El paciente inglés y una noche porteña

Por Orlando Barone
Por Orlando Barone
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23 de junio de 2002  

El lunes a la noche, sentado a una mesa al fondo del restaurante Dora, situado sobre Leandro Alem y frente al hotel Sheraton, ante una botella chica de vino tinto de buena marca argentina y luego de comer calamaretti a la veneciana y una ensalada verde, un hombre todavía joven, de pronunciada calvicie y en remera de mangas cortas a pesar de la estación, se concentraba en la lectura de un libro en inglés cuyo título ni tema logré ver.

La cara de aquel hombre solitario me intrigaba: ¿era o no era?

En el salón bastante colmado donde nadie o casi nadiedemostró reconocerlo, exhibía una serenidad budista o de recién salido del spa , ajeno al mundo y a cuanto lo rodeaba. No alzó la cabeza, sino las dos o tres veces que llamó al mozo: la última para pagar la cuenta. Un poco más de diez dólares en la moneda en que él cobra su salario. El plato que había degustado es un clásico del lugar, de cuando hace más de treinta años era un bodegón barato y bohemio e iban allí los pintores del Instituto Di Tella y del bar El Moderno, periodistas de la entonces editorial Abril, que funcionaba en la otra esquina, y escritores y músicos todavía prósperos porque aún reinaba el ya abolido Estado de Bienestar. Entonces no lo frecuentaban, como sucede hoy, ni ejecutivos ni acomodados yuppies ni altos funcionarios tentados por su nuevo pintoresquismo gourmet .

En el actual menú del Dora, más adecuado al perfil del barrio de las torres de Catalinas y de los grandes hoteles vecinos, figuran ostras a tres pesos con cincuenta cada una y langosta a 116 pesos el plato, además de cigalas, bacalao noruego, merluza negra, trillas, truchas y centolla. Ante mi consulta, dos mozos del lugar y después una amiga informada que cenaba en otra mesa cercana a la mía, me develaron el enigma de aquel comensal solitario. Sí: era John Thornton, el enviado del Fondo Monetario Internacional a la Argentina. Durante la media hora que prolongó su sobremesa, durante la cual lo observésin alertarlo, no miró hacia ningún lado. Podría estar cenando allí, como lo estaba haciendo en ese instante, a metros de la Torre de los Ingleses, como en cualquier otro restaurante del mundo: ya sea en Dakar, Constantinopla o en algún otro punto geográfico. Es raro, pensé, que un hombre que viene a tratar el dramático escenario económico (o antieconómico) más grave del planeta, y cuyo dictamen adquiere para la sociedad que lo rodea un valor de vida o muerte, no mire a su alrededor. Como si la gente, los rostros promedio, no tuvieran ninguna incidencia en las razones de su especialidad. Según averigüé, Thornton, desde su llegada, había ido a cenar allí otras veces siempre solo. Detalle curioso en un ámbito social de poder e intereses donde tantos arribistas, tantos codiciosos, tantos tránsfugas diplomados venderían no su alma ya hipotecada ,sino su mujer, con tal de sentarse a la mesa de ese señor o servirle de generosos anfitriones y recibir tal vez alguna promesa. Al retirarse del restaurante, ya con un saco de cuero negro sobre la remera de verano -quién sabepuesta en la valija con alguna desorientación climática especulando con el trópico sudamericano-, el alto y delgado británico de más de un metro ochenta y cinco, tampoco miró hacia las mesas al pasar entre ellas. Se fue de allí como de un lugar deshabitado. Como ignorándolo visualmente. Me levanté y salí detrás de él para ver en qué limousine o con cuántos custodios se trasladaba hasta la entrada del hotel, que entre el cruce de la calle y los jardines y canteros queda a unos ciento cincuenta metros. Me sorprendí. Afuera no había ningún auto estacionado. Tampoco agentes ni cámaras ni movileros ni ahorristas. Apenas si un indigente envuelto en una frazada dormía encogido junto a un recoveco rodeado de cartones.

Era ya la medianoche y hacía frío. Seguí a Thornton, a unos pasos, bajo la oscura recova de Leandro Alem, tan solitaria como un callejón de una novela de Sherlock Holmes. La torre y el reloj le daban al paisaje la escenografía coincidente.Lucía unos jeans gastados y con el libro en la mano aparentaba ser un estudiante algo adulto fuera de horario que debía rendir al otro día un examen. Esperó el semáforo en las sombras y atravesó la ancha calzada,caminó otro largo trecho sin nadie hasta que se acercó a la zona iluminada y entró al hotel sin variar su relajada actitud desprovista de ningún miedo. Ya él debía haber sido advertido largamente de las asechanzas de esta ciudad amenazante, de la probabilidad de ser blanco de escraches o de encuentros ingratos con damnificados catárquicos, pero no demostró hacer caso de ellas.

Todo un país hablaba de ese hombre y de su protagonismo cargado de rechazos y prejuicios, y nunca de alabanzas. Pero reducido a la realidad de esa escena, donde se exponía en una actitud ordinaria y vulnerable y sin poder visible, su importancia parecía imaginaria. O exagerada. No se diría al verlo que fuese un funcionario tan temible. Capaz, con una simple tilde en alguno de los rubros, de decidir la condena de un gobierno y de una gruesa porción de habitantes.

Durante la hora y media en el Dora mostró la soledad de tantos funcionarios internacionales que van y vienen de un país a otro, de uno a otro hotel, de uno a otro presidente o de uno a otro banquero, sin detenerse en los detalles vivientes. Y siempre moviéndose entre limitadas fronteras incontaminadas de exabruptos sociales: entre aeropuertos y despachos, entre la habitación del hotel y este o aquel restaurante. Y seguramente pensando en volver a casa junto a los suyos, ajeno a nuestras especulaciones y odios, a nuestros mendigos y anuestros saqueadores, a nuestros ideólogos y a nuestras contradicciones de pedigüeños y soberbios, de nacionalistas y globales.

Se habrá ido sin conocernos más que por los datos de los papers económicos.Además de haber sido tocado ya en su suite por alguna visión en zapping de los noticieros, en donde el país siempre aparenta estar en llamas y los que aparecen son siempre pobres e infelices.

Pero Thornton es un profesional curtido en viajes y en sociedades emergentes que al final nunca emergen. No hay que esperar de él que use el corazón para juzgar el descorazonado default argentino.

E-mail: barone@house.com.ar

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