El país de la buena onda

Boris Herrmann
Boris Herrmann PARA LA NACION
La economía argentina está creciendo, Cristina Kirchner incluso ya ve a su país en el mismo nivel que Alemania, pero el precio pagado por este auge es alto
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30 de junio de 2015  • 01:18

Sólo por si alguien hubiera estado preocupado: Cristina Kirchner, de 62 años, vuelve a estar mejor. El año 2015 comenzó para la presidenta argentina de manera poco amable, por decirlo suavemente. Estuvo en la picota durante semanas por la misteriosa muerte del fiscal del Estado Alberto Nisman. Y, además, se había lesionado un tobillo por lo que pasó la etapa más difícil de su mandato, gran parte, en silla de ruedas.

Cientos de miles de personas salieron a las calles en febrero, algunos opositores obstinados ya soñaban con su renuncia y otros, incluso, con su arresto. Pero uno se puede equivocar mucho.

Los índices de popularidad de Kirchner vuelven a subir. Si Nisman se suicidó o fue asesinado sigue sin esclarecerse. Pero aquella acusación contra la Presidenta que el controvertido fiscal puso por escrito poco antes de su muerte descansa mientras tanto en los archivos, presumiblemente con razón. En tanto, Kirchner vuelve a estar otra vez de excelente humor y viaja sobre sus dos piernas por todo el mundo. Le gusta sobre todo reunirse con Vladimir Putin o Xi Jinping, los presidentes de Rusia y China, sus dos socios comerciales más importantes. Y más aún le gusta pasar a ver a su compatriota en el Vaticano. El domingo pasado visitó al papa Francisco por quinta vez. Durante unos 90 minutos que posiblemente batieron un récord se habló, al parecer, de todo un poco. ¿Cómo estuvo? "Me siento iluminada por dentro", comunicó Kirchner.

Así de inspirada habló al día siguiente en una conferencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en Roma. Kirchner se refirió al "modelo argentino", de su función ejemplar en la lucha contra el hambre y la desigualdad, de un crecimiento económico sano. Su tesis central: en nuestro país hay menos pobreza que en Alemania o Dinamarca.

Más de uno en el auditorio se preguntaba qué país era sobre el que se estaba deshaciendo en elogios. ¿La Argentina? ¿Ese Estado supuestamente en quiebra sobrevolado hasta hace nada por los buitres? Sí, sí, Kirchner anunció una cosecha récord de cereales para 2015. Dijo que su país tiene capacidad para alimentar a 400 millones de personas, diez veces su propia población. Y que somos una de las sociedades más igualitarias del mundo.

Igualitaria hacia abajo, dicen los socarrones, de los que hay realmente muchos en Buenos Aires. Ellos no comparan a la Argentina con Alemania o Dinamarca, sino más bien con Venezuela o Cuba. Probablemente, la verdad argentina, como tantas veces, esté a mitad de camino entre esas dos posiciones polémicas, que, a su vez, están divididas en posiciones más o menos extremas.

Aquel que considere a Kirchner por principio una ególatra malévola -presumiblemente la mitad de la población- encuentra razones suficientes para maldecir su política proteccionista. El gobierno acaba de sufrir otra dura derrota ante un tribunal de distrito en Nueva York. Allí el país se enfrenta con los hedgefonds estadounidenses NML Capital y Aurelius desde hace años por viejas deudas de bonos. Tras la bancarrota estatal argentina de 2001, gran parte de los acreedores aceptó una reestructuración de la deuda con una reducción de cerca de dos tercios. Los fondos, sin embargo, compraron a algunos acreedores bonos estatales amenazados por la quiebra a una pequeña parte del valor nominal y reclamaron luego con éxito su pago total. El juez neoyorquino responsable Thomas Griesa decidió que Argentina primero debía cumplir con los reclamos de los hedgefonds por 1.300 millones de dólares, antes de pagar sus deudas con aquellos inversores que aceptaron la reestructuración. El gobierno de Kirchner califica a los fondos estadounidenses de "fondos buitre". Y como se negó obstinadamente a cumplir la sentencia de Griesa, el país entró técnicamente en default el verano pasado.

Desde entonces, en los mercados internacionales es tratado como un leproso. En todos los rincones faltan divisas. La situación empeoró aún más desde que Griesa decidiera el viernes pasado que la Argentina debe pagar a otros 500 acreedores que no quieren aceptar una reestructuración de la deuda además de a los hedgefonds: un total de 5400 millones de dólares más.

El Ministerio de Economía argentino anunció que apelará la sentencia. El ministro Axel Kicillof presume que esos nuevos reclamos que aparecieron se remontan a la misma familia buitre. "Se disfrazan en nuevas causas (…) con el objetivo de generar más presión y la pretensión de multiplicar la estratosférica ganancia que les ofrece el juez Griesa", comunicó. El gobierno de Kirchner intenta hasta ahora en vano quitar de la órbita de Griesa los bonos estatales emitidos en su momento de acuerdo a la ley estadounidense y acordar con los tenedores de bonos cooperativos de acuerdo a las leyes argentinas. No es arriesgar demasiado si se dice: la pelea aún se extenderá un tiempo. Al menos hasta el último día de trabajo de Cristina Kirchner en la Casa Rosada. En octubre son las elecciones presidenciales. Tras dos mandatos, no puede volver a presentarse como candidata.

Mientras tanto, sus opositores naturalmente encuentran otros temas por los cuales enfrentarse a la presidenta y su partido peronista. La oposición no le escapa a ninguna pelea en el lodo. La candidata presidencial conservadora Elisa Carrió incluso acusó hace poco al Papa de ser parte de una conspiración peronista. Francisco "comete un enorme error" al recibir a Kirchner en una audiencia tan larga, sostuvo Carrió. De esa manera, interfiere en la política argentina, añadió.

Justo eso es lo que el Gobierno echa en cara a su vez a los sindicatos en huelga, que durante la semana mantuvieron bloqueadas rutas y estaciones ferroviarias y de esa manera prácticamente paralizaron el tráfico en el Gran Buenos Aires. Se trata de una huelga política, que pretende generar confusión, afirmó el jefe de Gabinete Aníbal Fernández. Que también hay personas que hacen huelga porque se preocupan seriamente por su existencia al parecer es algo que nadie en este gabinete sin dudas autocomplaciente puede imaginar.

Sin embargo, en los hechos, el gobierno de Kirchner realmente tiene algunas cosas de las que hacer gala. La situación económica se estabilizó más o menos en los últimos meses, en parte gracias a los créditos en divisas de China y a las exportaciones de alimentos a Rusia. La tasa de la inflación cayó claramente en comparación al año anterior y es ahora del 29 por ciento.

En comparación con el resto del mundo, sigue siendo una cifra alta, pero para las circunstancias argentinas es un logro que merece destacarse. El gobierno subió los gastos sociales y los sueldos aumentan al menos otra vez al mismo ritmo que los precios. En cuanto al consumo el clima es tan bueno como hace tiempo no lo era. Que los chinos no otorgan sus créditos por amistad, sino a intereses considerables, es algo que preocupa muy poco a Kirchner. Hasta las elecciones, apuesta al buen ánimo subvencionado por el estado.

Y éste se puede medir en el índice bursátil argentino Merval. Éste subió casi un 24 por ciento desde comienzos de año. Todo indica que muchos inversores ya apuestan por un cambio de rumbo radical de la política económica argentina después de las elecciones presidenciales. Apuestan por un auge, no importa si gana un candidato de la oposición o el peronista más bien moderado Daniel Scioli. A los inversores parece venirles bien todo lo que no sea Kirchner. La gracia en el final de la era kirchnerista está, sin embargo, en que justamente estos inversores, entre otros, son los que generan con su dinero que la presidenta pueda vivir, a pesar de todo, una gira de despedida relativamente placentera.

Corresponsal del diario alemán Süddeutsche Zeitung en Río de Janeiro; Traducción: Claudia Regina Martínez

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