
El olor del tiempo

Qué extraño saber la hora del día con sólo oler el aire! Los chinos inventaron un reloj que permitía hacer eso en el siglo X. Usaba bastones de incienso con distintas fragancias donde cada hora iba dejando lugar a la otra con un nuevo olor. Más tarde sumaron a estos relojes delicados mecanismos sonoros. El incienso, al consumirse, iba quemando cordeles de los que colgaban esferas de bronce de distinto tamaño que al caer sobre un plato metálico marcaban con su gong el comienzo de otra etapa.
Recordé la historia del olor del tiempo al volver a leer el capítulo dedicado a los relojes en el libro Comprender los medios de comunicación de Marshall McLuhan. El capítulo lleva exactamente ese subtítulo, "El olor del tiempo", y cuenta la historia de los relojes de incienso.
Pero no fui a ese libro para leer sobre los relojes, sino por la idea principal que desarrolla el autor, que dice que los medios son extensiones del cuerpo humano. La prensa, la ropa, el alfabeto, la televisión, el dinero, la fotografía, los automóviles y también los relojes son extensiones tecnológicas de nuestro cuerpo.
Hago un corte. Ahora estoy en Apple.com viendo el nuevo "smartwatch" de Apple, que consagra con su diseño espectacular un objeto nuevo en el mundo. Es una cosa hermosa, brillante, luminosa, táctil, altiva. Me pregunto: ¿qué extiende Apple Watch del cuerpo humano? No lo sé, pero seguro que extiende algo, de otra forma no existiría. Porque si pensamos como McLuhan que todo lo que existe creado por el hombre existe para extendernos, desde las agujas de tejer hasta la pava, los peldaños, la cuerda, el karaoke, las grúas, los juguetes, entonces Apple Watch debe venir a extender algo nuestro.
Al ver los espectaculares comerciales de Apple Watch plagados de instancias de la vida cotidiana, llenos de comprensión filosófica de las íntimas interacciones humanas, me doy cuenta de que Apple Watch no llega al mundo para extendernos a nosotros, lo hace para extender el poder computacional y comunicacional de iPhone. Es un dispositivo creado para extender a otro dispositivo, su función principal es aproximarse físicamente hacia nosotros, para asumirnos.
Ahora tengo esta imagen. Es un timelapse. Veo cómo las computadoras centrales gigantes (mainframes) dentro de edificios de gobiernos y corporaciones en la década del 60 se empiezan a achicar hasta instalarse sobre los escritorios de las oficinas. Entran en las casas. Empiezan a conectarse entre ellas y se hacen más pequeñas. Se introducen en los portafolios y se achican más todavía, hasta caber en nuestras manos. Después toman la forma de teléfonos. Se multiplican y logran aceleradamente estar todo el tiempo con nosotros. Pero no es suficiente. En la penúltima etapa logran saltar sobre nuestro cuerpo. Nos agarran suavemente de la muñeca con una forma inocente de pulsera que brilla con luz propia. El timelapse termina. De ahí en adelante no puedo ver más. Sin embargo, las imágenes de computadoras evolucionando en cámara rápida me dejan la sensación de que tienen un plan. Si siguen la misma lógica podemos suponer que el próximo paso debería ser achicarse todavía más y meterse en nuestro cuerpo, y después dentro de nuestra mente.
Cuando eso suceda no quedará del todo claro qué parte nos corresponderá a nosotros como personas y qué parte a las extensiones. Por fin seremos los famosos cyborgs. En la versión negativa de esta historia el poder se invierte y poco a poco nosotros nos volvemos las extensiones de la computadoras, hasta que con el tiempo ya no nos necesitan más. En cambio, en la versión positiva...bueno, no se me ocurre la versión positiva.





