El señor González quiere trascender

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Yo te voy dejando mis clientes, mis contactos
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26 de noviembre de 2013  • 00:21

El señor González se encuentra en su sencillo despacho de subgerente de cuentas corrientes del Banco Ladri, sucursal Obelisco. Por el intercomunicador se oye la voz de la telefonista, señorita Haydée.

- ¡Señor González, lo busca su hijo, el joven Mariano González!

- Hágalo pasar, por favor.

A los dos minutos, el muchacho está allí, con sus pelos peinados al estilo rasta, sus aritos en las cejas y sus tatuajes en el cuello.

- ¡Hola Mariano! ¿En qué andás?

- Hola, pa. Vengo a visitarte. Y a pedirte un favorcito.

- Bueno, me alegra que me lo vengas a pedir directamente a mí. Porque tus hermanos tienen la mala costumbre de hablar con mamá para que mamá me diga, etcétera. A mí me gusta que hablen conmigo.

- Es que yo ya hablé con ma. No te pongas mal, pa. Para ella está todo bien. Pasa lo siguiente: me voy a anotar en la carrera de chef. Y para empezar, me piden una batería de cocina. O sea: olla, cacerola, cucharón, espumadera, colador, moldes, trinchante, cuchilla larga y una serie de cosas así. Eso ya está ok. Mami me lo da.

Es la estética de mi oficio. Yo encontré una vocación y es así. Con uniforme

- ¿Mami te lo da? ¿Y con qué vamos a cocinar nosotros?

- No sé, pa. Pero mami, en realidad, ya me lo dio. Lo que pasa es que también necesito un equipo de chef. O sea: el gorro alto de algodón blanco, el delantal, manoplas térmicas, seis mensualidades adelantadas para el ingreso. Y por supuesto, el bordado, porque mi delantal tiene que llevar escrito mi nombre, o mi apodo, en este caso "Mariano". ¿Entendés?

- ¿Pero qué es eso, un jardín de infantes?

- Y bueno, pa, es la estética de mi oficio. Yo encontré una vocación y es así. Con uniforme.

- Bueno, está bien. Ya lo vamos a solucionar. ¿Necesitás la plata ahora?

- Sí, pa.

- De acuerdo. Lo que no entiendo es a qué viene tanto apuro. ¿Ya descartaste la contabilidad?

- No tiene nada que ver conmigo, pa.

- ¿Cómo que no tiene nada que ver con vos? Yo, tu padre, soy contador público nacional, hijo de un contador y nieto de un asturiano que tuvo comercio en Liniers toda su vida. ¡Tenés mucho que ver!

- Está bien, pa, no te pongas mal.

- ¡No me pongo mal, no me pongo mal! Es que tengo cinco hijos, y siempre esperé que alguno de los cinco, o todos, fueran contadores o comerciantes. Primero vino el mayor, que estudió reiki. Después, la segunda, tu hermana Julia, que me salió wedding planner. Luego el tercero, Lucas, que es catador de vinos. Después el cuarto, Juan Carlitos, que es instalador de sitios web. Y ahora vos. ¡Yo esperaba que fueras contador, querido! Porque la cosa es así, funciona así. Los dentistas tienen hijos dentistas. Los abogados tienen hijos abogados. Los comerciantes tienen hijos que se dedican a los negocios. Los artistas tienen hijos artistas. De esa manera, los hijos van heredando los clientes, las amistades, la oficina, los conocimientos, todo el capital del padre. ¿Entendés, Mariano?

- Yo quiero ser chef, pa.

- Está bien, está bien, no sé por qué hablo si es perfectamente al cuete. No tiene sentido. En fin.

- Aparte, pa…¿Para qué querés que yo sea contador?

- Es una manera de trascender, de perpetuarse en el oficio, en el ambiente. Yo te voy dejando mis clientes, mis contactos. Creo que se llama afán de trascendencia. Es una forma de conservar todo lo que uno ha construido, todo lo que uno supo y fue.

- ¿Me hacés el cheque, pa?

- Sí. ¿Por cuánto es?

- Nueve mil pesos.

- ¡Al diablo! Bueno, en fin, tomá.

Se quedó sentado en su pequeño despacho, recordando los tiempos en que los hijos heredaban de sus padres el despacho, la profesión, el prestigio, la chapa y el talento

González extrae su chequera del bolsillo y garabatea rápidamente sobre el talonario. Luego arranca el talón y lo entrega a su hijo.

- ¡Gracias, pa! Voy corriendo a anotarme.

- Andá, Mariano, andá. Escuchame, querido, antes de salir…¿En caso de que el asunto de la cocina no te funcione bien, vas a considerar la posibilidad de estudiar contabilidad? ¡Siempre soñé con que mi hijo fuera ministro de Economía, o presidente de un gran banco! ¿Cómo plan B, la contabilidad podría ser?

- Mirá, pa. Si no me va bien con lo de chef, pienso dedicarme al UFC o al MMA. O sea, artes marciales combinadas: una mezcla de jiu jitsu con kick boxing y karate. Esa es mi opción B. Pero tendría que radicarme en Brasil.

- Ajá. Bueno, Marianito, andá nomás: ¡Suerte!

El chico salió a la carrera y se metió en el ascensor.

El señor González se quedó sentado en su pequeño despacho, recordando los tiempos en que los hijos heredaban de sus padres el despacho, la profesión, el prestigio, la chapa y el talento.

Después se hicieron las cinco de la tarde. González se puso la chaqueta, miró el reloj pulsera, saludó a todos y emprendió el camino a casa.

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