Suscriptor digital

El síndrome de la procrastinación crónica

Dolores Caviglia
El síndrome de la procrastinación crónica
El síndrome de la procrastinación crónica Crédito: Shutterstock.com
(0)
13 de marzo de 2019  • 00:19

La frase parece hecha. Podría estar en una lista justo detrás de "si sucede, conviene", "siempre que llovió paró", "mejor sola que mal acompañada", "mala hierba nunca muere" y "contigo, pan y cebolla". Sin embargo, la otra noche cuando miraba televisión antes de irme a dormir la escuché y fue distinto. Me afectó. La entendí. La escuché como si nunca antes la hubiera escuchado, como si me la estuvieran diciendo a mí. El protagonista de la película decía "Siempre llego tarde a todo" y pensé por dentro: yo también.

Se lo dije a mi terapeuta hace unos años, casi seis. Acababa de cumplir 30 y ella me preguntó qué tal, cómo me sentía, si me afectaba la edad y yo le contesté: "Creo que es mi momento para cumplir 20". Eso significa que estoy desfasada diez años. Toda una década.

Porque ahora, cuando miro hacia atrás, cuando analizo las cosas que hice y las que no, me reprocho, me cuestiono, me lamento la inercia. La procrastinación eterna. Ese es el peor de mis males, me convenzo de que hay tiempo para todo. Que lo voy a poder hacer después. Qué para qué ahora, que no hay que apurarse. A los 24 una compañera de la facultad se anotó para ganar una beca y estudiar un cuatrimestre en Madrid. Siempre quise estudiar en el extranjero. Nunca me inscribí en nada. Siempre dije que lo haría más adelante. Me recibí a los 29 y lo más lejos que llegué fue a Tandil, a un congreso de literatura norteamericana que duró dos días.

Procrastino con episodios de la vida trascendentales pero también con los sonsos. Con pedir turno con el flebólogo para consultarle por qué me duelen tanto las piernas, con comprar unas zapatillas blancas que reemplacen a las mías que ya tienen la suela despegada, con pintarme las uñas, hacer el Camino del Inca en Perú, anotarme en el gimnasio, ir a una escuela de manejo o a Puán a buscar el título que ya se debe haber vencido en el cajón, esperando. Como los personajes de Beckett, que aguardan a Godot, que nunca va a llegar. Soy Penélope sin Odiseo. Procrastino y tejo.

Hace ya más de un año tengo la ciudadanía italiana. Luego de un trabajo de reconstrucción demencial que hizo mi madre nos enteramos que la bisabuela Juana en verdad era el bisabuelo Juan y dibujamos la ruta de la familia desde Savona hasta Lomas de Zamora, algo así como 11.073 kilómetros de sangre terca, parca, laboriosa, estricta y algo, y a veces, tierna. El papel abrió una puerta. La de cumplir con eso que quise y que no hice: vivir lejos. Mi novio dice que sí, que él se va a dónde sea, que trabaja de lo que sea. Que atiende una parrilla. Creo que se muestra tan dispuesto porque sabe que del otro lado estoy yo, la que encuentra razones para posponerlo todo. Justo ahora que me gusta lo que hago... Justo ahora que estoy en medio de un proyecto con amigas... Justo ahora que vivimos en este barrio tan lindo.

Esa noche de la frase hecha me costó dormir. Mientras la televisión seguía encendida en otra película que ya no escuchaba, me recosté en la cama, le di la espalda a la pantalla y pensé. Pensé que quizá me falta valor. Quizá digo que quiero algo que en verdad no quiero. Quizá miento. A mí o a alguien. Quizá tema tanto fracasar que ni siquiera lo intento. Quizá me dé miedo cambiar, terror que lo nuevo no me guste, pánico que me guste mucho. Quizá tenga el síndrome de la procrastinación crónica. Quizá dentro de diez años me arrepienta. O tal vez haya cosas que deben quedar así, en la nada.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?