
El lunfardo del alma argentina
Por Orlando Barone
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Minga de infelicidades, minga de resignación, minga de minga. Porque a todas esas cosas las podemos cambiar por lo contrario: por felicidades, por no resignación y por esperar resultados y no profecías. Y menos anticipos económicos de augures que, en lugar de pajaritos que trinan, emplean para augurar vampiros cebados en glóbulos rojos.
El significado de minga es "no". Pero también es "nada" y es "sin". Durante tanto tiempo aquí se le dijo sí a todo y a todos que quizá la tendencia a empezar a negarse busque una reparación histórica a través del lenguaje. Que es lo que diferencia al ser humano de una mula, de una cucaracha y de un protozoario. Los más viejos hemos repetido largamente esa palabra afín a algunas letras de tango o pronunciada de entrecasa, aunque no conociéramos su origen ni su mutación al lunfardo. A algunas mujeres, llamadas Dominga, se las apoda afectuosamente Minga. Viene del quechua: mink´a. Se le decía así antiguamente a una tarea inferior o chapuza de campo por la que a los "laburantes" indígenas sólo se les pagaba con bebidas baratas. Total, una vez borrachos se olvidaban de que eran esclavos. Esto que está escrito en pasado posiblemente esté sucediendo ahora; y no sólo con los indígenas que quedan, sino con hombres blancos, amarillos, negros o albinos en cualquier parte de la tierra donde haya hombres.
Hay tanta gente que cobra minga por su trabajo que su vida no vale minga. Por eso su significado es "no", es "nada" y es "sin". Tres palabras mínimas de consecuencias graves para el que pierde. Reivindicar "minga" con justo afán de desquite, para plantarse frente al abuso y a la exigencia descomedidos, forma parte del atributo de cualquier ser humano o país que no quiera ser voluntariamente instrumento o material de fregado. Pero no es cuestión de abusarse del minga para no arriesgarse al narcisismo del guapo o a quedarse emitiendo el sonsonete ya sin oyentes, ni destinatarios, ni interesados. Emplear palabra tan rotunda exige no derrocharla sino alojarla en el oído pertinente.
Una dosis de minga es necesaria en la proporción adecuada. Es como una dosis de rencor dirigida a quien nos daña conscientemente. Sobre todo es el resarcimiento ético y gestual que supera el pasado, todavía potente, cuando la rendición intelectual acabó rindiendo gobiernos, políticos, bancos, gremios, industrias, comercios, cuerpos y almas. En toda la tradición de la hechicería el hombre puede vender su alma al diablo. Y después, arrepentido, puede querer recuperarla, como se estila últimamente. Pero hay que tener cuidado con los simuladores y los tránsfugas. Muchas leyendas dicen que aquellos que han vendido su alma dejan de tener sombra. (Acabo de cerciorarme de que, aunque pequeña, tengo aún la mía. Y confío en que todos tengan la suya). La sombra pasaría a ser el símbolo material del alma abandonada. Y cuando ya no hay sombra, es que tampoco hay luz, ni consistencia. Hubo aquí un período de capitulación a esta insana creencia. Nunca se dijo la verdad acerca del mercado: que secretamente va consumiendo almas sin que los que compran y venden mercancías o abstracciones se den cuenta.
Pero minga de alma va a vender alguien después de haber probado cómo es vivir sin sombra ni luz. Y en pleno desconcierto. Minga de alma vamos a darle en pago a los antropófagos. Tampoco carne.
Aseguremos el fin de año poniéndonos en el lugar de nosotros y en el de los otros, y en ese orden, que es el más justo. Minga que no vamos a ser felices por culpa de otro. Hay que sacar a las almas argentinas de la góndola de ofertas.






