El pecado original

Gloria López Lecube
Gloria López Lecube PARA LA NACION
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15 de noviembre de 2019  • 00:57

Juan Domingo Perón tardó 18 años en volver al poder. Explicó: "No éramos tan buenos pero los que vinieron después fueron peores". Cristina Kirchner regresó en tan solo cuatro años y piensa lo mismo. Se despidió con un gran festejo en Plaza de Mayo. Mauricio Macri, cuyo mandato era terminar con el kirchnerismo, nos lo devolvió con mayor fuerza. La diferencia, los ocho puntos, marcó el terror que infunde a una parte de la sociedad que Cristina vuelva. Esos votos confundieron y alentaron al Gobierno para desconocer el fracaso de una economía sin norte ni destino. Y las caravanas humanas permitieron a Macri vivir el sueño fugaz de un liderazgo político. Cristina, el 9 de diciembre del 2015, se despidió con los suyos al grito de ¡Vamos a volver!, y con la misma consigna, algunos sueñan despedir a Macri el 7 de diciembre. Justo al medio, el día de la Inmaculada Concepción de María que exculpa a María del pecado original.

Pueblo laico o católico, ese día es festivo e inviolable para todos. La Argentina genera políticos que arrancan en el poder con ese sello de fábrica, el pecado original. Hace décadas no miden la tragedia que nos envuelve y se come lo mejor de nosotros. El día de la asunción, Mauricio en el balcón desentonando con Gabriela, fue un jolgorio de auspiciosos buenos tiempos. Tan sorprendidos estaban por la victoria como improvisados en la gestión. Recién entonces la Fundación se puso a pensar. Lo mejor era esconder la basura abajo de la alfombra y que sigan flotando los globitos del Pro. Macri fue una esperanza frustrada de un sector social que quería torcer la historia con más justicia, libertad, y que no recibe consuelo. Los guarismos aún peores que en el 2015, con una deuda gigantesca y una revancha en puerta. Los Fernández, a pasos de entrar en la Casa Rosada, no repetirán el error de Macri. A todas luces y por mucho tiempo, sacarán los trapillos al sol de la actual gestión y el nuevo gobierno tendrá más de una razón para que "la mecha no sea corta".

Pero Alberto Fernández comenzó pecando. Emergiendo de la nada misma y encumbrado por el poder de Cristina, experto en alianzas y con base en los gobernadores, especialista en rosca, no parece registrar la crisis terminal de confianza y credibilidad de la clase política ni las pocas expectativas que genera una economía arruinada. Basta con mirar a Chile para saber qué está a las puertas de la Argentina, sin descartar la violencia que se desató en Bolivia, por citar dos casos. Solo Dios y la Virgen saben cuál puede ser la razón por la que aquí la marea humana no inunda aún las calles reclamando más equidad social.

Los primeros gestos de Fernández son suficientes para saber que la racionalidad no va a ser el eje de su gestión hasta que lo obligue la historia. Sin dirección ni plan de emergencia para reencauzar una economía congelada, en un país con un dólar preso por decreto, una deuda impagable a negociar y un fin de año que como siempre amenaza con estallar. El electo Alberto se escapó justamente a México, país pionero donde nació la imagología de la mano de Víctor Gordoa Gil. "La imagen es un proceso de percepción que genera aceptación o rechazo", sentenció. Fernández arribó justo a ese país hermano el día de los muertos, tuvo espacio para visitar el museo Frida, asistió a misa sin ser practicante, cantó con Drexler, conversó con empresarios, atendió la batalla campal en Chile, encendió aún más la relación con Brasil. Pero no reparó en el consejo de López Obrador sobre la austeridad republicana que debe alimentar la imagen de un presidente. El ahorro y el recorte de gastos que siembran la base para cultivar una convivencia social más reparadora y pacífica. Lo primero que hizo fue mudar su búnker de la calle México a diez cuadras de su domicilio en el barrio de Puerto Madero, mostrarse con la mafia sindical, agruparse en Puebla acompañado por dirigentes con olor a fracaso, vivar la libertad de Lula preparando la exención de toda culpa de Cristina, defender a Evo Morales en su intento de perpetuarse en el poder. Señales sobran para saber de qué hilacha está hecho Fernández, cuya imagen se identifica y no se despega de la dirigencia que nos llevó al fracaso.

La austeridad, mala palabra para todos y todas, el ajuste necesario y urgente, y la justicia para frenar la corrupción política, son materias imposibles de aprobar por más que uno dé clase de derecho penal y se destaque por su verborragia populista. Pero la historia generó una salvaguarda que hasta hoy andaba adormecida. Una clase media que se despertó y movilizó por la libertad y la justicia, ideas casi metafísicas para los políticos de hoy. Alerta, es la que sobrelleva el mayor peso de la inoperancia política. Cuando los políticos no salen del pueblo y defienden los intereses del pueblo, ya lo dijo Perón, se convierten en mercenarios. Y cuando los pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento.

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