El poder que poseen los recuerdos

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
Fuente: Archivo
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19 de septiembre de 2019  • 00:19

Te invito a considerar algunas ideas prácticas sobre cómo construimos nuestros recuerdos.

  • 1. Los recuerdos son fijados por los afectos. Las emociones son muchas veces el "pegamento afectivo" por el cual un recuerdo queda registrado en nuestra memoria. Dos personas viven la misma situación, sin embargo, cada una experimenta y relata el hecho de manera distinta.
  • 2. Tendemos a recordar con más intensidad los recuerdos negativos. La tarea de nuestro cerebro es la supervivencia. Es por ello que, si vamos caminando y nos sucede algo malo, ese recuerdo quedará registrado en nuestra memoria. Si cinco personas nos saludan pero una sola nos ignora, es probable que pasemos el resto del día pensando en ese hecho o que le contemos lo sucedido a varias personas. Es una manera de registrar una situación de peligro o de displacer y de recordarla con el fin de aprender de ella y construir hacia adelante.
  • 3. Los recuerdos vuelven a nuestro presente y revivimos sus emociones. ¿Quién no recuerda el nacimiento de un hijo o los primeros dibujos que nos mostró? ¿el primer beso o cuando se enamoró? Cada vez que disfrutamos algún recuerdo placentero, revivimos también las mismas emociones maravillosas que sentimos y nuestro presente se tiñe de alegría y entusiasmo por lo vivido.
  • 4. Unimos recuerdos y así construimos historia. Los seres humanos somos constructores de historias. Nos narramos sucesos como si fueran una historia. Establecemos relaciones entre los recuerdos que tenemos y los compartimos uniéndolos y dándoles un sentido, como si fuese una película o una novela. Así nos contamos nuestra vida de una manera particular. Por ejemplo, podemos unir tres o cuatro recuerdos desagradables que hemos vivido con nuestros padres y armar la siguiente narrativa: "Mis padres nunca me quisieron".
  • 5. Los recuerdos vienen a nuestro presente de acuerdo a nuestro estado emocional actual. En ocasiones, los recuerdos que traigamos al presente serán según al estado emocional que experimentemos. Si estamos contentos, es probable que surjan de nuestro pasado historias alegres; si estamos disgustados, situaciones de injusticias; si estamos angustiados, situaciones tristes. Esto significa que nuestra emocionalidad presente es la brújula que hace aparecer determinados recuerdos. De allí que el melancólico, cuando cuenta su pasado, lo haga de manera lúgubre recordando solo situaciones de dolor y de tristeza.
  • 6. Muchos recuerdos no son exactamente tal como los recordamos. A medida que pasa el tiempo, los recuerdos vuelven a nuestro presente a manera de reconstrucciones. Vamos olvidando ciertos detalles y agregando otros. Reducimos los recuerdos guardados en una especie de "archivo" de nuestra historia y los ordenamos otorgándoles así una historicidad y un relato particular de lo que nos sucedió. A veces, no siempre, lo que recordamos está alterado. No es lo que ocurrió sino cómo lo recordamos. ¿Quién no fue a su escuela primaria y cuando visitó el patio lo vio más pequeño de lo que le parecía cuando jugaba allí y era protagonista de ese espacio? Es decir, que el tiempo hace que editemos los recuerdos. De este modo, vamos editando los recuerdos, superponiendo imágenes y mezclándolas.
  • 7. Los recuerdos difíciles deben ser abordados cognitivamente. Cuando uno recuerda, vuelve a experimentar la emocionalidad de lo vivido. ¿Qué deberíamos hacer con los recuerdos tristes o difíciles? Cuando transformamos una situación en aprendizaje y crecimiento, la emocionalidad disminuye. Por ejemplo, le presté apresuradamente dinero a alguien y nunca me lo devolvió. Esa experiencia la transformé en aprendizaje. Al recordar esa situación, voy a revivirla más cognitiva que afectivamente. Es decir, que podemos utilizar las malas experiencias como "escalones de crecimiento". De hecho, es lo que todos hacemos.
  • 8. A veces quedamos fijos en un recuerdo. Hay personas que no pueden salir de un determinado recuerdo. Este aparece una y otra vez. Esto sucede, a veces, porque no podemos construir hacia adelante. Como no vemos un futuro, nos aferramos al pasado. También puede ser porque no hemos aprendido a transformarlo en crecimiento y a seguir adelante. Otras veces el odio hace que uno quede anclado en el rencor y reviva lo sucedido con una profunda ira. Qué importante es ser capaces de proyectarnos y de no jubilarnos psicológicamente. Es decir, de soñar siempre hacia adelante.
  • 9. Hay recuerdos que son traumáticos. Hay experiencias cercanas a la muerte, ya sean reales o imaginarias. Se trata de recuerdos disruptivos que marcan un antes y un después. Son una bisagra en nuestra historia. Los primeros meses un recuerdo traumático provoca síntomas "normales" (pesadillas, flashbacks, ideas recurrentes, etc.). Con el correr del tiempo, los síntomas van disminuyendo. Lo que sucede es que uno busca evitar los recuerdos que le generan tanta angustia. Evitamos recordar, revivir las emociones. Pero así solo logramos que ese recuerdo cobre más intensidad. En terapia breve hay un dicho que dice: "Se apaga el fuego echando más leña". ¿Qué significa esto? Cuanto más contamos eso tan triste o difícil que nos sucedió, más se va gastando esa emocionalidad. Por eso, los amigos y un espacio terapéutico son necesarios a la hora de elaborar los recuerdos traumáticos.

Conclusión

  • a. Podemos transformar nuestros recuerdos en experiencias de aprendizaje. Utilizar lo que nos pasó para aprender, para construir. Así es como logramos transformar recuerdos en motivadores. Al revivirlos, sentimos fuerza e impulso para perseguir nuevos desafíos.
  • b. Podemos ser constructores de buenos recuerdos. Todos conocemos la historia del hijo pródigo. Cuenta el relato que uno de los hijos le pidió a su padre su parte de la herencia para malgastarla y terminar en un chiquero. Mientras se encontraba en el peor momento, recordó que en la casa de su padre había alegría. Y se dijo: "Volveré y le pediré perdón a papá". Lo que lo sacó de su peor momento fue un buen recuerdo. Invirtamos más tiempo que dinero en construir buenos recuerdos. Los objetos se desgastan pero los recuerdos permanecen toda la vida. Procuremos la clase de recuerdos que generan intimidad y alegría y nos aportan un valor trascendente. Armar rituales familiares (como mirar una película juntos el viernes o juntarnos a almorzar en la casa de la abuela el domingo) o cualquier actividad que se repita en el tiempo genera placer y, sin duda, es una buena herencia para dejarles a nuestros hijos.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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