El primer secuestro en Chubut, en 1911
La víctima fue un acaudalado estanciero capturado por dos norteamericanos
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En el Buenos Aires de fin de siglo XIX, Lucio Ramos Otero era un "niño bien". Pero seducido por el embrujo de la Patagonia en el arranque del novecientos, marchó sobre los territorios de semejante ensueño transformado en un personaje solitario y de rústico coraje. Fue víctima del primer secuestro que se recuerde en Chubut y, seguramente, el más importante del país para la época. Los secuestradores fueron los norteamericanos Robert Bob Evans -también (a) E. Hood- y William Wilson, asistidos por el argentino hijo de galeses Mansel Gibbon.
El trío siniestro capturó a Ramos Otero junto con uno de sus peones -el chileno de 21 años José Manuel Quintanilla- el 31 de marzo de 1911, y ambos fueron llevados por los desfiladeros de lo que hoy se conoce como Alto Río Pico. En esas alturas pretendían mantenerlos en un calabozo de troncos mientras organizaban el pedido de rescate. La desaparición de Lucio Ramos Otero fue tomada por el comisario de Tecka, Francisco Dreyer, como una picardía de Ramos Otero, un autosecuestro. En realidad fue una protección del policía hacia los bandidos, ya que fue cómplice del robo perpetrado en el casco de la estancia Corcovado. Tanto el gobernador como los diarios porteños siguieron la versión de Dreyer.
Documentos para el fracaso
Los secuestrados lograron escapar del calabozo montañés el 27 de abril y ponerse a resguardo en la estancia de Corcovado tras una sigilosa travesía. Los entretelones que envolvieron a este suceso fueron casi novelescos, de lo que se ocuparon profusamente los diarios de la época. También abundan datos en expedientes judiciales y las memorias propias en tres tomos que Ramos Otero editó privada y limitadamente entre los años 1911 y 1912.
La primera aparición de Ramos Otero documentada en Chubut está estampada con su firma en 1901 cuando pobló un campo chubutense en Malespina y presentó al gobierno del territorio un pedido de autorización para alambrar "un campo de mi propiedad, lote 9, departamento o paraje conocido por Camarones..." Sin embargo, pronto rumbeó para aquerenciarse al pie de la Cordillera junto al río Corcovado. Allí plantó una casa -todavía en pie- y crió ovejas, vacunos y algunos pingos.
Hacia la Patagonia
Don Lucio -como lo llamaban en Chubut en una mezcla de admiración y temor reverencial- pertenecía a una distinguida familia porteña que, como las más encumbradas de la sociedad argentina de la época, residía en el barrio sur. Había nacido en 1870 en la elegante casona paterna de Humberto 1º y Defensa y lo bautizaron en la iglesia de San Pedro Telmo poco antes de que la epidemia de fiebre amarilla sembrara de muerte a la ciudad. Las familias acomodadas emigraron a las quintas y también comenzaron el lento asentamiento en el barrio norte. Los Ramos Otero se alejaron de la peste instalándose en la quinta familiar, en Banfield.
Lucio era todavía muy joven cuando apareció en la Patagonia, huyendo de una enfermedad que había atrapado en los burdeles porteños y lo alienaba en ráfagas incontenibles agigantadas por la soledad austral.
Ya a los 41 años Lucio Ramos Otero lucía algo excéntrico, empedernidamente soltero y campechano, pero aplomado en el uso de sus gestos exuberantes con el dinero. Corría el verano de 1911. A la disputa con un vecino -con el que se batió a duelo- se habían agregado nuevas andanzas de bandoleros norteamericanos, los mismos que asesinaron a fines de 1909 al gerente de la cooperativa asentada en el lugar, Lloyd Ap Iwan. Este suceso había conmovido al mundillo político y gubernamental de Buenos Aires que derivó en la creación de la Policía Fronteriza del Chubut, al mando del austríaco mayor Mateo Gebhard. Fue un jefe colérico acorde con un batallón indisciplinado que generó polémicas y provocó muchos más problemas que los que sofocó. Con uniformes y calzado de medidas inadecuadas la tropa mal entrazada se alistaba en la costa patagónica para marchar hacia los inseguros valles andinos cuando se produjo -sólo coincidencia- el gran secuestro.
El 29 de marzo de 1911 Lucio Ramos Otero acondicionó su carrito ruso tirado por seis caballos, puso la pistola Colt en su asiento y le dio al peón Quintanilla el Winchester para que lo asegurara atrás. Salieron rumbo a Tecka para varias diligencias y compras.
La carga principal con la que los viajeros regresaron dos días después eran 22 rollos para alambrar -unos mil kilos-, además de un cajón de víveres. Marchaban por las huellas de otros carros que seguramente le precedían por poco tiempo, "cuando en un repecho chico, guadaloso, antes de la bajada fea del Cañadón del Tiro (ya en territorio de la estancia) sale un hombre morrudo y medio alto de entre unas piedras, me agarra la rienda derecha del cadenero con la mano izquierda y con un Winchester -después supe que era escopeta- me apunta. Rápido otros dos hombres más se acercan por entre las piedras que (estaban junto) a la baranda de mi carrito y revólver en mano me apuntan".
Este primer momento y la travesía hasta el lugar donde establecieron campamentos y fue construido el calabozo de troncos,lo ratificó Ramos Otero en su declaración hecha en Corcovado del 16 de junio de 1911 ante el jefe de la Policía Fronteriza. Agregaba muchos otros datos, como que eran las cuatro y media de la tarde y a las amenazas de muerte siguieron los preparativos de un largo viaje. Los ataron y encadenaron. El pedido de rescate por 125.000 pesos que exigieron Evans y Wilson se debía limitar a un pedido por carta elaborada por el propio Ramos Otero, dirigida a su madre, reclamándoselo. Mientras permaneció en cautiverio su estancia fue saqueada, pero el rescate no llegó a pagarse. Las investigaciones posteriores demostraron que no se trataba del autosecuestro de un extravagante, la Fronteriza dio con el calabozo de troncos y más tarde abatió a los norteamericanos. Sólo Mansel Gibbon o Cameron Yake parece haber escapado con vida y llegado a viejo escondido en un rincón de Santa Cruz.




