
El socialismo sueco, ¿es el modelo?
INVITADO por la Fundación Nobel y el gobierno sueco a participar de la celebración de los premios Nobel 1998, pasé una semana en Estocolmo. Además de gozar junto a mi mujer de maravillosas ceremonias, la visita me sirvió para buscar respuesta a una pregunta de interés para los argentinos en este momento en que todos nuestros candidatos presidenciales proclaman el advenimiento de una hora social : Suecia, la más social de las democracias occidentales, ¿debería ser nuestro modelo del 10 de diciembre de 1999 en adelante?
Suecia es un país de agudos contrastes. En el Norte, donde viven esquimales, se interna en el círculo polar. En Estocolmo, sin embargo, la corriente del Golfo y la proximidad del mar moderan el frío, volviéndolo estimulante. Los suecos aman la luz y se felicitan cuando la nieve, embelleciendo el paisaje, sirve además de espejo para contrarrestar la mezquindad del sol. En esta época del año se hace de noche a las dos de la tarde. Pero los suecos celebran los días que prometen alargarse a partir del 21 de diciembre. En cada ventana asoma un candelabro de siete lámparas. Jóvenes vestidas de vestales, ciñendo coronas de velas prendidas, cantan la canción napolitana de Santa Lucía, regocijándose porque la luz volverá.
Suecia es, a la vez, monárquica e igualitaria. Capitalista y socialista. Hogar de grandes empresas multinacionales que compiten en el mundo de igual a igual con las empresas norteamericanas, alemanas o japonesas, pero dadora también de una red social gratuita o fácilmente accesible de salud, jubilaciones, vivienda y educación para todos; no sólo para sus ciudadanos, sino también para los miles de refugiados políticos que a ella acuden desde Asia, Africa y América latina.
Suecia es una nación pacifista, cuya neutralidad le ha evitado las dos guerras mundiales, pero cuenta con un ejército moderno, bien equipado y numeroso gracias al servicio militar obligatorio. Abiertos a las más osadas innovaciones de la ciencia, a las que exaltan cada año con los premios Nobel de Física, Química y Medicina, los suecos conservan obstinadamente, pese a ello, sus viejas tradiciones.
Eso que llamamos el socialismo sueco consiste en un conjunto de empresas "capitalistas", competitivas, cuyas ganancias están sometidas a una fuerte presión impositiva mediante la cual el Estado garantiza el arco más amplio de servicios sociales. No es un socialismo estatista como el que hemos conocido en América latina, en el cual el Estado asume el rol empresario. Es un socialismo capitalista porque las empresas son privadas pero sobre su rentabilidad pesa una grave hipoteca social.
Puede advertirse hasta dónde llega la red de los servicios sociales suecos en este solo ejemplo: cuando nace un hijo, los padres suman entre ambos un año de licencia con goce de sueldo.
Burocracia sin corruptos
Pero llegué a Suecia en un momento en que, pese a que han vuelto a gobernar los socialistas luego de un interregno conservador, la enorme carga financiera de su Estado de Bienestar los obliga a recortar gradualmente los servicios. Un ejemplo: antes, la atención odontológica era enteramente gratuita; ahora, el Estado no financia la odontología estética; sólo la odontología médica.
Una burocracia sin corrupción, contribuyentes que pagan los impuestos, una bajísima tasa de criminalidad, ayudan a sostener el sistema. Pese a ello, a éste le cuesta cada día más atender sus ambiciosas metas sociales.
Las tensiones que sufre en Suecia el Estado de Bienestar provienen, paradójicamente, de su propio éxito. No ha habido guerras. No hay casi violencia ni mortalidad infantil. El clima es sano; la medicina, excelente. El obrero y el empleado ganan en promedio 2000 dólares mensuales. Así las cosas, los suecos se mueren cada vez menos.
Las perspectivas de vida sobrepasan los 80 años. Esto, sumado a la baja natalidad, apunta a la formación inminente de una sociedad de cabellos blancos. ¿Cómo hará Suecia para sostener a una legión creciente de octogenarios saludables? No puede subir más los impuestos; al contrario, los está bajando gradualmente para enfrentar la competencia de los países más capitalistas que la rodean. Menos impuestos y más cargas: los números de la Suecia socialista empiezan a no cerrar.
Dotado de una administración eficiente y honesta, alimentado por contribuyentes cumplidores, pese a ello el modelo sueco empieza a no cerrar. Esto debería llamar a la prudencia a todos aquellos que en la Argentina aspiramos a un país incomparablemente más social que el que tenemos. Con ineficiencia y corrupción administrativa, con evasión generalizada como la que padecemos, los objetivos de nuestra inminente hora social tendrán que ser, forzosamente, limitados.
Amartya Sen
Por una feliz coincidencia, el Premio Nobel de Economía fue acordado este año a Amartya Sen, un profesor indio de las universidades de Harvard y de Cambridge. Sen no es un economista propiamente dicho, sino un economista social.
Tal como lo ha escrito repetidas veces, tal como volvió a decirlo en su conferencia Nobel en la modernísima aula magna de la Universidad de Estocolmo donde pude escucharlo, la pregunta central de Sen es cómo atender los reclamos sociales de nuestra era de una manera económicamente racional. Su problema es nuestro problema. Sen lo viene estudiando hace más de treinta años.
La respuesta de Sen es pesimista y optimista. Si la meta social que se pretende es igualar las condiciones de vida de los seres humanos, Sen es pesimista por una razón metodológica insuperable: las preferencias de los seres humanos son incomparables. No hay manera de reducir a un mínimo común denominador la forma de vida a la que aspiran Juan, María, Pedro y Elisa.
Si una mayoría quisiera cortar el nudo gordiano de la incomparabilidad; si Juan, María y Pedro se aliaran para derrotar a Elisa, no seguiría la justicia, sino una dictadura: la represión de Elisa.
Si aquello que se pretende ya no es igualar a los seres humanos, sino que todos los seres humanos superen la línea de la pobreza, si a esto se reduce su derecho a la igualdad, la tarea resulta posible. Este es el optimismo de Sen: todos los seres humanos podrían ser liberados de la pobreza. En esto y sólo en esto serían iguales. Más allá, seguiría reinando la diversidad de los talentos y de las oportunidades.
Nuestras metas
Si las dificultades de la experiencia sueca debieran inducirnos a la prudencia en la fijación de nuestras metas sociales, la enseñanza de Sen nos anima a buscar una meta que, no por ser menos ambiciosa que el modelo sueco, dejará de exigir lo mejor de nosotros: sacar gradualmente a todos nuestros compatriotas del pozo de las "necesidades básicas insatisfechas".
Seguidor del filósofo John Rawls, Amartya Sen habla como él de los "bienes primarios". Los seres humanos divergen hasta el infinito en sus preferencias. De otro lado, todos ellos requieren los "bienes primarios": alimentación, techo, empleo, educación... En este campo limitado, ya no reina el insuperable teorema de la incomparabilidad. En el campo limitado de los bienes primarios, reina la unanimidad.
Bienes primarios para todos: esta meta, modesta para los ambiciosos suecos que quizás empiecen a retroceder hacia ella, será terriblemente exigente para una Argentina social que se empeñe en avanzar hacia ella. En su cuatrienio de poder, el próximo gobierno no la alcanzará. Podrá, eso sí, reducir la inmensa distancia que nos separa de ella. No será todo. Será bastante.






