El síndrome de la acomodación

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
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9 de febrero de 2017  • 01:02

El síndrome de la acomodación es una teoría utilizada dentro de la psicoterapia para explicar el fenómeno del abuso a través de fases.

Dicho síndrome comprende las reacciones más frecuentes de los niños abusados sexualmente y se aplica tanto a nenes como a nenas (el género es indistinto), dado que son fases psicológicas que muestran los distintos momentos que atraviesan.

Esta teoría fue desarrollada en EE.UU. y consta de cinco categorías específicas:

1) el secreto

2) la desprotección

3) la acomodación propiamente dicha

4) la denuncia tardía y

5) la retractación

Las dos primeras son consecuencia directa de la vulnerabilidad del niño, mientras que las tres últimas se desprenden del abuso sexual.

1. El secreto

Ningún niño está preparado para enfrentar la posibilidad de ser abusado por un adulto en quien confía. Esta es la razón por la que el hecho suele ser un secreto bien guardado, aun entre adultos. Lo que menos imagina una niña es que pueda ser abusada por su propio padre, de quien espera protección y cariño. Entonces la víctima queda a merced del abusador para tratar de comprender qué sucede. De todas las “explicaciones” ilógicas y egoístas que recibe de su abusador, ella solo entiende que algo malo está sucediendo, que es peligroso y que debe guardar silencio al respecto. Las explicaciones del abusador incluyen amenazas (“si decís algo, voy a matar a tu mamá”; o “si decís algo, voy a hacer lo mismo con tus hermanos”), seducción (“este es nuestro secreto”, “¿ves qué lindo es hacer feliz a papá?”) y provocación (“si hablás, nadie te va a creer”; “si le contás a mamá, se morirá de pena”).

El miedo a no ser creído, a ser culpado de mentiroso e imaginativo o a perder el amor de los padres es una amenaza terrible para el niño. Una niña que es abusada por su padre y no creída por su madre ha quedado huérfana, psicológicamente hablando. El secreto se convierte, entonces, en una doble fuente: por un lado, de temor, y por el otro, de seguridad. Ya que al permanecer callada, cree proteger a su familia y a ella misma.

Los niños deben ser creídos, cuando mencionen alguna actitud abusiva hacia ellos. El enjuiciamiento y la negación por parte de la madre hacen que el secreto quede aún más arraigado en lo profundo de su corazón.

2. La desprotección

Encuestas estadounidenses indican que el 10% de la población femenina ha sido abusada sexualmente en su niñez por algún familiar. Muchas personas esperan que el niño actúe como un adulto frente al abuso sexual. Si no lo hacen, piensan que el “es cómplice del abuso” o que “le gustó”.

No es fácil para una niña sentirse amparada cuando el abusador es alguien jerárquicamente superior a ella, a quien debe respetar y obedecer.

Muchas niñas han relatado cómo su padre (padrastro o compañero de la madre) se acercaba por las noches a su cama, para abusar de ellas. Ante este relato, la sociedad espera una sola reacción por parte del menor: resistirse, pedir ayuda o intentar escapar. La verdad es que la mayoría de los chicos no pueden reaccionar y quedan paralizados. La única defensa posible es hacerse el dormido, cubrirse con la frazada y hacer como si nada, entre sus escasos recursos. La falta de reacción genera luego en la víctima una gran culpa, por creer que provocó el hecho o que podía haberse defendido pero no lo hizo.

3. La acomodación propiamente dicha

El abuso puede ocurrir solo una vez o en reiteradas ocasiones. La experiencia nos indica que, lamentablemente, sucede en forma reiterada. El perpetrador sabe que puede acceder a su víctima fácilmente. Vive con él en la misma casa y la ve todos los días; solo debe ir y abusar de ella. Así, se produce una conducta adictiva y repetitiva, a la cual solamente pondrá fin el descubrimiento. De esta manera, lo único que el niño puede hacer es aprender a sobrevivir, a “acomodarse” a esta situación tan desagradable. No hay salida: no hay dónde correr ni a quién recurrir.

Una niña razona que el papá es malo o que ella es mala y merece castigo. No puede formarse la idea de un padre cruel y tirano. Entonces, comienza a verse a sí misma como la culpable de lo que está sucediendo.

Como el menor debe guardar silencio para proteger a su familia, se genera entonces una inversión de roles. Debe proteger la supervivencia de la familia y la seguridad de los demás. La víctima entra en un doble vínculo en el cual queda atrapada: si calla el secreto, se siente cómplice y culpable; pero si lo revela, puede destruir a su familia y a sus padres. Entonces queda encerrada en un círculo, del que no puede salir.

4. La denuncia tardía

La mayoría de los casos de abuso sexual nunca llega a denunciarse, al menos fuera del entorno familiar. Si el conflicto en la familia es un detonante para la denuncia, esto ocurre generalmente algunos años después del abuso continuo.

Cabe destacar en este punto que ningún niño, niña o joven es responsable del abuso que recibió o recibe. Su voz debe ser siempre escuchada, aunque la denuncia llegue luego de un tiempo de haber sufrido el/los ataque/s. La víctima hablará cuando esté lista para denunciar las acciones por las cuales ha sido sometida.

5. La retractación

Lo más probable es que, si una niña confiesa el abuso, luego se retracte. Detrás del enojo y de la denuncia impulsiva subyacen la culpa y la responsabilidad de preservar a su familia. Además, descubre que los miedos y las amenazas de mantener todo en secreto son ciertas: su padre la abandona y la llama mentirosa; su madre no le cree o sufre un ataque de nervios; la familia queda fragmentada y sus hermanos quedan a la deriva.

Una vez más, la víctima carga con la responsabilidad de preservar o destruir la familia. La inversión de roles se prolonga en la “mala” elección de decir la verdad y la “buena” elección de retractarse y mentir para salvar a la familia.

Esta mentirá tendrá más credibilidad que la acusación de incesto y restablecerá el precario equilibrio familiar.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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