El riesgo de naturalizar

Eduardo Chaktoura
Resulta conveniente advertir el síntoma a tiempo y disponernos en dirección a una salida positiva
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23 de febrero de 2015  • 00:38

Podemos coincidir y aceptar lo dicho respecto a que "el hombre es un animal de costumbre". Somos la suma y el resultado de los hábitos que vamos adquiriendo. Habrá que estar atentos y tomar conciencia plena de cuáles son esas formas de pensar, sentir y hacer a los que nuestra mente se va a acostumbrando y, desde allí, opera.

Más allá de la necesidad de explorar con atención cuáles son, y todo lo que se genera en torno a las costumbres o hábitos adquiridos (o por adquirir), es por demás conveniente advertir respecto al proceso por medio del que una "costumbre" disfuncional corre el riesgo de "naturalizarse".

¿Por qué ocurre esto? ¿Qué nos lleva a naturalizar ciertos "estados" antinaturales, negativos, autodestructivos? ¿Una sociedad se resigna a "naturalizar" estos "estados" cuando el "Estado" deja de ser garante de ciertos derechos y garantías de los que deberíamos gozar por "naturaleza"?

Así como desde hace años nos abruma y paralizan los reiterados casos de inseguridad y corrupción -dos variables que figuran al tope del ranking de los temas que más nos preocupa a los argentinos- en los últimos meses se fueron sumando otras noticias que parecen habernos confirmado el "nada cambiará".

¿Hemos naturalizado el miedo y la ansiedad que nos despierta la inseguridad y el poder sin escrúpulos? ¿Corremos el riesgo de naturalizar que no hay quien haga Justicia? ¿Corremos el riesgo de naturalizar la muerte por encima de la vida?

¿Hemos naturalizado el miedo y la ansiedad que nos despierta la inseguridad y el poder sin escrúpulos?

La misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman, y todo lo que vino después, y lo que pueda venir, es una de esas alarmas sensibles que no deberíamos pasar por alto.

En medio de los síntomas de incertidumbre, ansiedad y angustia, más que potenciar la "naturalización" de estos "estados", resulta conveniente advertir el síntoma a tiempo y disponernos en dirección a una salida positiva, que en nada se parece a la alternativa o posibilidad de aferrarnos al miedo y a la resignación.

Curiosamente, miedo y resignación son dos de los motores sustentables que activan esto de "naturalizar" lo que no queremos para nuestras vidas.

Cierto es que, más allá de nuestros deseos, la dudosa desaparición del fiscal, las inconsistencias en la investigación, una presidenta imputada, un vice procesado, las advertencias oficiales de un supuesto "golpe", así como el ataque a médicos en servicio, las dudas sobre el inicio del ciclo escolar y tantos temas más que podríamos sumar a la lista, son factores que "desestabilizan" el ánimo y la esperanza de cualquiera.

Entre paréntesis, y para sumar a nuestra reflexión de hoy, pensemos en los temas que tanto nos preocupaban (y preocupan), pero que hemos postergado por otros nuevos miedos, preocupaciones o desconciertos más "urgentes".

En medio de todo esto, ¿cómo orientar la búsqueda en torno a lo saludable y positivo?

Ante todo, más que resignarnos, intentemos hacer foco en aceptar lo que pensamos, lo que sentimos y cómo actuamos. Aceptación no es resignación. En caso de necesitarlo, pedir ayuda en torno a este proceso (personal y social) de transformación, confiando siempre en que el cambio es posible y permanente. Que dependerá, ante todo, y más allá de la aceptación, de nuestras dosis reales aplicadas de voluntad y compromiso.

¿Voluntad y compromiso para qué? Aquí es donde debemos reafirmar qué es lo que tanto deseamos, cuáles son nuestros más auténticos propósitos y potencial de acción. Muchas veces los "estados negativos" también se naturalizan porque nos olvidamos de contactar con nosotros mismos y con el sentido que queremos darle a nuestra existencia, la cotidiana y la trascendente.

La resiliencia es la capacidad que tenemos todos de superar hasta las situaciones más difíciles, incluso, salir fortalecidos

Es bueno saber siempre, aunque resulta urgente e importante recordarlo en tiempos de incertidumbre extrema, que más allá de los factores condicionantes, por más graves que parezcan, contamos "naturalmente" con los recursos necesarios para disponernos a prevenir, evitar o revertir a tiempo esta tendencia a "naturalizar" lo antinatural.

El concepto de "capital psicológico"otorga sustento. A la hora de definir los factores y procesos que nos permiten protegernos, sobrevivir y evolucionar, propone cuatro conceptos fundamentales a considerar: resiliencia, optimismo, esperanza y autoeficacia.

La resiliencia es la capacidad que tenemos todos de superar hasta las situaciones más difíciles, incluso, salir fortalecidos. Nuestra dosis de optimismo dependerá de la atribución positiva que podamos poner en práctica, a pesar de todo. La esperanza funciona como el impulso y el refuerzo para buscar y persistir en la "mejor salida", más allá de lo que pueda resultar. Y respecto a la autoeficacia, sepamos que cuando logramos priorizar hacia dónde queremos ir (o lo que nos gustaría que ocurra), será fundamental ejercer nuestra mayor dosis de confianza posible ante los deseos o desafíos propuestos.

Entendamos el verdadero deseo como reto, y el reto como oportunidad. A pesar de todo, de cualquier crisis o sensación de vacío existencial del que debemos ocuparnos. Aceptar es entender que al menos las cosas son así, al menos por hoy, en este momento. No estamos determinados ni condenados a nada. En este sentido, si algo debemos naturalizar es la posibilidad de creer que somos y seremos lo que estamos dispuestos a que ocurra.

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