
El pintor y el Presidente
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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Nuestros ex presidentes Frondizi, Alfonsín y Menem han disfrutado de la tranquilidad de inaugurar el ingreso de sus apellidos en las enciclopedias generales; no hay predecesores importantes -sean artistas, estadistas o científicos- que puedan atenuar o dispersar esa gloria impresa. No llamarse García, Smith o Dupont da, por supuesto, ventajas en la carrera por una identidad singular, pero tampoco otorga garantías definitivas. Uno de los mejores films argentinos de los años recientes, Silvia Prieto , enfocaba con ironía a estos linajes repetitivos e involuntarios.
Néstor Kirchner, nuestro actual presidente, no tendrá lamentablemente la prioridad en el listado enciclopédico. Incluso el alfabeto (a igual apellido, se ordena por la inicial del nombre) lo ha postergado. Antes se encontrará a Ernst Ludwig Kirchner (1880-1938), un pintor alemán que fue una de las mayores figuras de la corriente expresionista y cuya obra ha sido revalorada y reivindicada en las últimas décadas.
El Kirchner pintor estudió arquitectura en Dresde, en los primeros años del siglo XX, y se vinculó allí con otros artistas jóvenes, junto a los cuales terminaría formando una nueva escuela. Más tarde se trasladó a Berlín, para participar en los círculos de vanguardia de la primera preguerra. En 1917 sufrió un colapso nervioso y se retiró, para su curación, a Suiza, donde siguió viviendo. En 1938, en Frauenkirch, se suicidó.
La vigorosa producción de Kirchner, influida a la vez por Van Gogh, Gauguin y el arte primitivo alemán y empapada de las concepciones nietzscheanas, motivó reacciones opuestas en la crítica. Sus cuadros, ricos en distorsiones y colores puros, aluden a estallidos y crispaciones emocionales. En su etapa madura pareció serenarse y derivar hacia la abstracción. En 1937, el régimen nazi incluyó a sus obras en la categoría de "arte degenerado" y las prohibió.
En la historia del arte del siglo XX, a Kirchner se lo cita no sólo por su propia obra, sino también por la escuela que formó y dirigió en Dresde, de 1905 a 1913. Nos interesa especialmente el nombre de esa escuela: Die Brücke (El Puente). Otros de sus integrantes fueron K. Schmitt-Rottluf, E. Heckel y E. Nolde (este último, uno de los grandes pintores alemanes de su tiempo, fue después militante nazi, pero igualmente sus cuadros fueron prohibidos por Hitler). Die Brücke fue, puede decirse, la primera floración del expresionismo alemán, el puente hacia un mundo nuevo, la rebelión de un grupo de jóvenes creadores que se constituyeron en comunidad de trabajo a la manera medieval, con un taller común en el que realizaban sus típicos grabados y afiches.
No sabemos si algún parentesco lejano o cercano liga a nuestro presidente con el pintor alemán; tampoco, si experimenta alguna simpatía estética por su homónimo, o si ha pensado traer al Museo Nacional de Bellas Artes una muestra de sus obras, en homenaje a las aleatorias vicisitudes de la geografía e historia de un apellido. Nos gustaría, eso sí -una pretensión tan arbitraria como cualquier otra-, que terminara vinculándolos más estrechamente el valor simbólico de una palabra. Ya se sabe cuál: la palabra "puente".
La mitología prestigiosa que envuelve a los puentes materiales y metafóricos es extensa en las diversas civilizaciones. El puente es transición, rito de cambio, frontera (y pasadizo) entre lo viejo y lo nuevo, entre lo familiar y lo extraño. Permite, también, eludir la caída y sortear el abismo. Muchas obras literarias llevan al puente en su título, designando la intención de su autor; ocurre, para no irnos demasiado lejos, con Hart Crane e Ivo Andric, con Carlos Gorostiza y Arthur Miller.
¿Y acaso uno de los desafíos mayores que enfrenta el presidente Kirchner no es la construcción de puentes, sobre todo de puentes simbólicos e inmateriales, para iniciar la reintegración de una sociedad fragmentada y descoyuntada, de un cuerpo social cuyos músculos y órganos más nobles se combaten entre sí en lugar de organizarse armónicamente?
Levantar puentes requiere tiempo e inteligencia. Dinamitar los pocos que quedan, en cambio, es faena rápida y sencilla, y puede proporcionar una engañosa sensación de poder. El primer puente que necesitamos, y cuyos cimientos corresponde fijar al Presidente, es el que lleva de una Argentina alérgica a la ley y mafiosa a una república de firme impronta institucional. El tránsito incluye la reforma política, el replanteo de los pactos federales y, quizá, reformas parciales de la Constitución. Este es el puente que no admite demoras, porque los demás se apoyarán en él.
Otro puente que nos pide ser tendido es el que va del igualmente mafioso asistencialismo y la dispendiosa corrupción al crecimiento económico y a una política social transparente, que no perpetúe el tráfico partidario de la ignorancia y la miseria. Aunque el pasaje no pueda acelerarse, al menos debe ser vislumbrado, del otro lado de este puente, un proyecto nacional de desarrollo de las fuerzas productivas, sostenible y racional. El énfasis en la educación estará en el centro de este proyecto.
Y el puente que nos lleve al mundo global, que nos saque de la condición de parias de fronteras para afuera, tampoco debería ser segado. Es un puente que en cierto modo admite una doble dirección, que casi nos obliga a mirar hacia atrás, a lo lejos, cuando aún persistía el mito de la Argentina poderosa y europea, culturalmente cosmopolita. Es cierto, nos hemos empobrecido, pero no nos redimirá la resignación tercermundista o la ilusión del aislamiento.
El presidente Kirchner, con apoyo en las encuestas, con la afinidad del Congreso, con un ciclo económico favorable, tiene hoy la responsabilidad y el poder para empezar a construir estos puentes. Es una oportunidad extraordinaria, aunque deba implicar, al comienzo, sacrificios, pérdida de imagen y severidad con la propia tropa. El alucinado Ernst Ludwig Kirchner edificó un puente hacia el arte y la transformación. Deseamos a nuestro homónimo presidente pontonero que nos facilite el cruce de la desolación y la decadencia.
El autor es escritor y periodista. Fue subsecretario de Cultura de la Nación.




