
El sabor remoto del viento
En todo científico suele haber un místico escondido. Tironeados entre la materia y el infinito, muchos acaban persiguiendo lo imposible. Llegado ese punto se dedican a medir aquello que por definición no tiene medida. De estos esfuerzos los primeros beneficiados son los diarios, que para hablar de las cosas que no se pueden tocar necesitan cuantificarlas. Es decir, traducirlas en hechos.
La noticia es cambio, y los científicos también ayudan en esto. En su perpetua búsqueda del Grial, no es raro que pasen de un extremo al otro. Lo que antes era negro ahora es blanco. Lo que siempre hizo mal hoy hace bien.
Es el caso de la nostalgia. Según una nota de The New York Times reproducida por este diario la semana pasada, aquella "forma de melancolía" o ese viejo "desorden compulsivo mentalmente represivo" que los humanos experimentamos "hasta tres o cuatro veces por semana" se ha convertido hoy en una panacea. Tras diez años de estudio, se ha descubierto en Inglaterra que la nostalgia es eficaz para contrarrestar la soledad, el aburrimiento y la ansiedad. Además, vuelve a la gente más generosa y tolerante. Aunque nada dice de sus efectos sobre la gripe o el resfrío, el informe señala que las parejas que comparten sus recuerdos nostálgicos son más unidas.
Nada que objetar al respecto. Si algún reclamo hay que hacerle a la ciencia es que la humanidad haya debido esperar siglos para acceder a estas verdades que algunos sospechábamos en secreto.
Decidido a enseñar la evidencia científica al primero que reprochara mi tendencia a la añoranza, recorté el artículo y lo guardé en el bolsillo. Nostálgico de mis nostalgias, quise convocarlas de inmediato. No acudió ninguna. Más allá de lo científicamente probado, habría que impugnar el optimismo de los investigadores. La nostalgia es una medicina curiosa. Como el viento, sopla cuando y donde quiere.
Podemos estar en mejor o peor disposición, pero la nostalgia irrumpe sin aviso y a partir del estímulo menos pensado. De pronto un fragmento de pasado llega al presente, eso es todo. A veces, durante un instante, lo ocupa por completo. No para que lo lloremos, sino para volver a vivir lo que ya perdimos. Ese reflejo del ayer que se hospeda en el hoy es un fuego al que acercamos las manos en una noche de invierno. Da calor y hace bien. A ese regusto dulce, los brasileños lo llaman saudade .
A veces la nostalgia se dispara con algo que vemos. El ojo se detiene en un objeto que, estando en el presente, pertenece al orden del pasado. Otras puede ser un olor, como cuando pasamos las hojas de un libro viejo. Pero también puede venir de nuestro interior. Llevamos dentro la memoria de lo vivido, y un órgano interno difícil de localizar viaja sin descanso a través de ella mientras atendemos nuestras ocupaciones. Desde allí, cuando estamos desprevenidos, lanza una señal. Por eso la nostalgia puede sorprendernos tumbados en la cama, mirando la nada del cielo raso.
En cualquier caso, la nostalgia nos recuerda quienes somos. Mientras todos escuchan el último éxito de Lady Gaga propalado por las FM, yo ando colgado de una imposible canción de Neil Diamond que me propone un viaje que nadie puede hacer sino yo. Puede que sea ridículo, pero es mi huella, es mi viaje. Por eso la nostalgia es también resistencia. Rompe el sometimiento a la cadena de estímulos adocenados que el mercado dispara con el fin de que sean consumidos sin solución de continuidad. A la comunicación masiva le oponemos lo irreductible: los pliegues de nuestra propia vida.
La nostalgia es tan sabia que incluso puede tener por objeto aquello que no vivimos o que nunca existió. También el deseo se convierte en memoria.
Los investigadores dicen que una manera fácil de inducir este sentimiento es con música. Una verdad a medias. La nostalgia no es un plato que se pueda servir envasado. ¿Cuántos resisten más de tres o cuatro minutos en el canal Volver? Nadie se baña dos veces en las aguas del mismo río. Lo de la música, en cambio, sugiere una hipótesis que habrá representado una dificultad para los científicos: cuanto más tenue el estímulo que la despierta, más honda la nostalgia.
Uno de los relatos de Fiestas de agosto , de Cesare Pavese, podría ilustrar esto mejor que nada. Al sentirse tocado por una brisa de verano, dice el narrador: "Aquella turbonada de viento nocturno me había traído inesperadamente, a la piel y a las narices, un gozo remoto, uno de esos desnudos recuerdos secretos como nuestro cuerpo, que diríase le son connaturales desde la infancia". Hay entonces el recuerdo de una playa, de juegos de chicos entre los barcos, de la música y las luces de los cafés, de flores requemadas por el sol. "Aquel muchacho podría existir sin mí -sigue el narrador-. De hecho, existió sin mí, y no sabía que su gozo iba a reaflorar después de tantos años, increíble, en otro, en un hombre." ¿Habrán podido los científicos medir "el sabor remoto del viento"?
Según cuenta el artículo, Johannes Hoffer, médico suizo, describió originariamente este sentimiento en 1688 con sensibilidad medieval: "Una enfermedad neurológica de causas esencialmente demoníacas". Atribuyó los males físicos y mentales de los soldados a su deseo de regresar al hogar, y acuñó así un término que viene del griego: nostos (volver a casa) y algos (dolor que lo acompaña). Si Homero convirtió la nostalgia en mito a través de la figura de Ulises en su travesía de vuelta a Itaca, no habría que olvidar que toda vida es un viaje lleno de azares y despedidas que termina donde empezó. La nostalgia es volver a casa. Por eso su viento no me devuelve lastimosamente a aquello que fui o que ya no existe, como se pensaba desde el apesadumbrado Hoffer, sino que me lleva de regreso a aquel que soy.
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