El lado B de las inundaciones

Fabio Quetglas
Fabio Quetglas LA NACION
Los desastres exhiben las desigualdades sociales con crueldad
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16 de diciembre de 2014  • 00:20

Decir que el área metropolitana de Buenos Aires tiene problemas de gobernabilidad es un lugar común que prácticamente no agrega ningún valor. Se repite como un mantra (me incluyo), y nos relaja pero no resuelve nada.

Como en tantas otras cosas, los desastres exhiben las desigualdades sociales con crueldad. Si bien la lluvia y la sudestada nos afectan a todos, es claro que la "ciudad formal", por los niveles de inversión en los que se asienta, soporta mejor estas situaciones. En cambio, las villas, asentamientos y las poblaciones informales ribereñas de los arroyos e incluso los barrios populares insuficientemente atendidos en materia de infraestructura, quedan absolutamente expuestos.

Conforme a los datos recopilados por TECHO en su informe sobre villas y asentamientos en el AMBA, esos barrios no crecen por la expansión vegetativa, sino que son principalmente resultado de procesos de migración. Sabemos que más de 2/3 de esos migrantes son internos y casi 1/3 de países limítrofes (en un 85 % de Bolivia y Paraguay). En el caso de los migrantes internos, sabemos que casi el 75 % son aportados por 5 provincias (en orden de importancia: Chaco, Santiago del Estero, Corrientes, Tucumán y Misiones).

Por otro parte, la informalidad habitacional y la constitución de una "ciudad precaria" son la materialización de la exclusión, como fenómeno distinto de la pobreza y la desigualdad. Una ciudad cuyo rasgo central es la inexistencia o la altísima debilidad del poder estatal para regular la vida pública, constituir o controlar el espacio público y promover una convivencia basada en la Ley. En dichos espacios, el advenimiento de una situación de emergencia, es de imposible resolución para un Estado, que ni siquiera se hace presente en condiciones normales.

Las tres preguntas que debemos atender para no regodearnos en ideas que llevan a ningún lado y para evitar una catástrofe mayor a los luctuosos sucesos de abril del 2013 son : a) Cómo controlamos el proceso de migraciones masivas de personas en busca de un destino mejor a las áreas metropolitanas, b) Cómo incrementamos la tasa de inversión pública en dichas áreas y c) Cómo preparamos a la ciudad en estrategias inteligentes de control de daños, sobre todo en aquellos espacios donde se han constituido formas paralelas de poder.

En condiciones "normales" (sin catástrofes sanitarias, persecuciones o guerras), las personas se mueven de un lugar a otro motivados por estímulos (no sólo económicos). La información y las expectativas juegan un rol central.

Nuestras áreas metropolitanas estallarán en la medida que no cerremos la brecha de desigualdad regional. Las diferencias de ingreso per cápita alcanzan umbrales de 6 a 1, pero lo paradójico es que mientras eso sucede, castigamos a un conjunto de actividades económicas que podrían fortalecer un desarrollo territorial más equilibrado y permitir un dinamismo urbano mayor a las ciudades pequeñas y medianas de todo nuestro país.

Sin Estado en las villas y asentamientos…cada lluvia será una amenaza fatal

En especial, el Norte del país merece un tratamiento territorial específico. La conjunción de gobiernos provinciales de mala calidad que conviven con economías débiles y sociedades altamente dependientes del sector público, en las que se ha consolidado un modelo fiscal de baja responsabilidad y nula inversión pública local (hay provincias donde las erogaciones públicas en salarios superan el 75 % de los recursos públicos), son un aliento a la expulsión de las personas. Se trata de lugares potencialmente dinámicos, sobre los que hay que operar con decisión en un cambio de reglas de juego, que van desde condicionar la inversión pública nacional al diseño de políticas públicas locales de generación de empleo privado, hasta el co diseño de un proceso imprescindible de profesionalización del sector público.

Sobre la reconfiguración urbana del segundo y tercer cordón del área metropolitana, de más está decir que no puede ser una tarea excluyentemente municipal, por su volumen, por las dinámicas territoriales y por las inevitables plusvalías que se generarían a partir de una actuación razonable. La primera actuación es evitar la constitución de un cuarto cordón y, en ese sentido, el fortalecimiento de una política de hábitat popular y transporte público calificado en las ciudades distantes a 50/ 80 km del centro de la Capital son un factor clave. En el contexto urbano, las distancias no se miden en kilómetros sino en minutos. Si podemos organizar traslados seguros, eficaces, económicos, relativamente veloces y confortables, se multiplican las posibilidades de gestionar un reasentamiento masivo y voluntario que califique a nuestras ciudades.

Por último, sin Estado en las villas y asentamientos, sin calles abiertas, sin entrenamiento de agentes, sin reconocimiento de riesgos, sin prácticas de comunicación en circunstancias de estrés, sin lugares de refugio adecuados…cada lluvia será una amenaza fatal.

Del otro lado de las inundaciones, están nuestro fracaso social y político y su reflejo urbano. Para superarlo debemos desnudarlo.

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