El rostro de Dios

Abraham Skorka
Abraham Skorka PARA LA NACION
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24 de diciembre de 2013  

El Dios de la Biblia es incorpóreo y sus fieles tienen proscripto realizar imagen alguna que lo represente. Si bien múltiples versículos mencionan el "rostro de Dios" que se torna hacia aquellos que siguen sus preceptos y el "ocultamiento de su rostro" para quienes los desechan, la interpretación simple del término "rostro" es que refiere a Su presencia.

Los templos paganos se caracterizaban por las estatuas que representaban a las deidades, delante de las cuales se ofrendaban los sacrificios. En el templo de Jerusalén no había imagen alguna que representase al Creador. Se ofrendaban sacrificios a un Dios que no puede ser contemplado ni representado a la vista humana.

El pagano iba a su templo a ver la imagen de su ídolo. A Jerusalén el fiel iba a "revelarse" a "mostrarse" delante del rostro invisible de Dios. El objetivo no era ir a ver a la deidad, sino ser visto por Dios.

Ésta es la gran diferencia entre el pensamiento pagano y el bíblico. En el primero, parte del ídolo se encuentra al alcance de los sentidos del hombre. Su imagen es susceptible de ser vista, tocada, destruida. En el segundo, la presencia de Dios pasa a percibirse exclusivamente por el sentimiento, su imagen ya no es susceptible de ser destruida directamente, sólo puede afectarse a través de la destrucción de su obra, del odio y la ignominia. En tal caso, el rostro de Dios se oculta. O tal vez deba interpretarse que es el hombre el que le da la espalda, por lo que parece oculto.

En el libro de los Salmos, que refiere en muchas oportunidades a la luz que emana del rostro de Dios, hay un versículo que da la pauta de cómo percibirlo. Dice: "Yo con justicia veré Tu rostro". Del mismo resulta que la percepción de Dios se halla en la relación que se desarrolla con el prójimo, quien de acuerdo al relato del Génesis posee, al igual que uno mismo, una imagen y semejanza que refieren a Dios.

En la concepción bíblica el templo es el lugar en el que la comunidad se reúne para revelarle a Dios lo acaecido con el alma. El templo no es la morada del Creador, como lo expresó Salomón en el discurso de inauguración del templo de Jerusalén: "Los cielos, los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¿cuánto menos esta casa que he edificado?". Es el lugar donde Él presta atención a los que buscan, mancomunadamente, Su presencia a través de la justicia, la rectitud y el amor.

En el presente hay quienes, en las distintas religiones, pretenden haber visto y se arrogan el conocimiento del rostro de Dios. Son los fundamentalistas que en nombre de su dios desprecian la vida de sus semejantes al igual que la propia. Consideran que ya poseen una verdad revelada que no requiere de consideraciones ni análisis subsiguientes y transforman a la misma en base de un neopaganismo.

Los avances de las ciencias y las técnicas, hacen pensar a otros que el real templo y su deidad se encuentran en todo aquello que ameniza materialmente a su ser y su existencia. Que el dominio por sobre las cosas los transforma a ellos mismos en partícipes de lo divino o en cuasi divinos.

Se encuentran también aquellos que desean desentrañar los aspectos ocultos de la realidad. El estudio de cuestiones esotéricas es demandando crecientemente desde los finales del siglo pasado y en el presente. Anhelan ver los misterios de la existencia más que al artífice de los mismos.

Muchos retornan a prácticas religiosas que se concentran frecuentemente en rituales, recitaciones repetitivas de los antiguos textos, sin permitirse un análisis exhaustivo de los mismos. El vínculo con el otro, que no comulga con su misma fe o punto de vista, resulta generalmente muy endeble y suspicaz, y a veces intemperante y odioso. Rinden pleitesía a un dios estático, que no acepta cambios, ni pasiones, ni reproches, ni quejas. Un dios que resulta extraño a la visión de Job y aun a la del salmista.

El Dios de la Biblia es hallado en la vida misma. David lo define como "Dios de vida" y en el libro de los Salmos como: "Fuente de vida". Más allá de la experiencia extática, mística, el texto bíblico propone la conducta que sabe de la justicia, la rectitud y el afecto hacia el prójimo como base para hallar Su presencia en la existencia.

Por otra parte, el segundo elemento básico en esta búsqueda del rostro de Dios, es el de la modestia. Moisés llegó a conocer Su rostro como ninguna otra persona, explica el texto bíblico, por su gran modestia. El homo sapiens tendrá conocimiento de su Creador en la medida en que deponga su arrogancia por los logros obtenidos, percatándose de los incognoscibles misterios que siguen acompañando a sus limitados conocimientos.

Cada generación tuvo su propia experiencia en la búsqueda del rostro de Dios. En nuestros días, un compatriota ungido Papa brinda sus máximos esfuerzos para despertar el sentimiento bíblico referido en el corazón y la mente de su grey. En el mundo de la supercomunicación del presente, en el que el planeta se ha transformado en una aldea, los logros espirituales de los unos incentivarán, seguramente, a otros. Especialmente cuando la base es común, como la Biblia hebrea, que sabe ser texto sagrado para judíos, cristianos y musulmanes. En 1965 Arturo Capdevila, seguramente apreciado por Bergoglio, publicó un libro de poesías que tituló: "Dios otra vez". En su tapa, cual introducción que sabe definir a todo el texto, puso la siguiente estrofa:

"Dios otra vez. . . ¿Quién podrá estarse esquivo? / ¿Quién dudará de lo que viendo está? / La historia se ha llenado de Dios vivo. / Algo pasa muy grande. Y seguirá."

Todo poeta posee algo de profeta. Tal vez sus versos refieran a este tiempo y sean cual oración para el éxito en la gestión de otro argentino que se esfuerza para que "pase algo muy grande en la historia".

Durante muchos años, al acercarse Navidad solía escribirle unas líneas al entonces Arzobispo de Buenos Aires, con el deseo de que en las festividades de fin de año pueda hallar junto a su grey momentos de elevación espiritual. Sirvan estas reflexiones cual cálido saludo y los mismos deseos, hacia él y su grey, que con epicentro en Roma, abarca ahora a gran parte de la humanidad.

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