en años recientes ha sido arrollado y aplastado por el Fondo Monetario Internacional. El miércoles de la semana pasada, el presidente argentino, Fernando de la Rúa, tuvo que declarar el estado de sitio mientras turbas enfurecidas cometían desmanes y saqueos en todo el país. Al día siguiente, renunció.

Los diseñadores del juego de mesa argentino no son los únicos que se burlan, con un humor macabro, de la ineptitud del FMI. Es un deporte mundial. Pocos años atrás, el ex secretario de Estado norteamericano George Schultz pidió su cierre definitivo. Sin embargo, el poderoso FMI no da la menor señal de abdicación. Todo lo contrario: ahora propone que le asignen un papel nuevo, y poderoso, en las finanzas internacionales. En pocas palabras, tras haber sumido en el caos una economía, con su asesoramiento ponzoñoso en materia de políticas, quiere tener facultades especiales para proteger al deudor contra los acreedores del sector privado ante un tribunal de quiebras supranacional. Por supuesto, las instituciones multilaterales, como el FMI, no tolerarían la menor interrupción en los pagos. Los mercados se horrorizaron, y con razón.

El juego argentino, una nueva variante del monopolio, convierte a los participantes en empresarios exportadores "cuyo capital es provisto por el Fondo Monetario Internacional, con todo lo que ello implica en cuanto a condicionamientos, devaluaciones, etcétera". Al mover sus piezas en el tablero, pueden toparse con un golpe militar, condicionamientos del FMI, fugas de capitales y barreras proteccionistas en los mercados del Norte. Los jugadores con deudas que superen los 10.000 dólares deben renegociarlas, pagar intereses por adelantado y afrontar una devaluación monetaria. Cuando menos, el juego demuestra una visión del FMI popular en América Latina: le presta a uno dinero, pero con muchas ataduras; si uno se mete en aprietos, lo exprime hasta sacarle el último peso y le impone una devaluación que lo deja más pobre de lo que ya era.

El fiasco argentino continúa la serie de fracasos del FMI iniciada en 1994: los casos más notables fueron México, Indonesia, Rusia y Turquía. En todos ellos, el FMI adoptó la estrategia de sacar de apuros a los Estados deudores inyectándoles cantidades enormes de efectivo e imponiéndoles, al mismo tiempo, la austeridad fiscal o, para decirlo en la jerga local, aumentos impositivos punitorios. Se imponía la devaluación. La "ayuda" prestada por el FMI en los últimos siete años ha llevado a la ruina a millones de ciudadanos comunes del mundo entero.

Políticas equivocadas

La devastación que dejó a su paso es tan impresionante, que ni él mismo puede pasar por alto los resultados. Al parecer, los capos del Fondo están llegando a la conclusión de que los "megasalvamentos", otrora defendidos como necesarios para impedir el contagio, ayudan mayoritariamente a los acreedores, que hacen el juego clamando que el cielo se vendrá abajo si el FMI no paga. Ahora estaría emergiendo un consenso en el sentido de que quienes prestan dinero al Tercer Mundo deberían aceptar los riesgos.

Es un avance. No obstante, a juzgar por el globo de ensayo de la bancarrota, están sacando conclusiones erróneas.

El FMI ni siquiera ha admitido todavía el papel que desempeñó en la implosión argentina. Cuando Fernando de la Rúa asumió el poder, en diciembre de 1999, la relación entre la deuda y el PBI no era insostenible. Pero De la Rúa se apresuró a aumentar los impuestos (en parte, quizá, para satisfacer a su coalición izquierdista) y con eso mató la naciente recuperación económica. Al agotarse los ingresos fiscales, la negativa política de la Argentina a achicar el Estado y la hostilidad hacia el mercado libre se mezclaron, en un brebaje tóxico, con la insistencia del FMI en cerrar el déficit fiscal. El aprisionamiento dentro del Mercosur (la proteccionista unión aduanera del Cono Sur) empeoró aún más las cosas. La recesión se hizo crónica. Si la Ley de Convertibilidad no hubiese protegido los ahorros argentinos, es casi seguro que los expertos del FMI ya habrían forzado una devaluación dolorosa.

Todo esto significa que si el FMI es sincero en cuanto a su reforma, debería empezar por fumigar su sede central, en la Calle 19 de Washington, para liberarla de los economistas partidarios de la devaluación y la tercera vía, que venden remedios nocivos para el desarrollo. El ministro de Economía argentino Domingo Cavallo presentó su renuncia, pero, ¿a quién se pide cuentas en el FMI?

En vez de examinar sus políticas equivocadas, el Fondo ha imaginado una nueva forma de distorsionar los mercados con su idea del tribunal de quiebras global. Al presentar la propuesta ante el National Economist Club, en noviembre, la vicedirectora administrativa del FMI, Anne Krueger, dijo: "Un mecanismo formal de reestructuración de la deuda pública permitiría que un país viniera al Fondo y solicitara una interrupción temporaria de la amortización de su deuda, durante la cual negociaría con sus acreedores una refinanciación o reestructuración, dado que el Fondo consiente esa línea de ataque". En otras palabras, para asegurar el orden y la estabilidad, encomiéndense al FMI. Perdón, pero cuesta un poco tragarse esta idea cuando en Buenos Aires arde otro proyecto del FMI.

Ideología intervencionista

Krueger busca el modo de producir, en el mercado de la deuda pública, las características principales de la ley norteamericana sobre quiebras de corporaciones: protección contra acciones judiciales y un medio para obligar a las minorías reacias a cooperar en una reestructuración. Es un objetivo sensato para el sector privado, pero, ¿quién necesita recurrir al Fondo? El mercado ya tiene una solución para los problemas que afrontan los Estados deudores en bancarrota. Se utilizó en Ecuador, para ejecutar una refinanciación ordenada de su deuda. Allí, gracias a los consentimientos de salida en los contratos de empréstitos, una mayoría partidaria de una reestructuración pudo alterar algunos aspectos de los contratos (salvo las condiciones de pago) volviendo tan poco atractiva la retención de los bonos antiguos, que los reacios acabaron por ceder.

Es cierto que el uso de los consentimientos de salida inducirá a los prestadores a ser más prudentes. Pero los mercados ponen precio al riesgo. El Capítulo 11 de la Ley de Quiebras no ha dañado al mercado de bonos de alto rendimiento. En cambio, la existencia de reglas claras, no politizadas, ha impulsado la participación en bonos basura.

La reestructuración de las deudas públicas suele demorarse hasta bordear el desastre por el alto costo político que implica admitir una crisis por deuda. Como dice un experto en reestructuración de deudas, "los administradores raras veces sobreviven".

Pero el FMI podría ser un problema mayor. Charles Calomiris, profesor de finanzas y economía de la Columbia Business School, expresa: "Cuando los Estados se ven en dificultades, no tenemos una solución rápida a causa del arbitrio del FMI y la incertidumbre que él genera". Las metas geopolíticas del FMI y su ideología intervencionista suelen causar antagonismos entre su política y el mercado; es difícil pretender que los inversores confíen en su arbitraje en las actuaciones por quiebra.

El objetivo de Deuda Eterna es que los empresarios "superen las desventajas y prescindan del FMI". Los argentinos perdieron en la última vuelta. Su experiencia debería servir de lección al resto del mundo: prescindan del FMI antes de que él prescinda de ustedes.

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