El mundo bipolar: la obsesión de Occidente con "el otro"

La lógica binaria que alimentó la Guerra Fría muta pero no desaparece
Juan Gabriel Tokatlian
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9 de octubre de 2016  

Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus

En algún sentido la Guerra Fría no ha terminado para Occidente; parece enraizada, va mutando, se amplía y adquiere contornos cada vez más complejos y contradictorios. Cuatro pilares fundamentales caracterizaron al período entre 1945-1990: una lógica binaria (“nosotros versus ellos”) para aproximarse a la dinámica mundial; la existencia de un dilema de seguridad (la autoprotección de los Estados genera inseguridad en los demás) en clave Este-Oeste; la vigencia de una amenaza existencial (en su momento ejemplificada por la Unión Soviética); y la preferencia por una diplomacia coercitiva (recurso persistente a la fuerza directa, indirecta o clandestina).

En esencia, esa impronta típica de la Guerra Fría no ha variado de modo significativo a pesar del colapso de la URSS, del derrumbe del comunismo y de las ocasionales invocaciones a un promisorio nuevo orden desde los años 90. Poco ha incidido la distribución de poder efectiva en términos de gestar y consolidar una racionalidad sustantivamente distinta, ya sea en Estados Unidos o en Europa. A grandes rasgos en los últimos setenta años se ha pasado de una prolongada estructura bipolar, a una momentáneamente unipolar y a otra fragmentaria e incipientemente multipolar; sin embargo, las imágenes del “otro”, el dispositivo estratégico de Occidente y las acciones político-militares de Washington y Bruselas en el mundo no se han alterado de manera elocuente.

En el último cuarto de siglo diferentes contrapartes han sido identificadas como fuente de desafío y asechanza. Por ejemplo, hay autores que han señalado que el corte ha sido, y aún es, entre “zonas de paz” y “zonas de caos”. Estados Unidos y la Unión Europea serían el epítome de estabilidad pacífica y buena parte de la periferia sería el ámbito del desorden violento. Otros estudiosos han marcado que la fisura principal es entre Occidente y el mundo musulmán. Si durante la Guerra Fría el aforismo habitual en Estados Unidos era “mejor muerto que comunista”, ahora la sentencia pareciera ser “mejor extinto que islámico”.

Varios analistas han señalado que, en realidad, el mayor adversario occidental es la República Popular China. En esencia, si bien Pekín afirma que su ascenso internacional es y será benigno, aquellos expertos destacan que el avance de China es transitoriamente pacífico pero que una vez acumulada una gran cuantía de poder estará en condiciones de desafiar a Washington, el hasta hoy primus inter pares, y eventualmente revertir su menguante primacía. Otros muchos investigadores acentúan que el antagonista preponderante es la Rusia que ha resurgido. Así, Moscú, bajo el liderazgo de Vladimir Putin, se habría tornado una potencia insatisfecha y revisionista que se debe frenar de forma drástica. Aún otros comentaristas mencionan que la grieta creciente es entre las democracias liberales de los países avanzados y el conjunto de regímenes iliberales, autocráticos y autoritarios. Estados Unidos y Europa, como los portaestandartes de la democracia, deben entonces hacer frente al auge de experiencias anti-liberales y antidemocráticas que tienden a proliferar. Más recientemente algunos observadores han advertido sobre otro cisma bajo los ejes proglobalización - antiglobalización y entre sistemas políticos abiertos y cerrados. La diferencia con las divisiones mencionadas es que tales escisiones se producen en el seno del propio Occidente y en otros entornos geopolíticos y culturales.

Imágenes vigentes

La lógica binaria, el dilema de seguridad, las amenazas existenciales y la diplomacia coercitiva se diversifican, multiplican, yuxtaponen y exacerban. En esa dirección, hay tres fenómenos que contribuyen a explicar la persistencia en Occidente de ese legado de la Guerra Fría.

En primer lugar, está la centralidad de los mapas cognitivos en la formulación y práctica de la política exterior. Tres imágenes inconfundibles siguen vigentes. Por una parte, la imagen del enemigo; esto es la de un actor (estatal o no gubernamental) que constituye un peligro inminente, agresivo e incuestionable que debe ser neutralizado o eliminado. Por otra parte, se localiza la imagen del dependiente: una contraparte inmadura o incapaz que no entiende el reto que genera en materia de seguridad internacional y que, por lo tanto, debe ser aleccionado. Por último, se ubica la imagen del forajido: un gobernante o gobierno que es acusado de ser un díscolo que afecta a la paz mundial y que, en consecuencia, debe ser sustituido por todos los medios disponibles. En los tres casos se articulan tácticas y estrategias para legitimar el uso de la fuerza contra algunos Estados y ciertas fuerzas no estatales. Es bueno recordar que siempre ha estado implícito el doble rasero en el manejo de las imágenes y su lugar en la política externa de Occidente.

En segundo lugar, se puede destacar el arraigo de la singularidad de Occidente; en especial a nivel de sus élites. Un conjunto de elementos dispersos la caracteriza, en mayor o menor grado y con matices, ya sea en Estados Unidos y en Europa. Por ejemplo, la excepcionalidad con dos condiciones: la distinción –ser diferente respecto a otros– y la superioridad –ser mejores en relación a otros–. También está la cuestión de la misión: hay una perpetua convicción respecto a transformar y mejorar el orden global, ya sea combatiendo, en distintos momentos, a los comunistas, los terroristas, los retardatarios, los tiranos, los retadores, los indisciplinados. Además, y si bien se expresa en situaciones de crisis, despunta una suerte de pureza moral frente a los diversos enemigos que van surgiendo. En ese contexto, prevalece la tendencia a “securitizar” una vasta gama de riesgos y retos que paulatinamente se van convirtiendo en emergencias y conflictos.

En tercer lugar, está la actitud de Occidente frente a los profundos cambios en curso. En años recientes y en particular después de la Gran Recesión a partir de 2008, el dato fundamental de la política mundial es la gradual redistribución de poder, riqueza e influencia de Occidente y del Norte en la dirección de Oriente y el Sur. Dos fenómenos simultáneos parecen definir la presente coyuntura. Por un lado, la paradoja de que si bien Occidente tiene altas tasas de innovación en ciencia y tecnología, también muestra bajas tasas de crecimiento económico. Esto último pareciera ser una tendencia de largo plazo y poner de manifiesto lo que algunos economistas llaman estancamiento secular. Ello, a su turno, puede aumentar las pujas socioeconómicas domésticas en escenarios de creciente polarización político-electoral. Por otro lado, es la evidente resistencia de Occidente a perder, en parte, privilegios, autoridad e incidencia a favor de la multiplicidad de países intermedios, poderes emergentes y potencias reemergentes.

En resumen, en el marco de un mundo intrincado, volátil y dialéctico, Occidente parece aferrado a lo que el etnólogo y antropólogo francés Marc Augé denomina un “encierro conceptual”; se encuentra “prisionero de conceptos vacíos y de intuiciones ciegas”. Occidente parece haber cristalizado imágenes de los “otros” que en realidad reflejan sus obsesiones, que hoy manifiestan una peculiar mezcla de miedos y prepotencia.

El autor es profesor plenario de la Universidad Torcuato Di Tella

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