El periodismo ante los retos de la revolución digital

Anticipo. En Cazadores de noticias (Ariel), su autor narra 200 años en la vida cotidiana de los periodistas, de 1818 al presente; aquí, un fragmento donde asume la voz de una editora para abordar estos años de vértigo
Anticipo. En Cazadores de noticias (Ariel), su autor narra 200 años en la vida cotidiana de los periodistas, de 1818 al presente; aquí, un fragmento donde asume la voz de una editora para abordar estos años de vértigo
Fernando J. Ruiz
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4 de noviembre de 2018  

Los hábitos informativos de los lectores son cada vez más cambiantes, hasta el punto de que dudo que se los pueda seguir llamando así. Un hábito es algo que se hace en forma repetida durante mucho tiempo y eso cada vez ocurre menos en el periodismo.

Además, lo que llamamos "audiencia" tiene una amplia diversidad de niveles de conocimiento informativo. La radio y la televisión siempre llegaron a todos los sectores sociales y culturales pero, para lo que antes se llamaba diario y hoy no se sabe cómo llamarlo, llegar a una audiencia tan diversa es una novedad.

Para aumentar el dinamismo de la situación, los fabricantes no paran de producir nuevos dispositivos, y los propios medios no cesan de ofrecer permanentes cambios en la oferta de información periodística, pues saben que, si no innovan, pueden desaparecer. Esa movilidad de oferta también genera movilidad en la demanda.

Desde hace más de un año, en los medios, aparecieron desarrolladores o editores de audiencia, una suerte de canillitas que vocean en las redes los contenidos de los medios y ayudan un poco a los periodistas a hacer visibles sus notas. Por supuesto, cada dispositivo es una experiencia de consumo periodístico diferente aunque reciba la misma información. Las redes no son espacios de distribución automática; requieren camionetas, patrullas y aviones virtuales que recorran las distintas comunidades entrelazadas. La mayoría de nuestros lectores llega a los contenidos que ponemos a través de las redes, por lo que hasta nuestra Web es ahora un medio tradicional en declive. Por eso, necesitamos que nuestras noticias se distribuyan allí de la misma forma que antes lo hacían en las calles.

Resultado incidental

Pablo Boczkowski, un estudioso del periodismo que ha observado redacciones de Nueva York y Buenos Aires, lo describe así: "La mayoría de las personas se informan, en mayor medida, como parte de su uso de medios sociales. Es decir, la gente se informa sobre la actualidad no como una actividad en el centro de su atención, sino como un resultado incidental de consumir Facebook, Twitter o Snapchat en las pantallas pequeñas de sus dispositivos móviles. La mayoría de las veces la gente se concentra solo en el título y la bajada, con menor frecuencia hacen clic en una historia y, cuando lo hacen, muy rara vez la leen en su totalidad".

Como en todo medio, contamos con usuarios fieles, regulares y golondrina. Ya quedan pocos entrañables lectores "abuelito" que leen la edición de papel casi completa. La redacción está llena de pantallas con las métricas de páginas vistas, de visitantes únicos y suscriptores obtenidos. Cuando les hablamos de BuzzFeed -un sitio famoso por tener gran capacidad para producir noticias virales- los periodistas tradicionales piensan en gatitos y que les estamos arruinando la profesión.

Ya hay más gente que se informa a través de los medios digitales que con la televisión: un día de un usuario promedio arranca chequeando brevemente redes sociales en el desayuno, apenas llega al trabajo se informa en forma más intensa, luego amaina y vuelve a aumentar después del almuerzo y bajar otra vez hasta que se va a su casa. Más que lectores son monitores de agenda.

Facebook es el principal medio de comunicación y Snapchat e Instagram para los subfacebook. Esto me da un poco de escalofríos, pues la inmensa mayoría de nuestra audiencia está en plataformas de terceros, no en nuestro medio. La gente ya no entra a nuestros "locales": nos hemos convertido en vendedores ambulantes. Sin embargo, mucha gente que trabaja con una computadora de escritorio todavía tiene una pestaña abierta durante todo el día con su medio de referencia o con varios. Cuando llegan a la casa, si no hay grandes casos periodísticos que los atraigan, lo más probable es que la ficción invada sus consumos, como ocurre durante el fin de semana: el ocio breve se dedica al periodismo; el ocio extenso, a la ficción.

Si hay acontecimientos trepidantes en desarrollo, las redes sociales se subordinan a los canales de noticias, que son la banda sonora y marcan el ritmo de las noticias, como ocurre desde que la CNN impactó al mundo con su nuevo formato desde 1991 en la primera Guerra del Golfo. Como le dijo un amigo español al gran chileno Eduardo Arriagada, cuando la tele transmite en vivo alguno de esos acontecimientos conmocionantes que nos arrancan de nuestras burbujas, ya no es periodismo: es electricidad.

Pero Facebook Live reemplaza esa cobertura y además amplía la variedad de las noticias porque cualquiera puede transmitir. Una vez que lo que ocurre capta la atención de las personas, y se espera que lo siga haciendo, los móviles de los canales salen a toda velocidad y asumen el liderazgo de la transmisión masiva. Sabemos que el público estable de los canales de noticias tiene una edad promedio alta. Lo mismo pasa en Estados Unidos: la CNN tiene una audiencia promedio de 59 años; Fox, de 68; si hablamos del referido como el mejor medio del mundo, The New York Times, la edad promedio de un suscriptor digital es de 54, y si contamos solo los que están suscriptos a la edición en papel, la edad sube a 60. Los más jóvenes se estacionan en las redes y solo pasan a la televisión con sucesos específicos y, por supuesto, sin por eso abandonar las redes, a no ser que se sumerjan en la ficción. Por eso si los editores se concentran solo en la fidelización de los actuales suscriptores -que tienen un promedio alto de edad- pueden cortar lazos con los futuros suscriptores.

Palabras e imágenes

A muchos nos desorienta que esta revolución digital sea también una revolución audiovisual, pues nos exige incorporar capacidades audiovisuales. La imprenta también fue una revolución audiovisual hace seis siglos, pues entonces no solo comenzaron a imprimirse de golpe miles de textos, sino también de imágenes. Por eso, para sobrevivir, los periodistas tendrán que pensar en palabras y en imágenes. la nacion eligió hace unos años a un líder de redacción que había sido su director de Arte, quien, durante su gestión, creó un canal de televisión. Es la primera vez en la historia que pasa eso.

¿Cambio de ADN?

[...] Una colega de un medio dirigido a adolescentes que hace material para colocar en las redes sube una nota cada diez minutos y observa cómo mide. Si la curva es ascendente, espera otros diez. Si no, a los cinco minutos sube otra. Cuando nos vimos, me preguntó: "¿Estoy haciendo periodismo? ¿Yo estudié para esto?". Me dijo que al principio no subían nada de sexo, pero después eso se había empezado a relajar. Sus jefes les pusieron una comisión grupal y les pagaban más según la cantidad de visitas que hubiera en el turno. Estaba algo angustiada por los comentarios, que leía en el colectivo mientras volvía a su casa, porque eran todos críticos y los acusaban de mentirosos. Una madre, por ejemplo, ponía un post en cada nota diciendo que lo que habían subido no les aportaba nada a las chicas y que no era bueno para los adolescentes. Cuando lo habló con su grupo, le dijeron que no tenía que leer los comentarios porque hacía mal y eran siempre así.

Es la misma presión que el minuto a minuto de la tele. Una productora me dijo que no había que mirarlo: "Te equivocás si lo mirás y estás pendiente. Me concentro en el aire, en que esté saliendo bien y en que a mí me entretenga lo que se está diciendo".

Las noticias livianas que consumimos alegremente en los medios que apreciamos devalúan la estima que sentimos por ellos: las consumimos a costa de degradar la imagen que tenemos de esas publicaciones. Así, como audiencia, podemos empujar fuera del periodismo a medios que queremos que sean un ejemplo a seguir. Como en tantas cosas de la vida, somos semicómplices y semivíctimas.

Cambios y permanencias en el oficio de informar

Por Fernando J. Ruiz. Para La Nación

El libro C azadores de noticias recorre dos siglos de historia y seis ecosistemas mediáticos, desde los periódicos coloniales hasta el actual escenario digital. ¿Qué cambió en el periodismo y qué permanece en su itinerario histórico? ¿Qué ha significado y significa ser periodista?

Estas fueron las preguntas para escribir el libro: sondear hacia dónde va el periodismo. Es decir, investigar la historia con visión de futuro. Entender de dónde venimos para discernir hacia dónde vamos. Por eso, a través de la descripción de un día en la vida de un periodista en seis épocas muy diferentes intenté distinguir continuidades y rupturas.

El viaje arranca en 1818, cuando San Martín y O'Higgins triunfan en la batalla de Maipú, y en la ciudad que delira con esa victoria trabajan de periodistas apenas siete personas. El segundo día describe a la Buenos Aires de 1871 azotada por la fiebre amarilla, y cómo los periodistas organizan la resistencia contra la epidemia, un ejemplo de servicio único en nuestra historia.

El tercer día es en el año de la Semana Trágica de 1919, cuando la oleada revolucionaria internacional intenta expandirse desde un conflicto gremial en unos talleres de Nueva Pompeya. Es la era de los diarios de masas, cuando Jorge Mitre, el director de la nacion, viaja por el mundo y pide que la elite de diarios tenga una voz en la naciente Sociedad de las Naciones. Mientras, su corresponsal Fernando Ortiz Echagüe obtiene la primicia del Tratado de Versailles (luego sería un cronista para los argentinos de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial). En esa Buenos Aires, después de que no salieran por varios días por un conflicto gráfico, un cronista podía decir que, sin diarios, el público es un niño encerrado en una pieza oscura.

El cuarto día es una composición del año 1943, cuando Perón comienza un asalto visible a la vida política en un país que tiene un espectacular desarrollo de la industria cultural, en especial la radio, impulsada por emprendedores como Jaime Yankelevich. La radio es entonces el centro del ecosistema mediático, pero le caen encima los malos humores morales y políticos que mutilan su desarrollo. Se describe la cobertura del golpe de Estado de junio, la negociación por el estatuto del periodista y cómo la Segunda Guerra Mundial se infiltra en el periodismo local.

El quinto día es en el más cercano 1989, cuando el liberalismo político termina con el muro de Berlín y el liberalismo económico se impone en el mundo, y en nuestro país con el peronismo de Carlos Menem. El brutal ataque a La Tablada y, más adelante, la hiperinflación y los saqueos nos ponen al borde de estallidos que pueden volver irreconocible el rostro argentino. Es la época en que el poder es visto como una escalera, donde el peldaño más alto en el periodismo es la televisión.

El sexto día ocurre en el actual escenario digital. Ahora el periodismo se siente en proceso de refundación, pero no sería la primera vez que debe reiniciarse, sino la sexta en los últimos 200 años. Tiene que afrontar a una audiencia cada vez más exigente y resulta más difícil obtener recursos para sostener ese esfuerzo.

Este trabajo, que llevó cuatro años, es un humilde intento de etnografía histórica, recuperando las voces de cada momento, registrando al detalle cómo se hizo cada cobertura, con un narrador ficcional que solo está para ordenar los materiales extraídos por la investigación y darles un poco más de vida.

Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral

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