El terrorismo vasco no pierde su capacidad de matar

Silvia Pisani
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9 de diciembre de 2001  

MADRID El 2 de noviembre, Día de los Santos Difuntos, la campana llamó al rito en el apacible pueblo de Zestoa, al norte de Guipúzcoa, en el País Vasco español. La gente se saludó mientras avanzaba entre casas de piedra y hoteles de aguas termales, camino del cementerio, para honrar a sus muertos.

Una tumba permaneció sin ser visitada. En ella descansa el ex superintendente de la policía regional Carlos Díaz Arcocha, un vasco de boina cotidiana, asesinado cuando una bomba hizo volar su auto. El crimen se atribuyó a la banda terrorista ETA.

Hace unas semanas, la familia de Díaz Arcocha prefirió no reunirse con los otros del pueblo en el camposanto. “¿Para qué quieres que vaya? Están ésos... los de Herri Batasuna (partido político sospechado de tener lazos con ETA). Ellos no van a reconocerme, no saben que soy la hija de Díaz, pero yo sé quiénes son ellos, sé lo que son y no quiero verlos”, dijo la mujer que perdió a su padre en el atentado.

El crimen fue hace 16 años, en la primavera de 1985. El relato de la familia de Díaz Arcocha, hace sólo unos días. El tiempo pasa en el País Vasco, pero las cosas no cambian.

Hace cuarenta años que la banda terrorista ETA (Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) mata y dice hacerlo por la independencia de esa pequeña y fantástica región española, cuya geografía podría caber ocho veces en Andalucía. A su alrededor, todo ha cambiado. Después de los ataques de septiembre en Estados Unidos, Occidente condenó el terrorismo. Los nacionalistas irlandeses del IRA (Irish Republican Army) abandonaron las armas tras décadas de violencia y 3600 muertos.

Durante mucho tiempo se quiso ver un reflejo entre el fenómeno del terrorismo irlandés y el vasco. El primero entendió que la violencia era inútil y la abandonó. ETA, no. Más aislada que nunca, tiene ahora la rara etiqueta de ser el último grupo terrorista en plena actividad en Europa.

“¿Nada ha cambiado para ellos tras el 11 de septiembre?”, le preguntó La Nacion al jefe de la Policía Nacional española, Juan Cotino. “Para el Estado de Derecho –respondió– cambió mucho. España tiene más apoyo internacional. Pero para ellos nada cambió. Son terroristas y piensan lo mismo”.

–Y el cese del fuego del IRA, ¿cómo los afecta?

–Están más solos. Pero no les importa. Su estrategia es de otro mundo. Ellos no viven en éste.

* * *

Desde septiembre, en que el terrorismo internacional atacó con virulencia sin precedente, ETA siguió su senda de violencia. Asesinó a una decena de personas, hizo estallar una bomba en pleno corazón de Madrid y causó cien heridos. También se supo que hace dos años tuvo un plan para volar la Torre Picasso, un edificio calcado de las Torres Gemelas de Nueva York y construido por el mismo arquitecto. El plan se frustró porque la policía descubrió los 1800 kilos de explosivo en dos furgonetas. Otros informes de inteligencia advierten sobre su presunta intención de obtener misiles...

Si los cambios a su alrededor no parecen hacerle mella, tampoco los golpes que sufrió dentro de la península. En los últimos meses soportó la desarticulación de una decena de grupos y la detención de noventa supuestos integrantes, entre ellos varios jefes.

Pero su red armada resiste y se regenera rápido. A las pocas semanas de haber sido desarticulados, los comandos afectados volvieron a estar operativos con nuevos cuadros. ETA no pierde su capacidad para matar.

En lo político, sufrió el peor revés de su historia. En las últimas elecciones regionales vascas, Euskal Herritarrok (EH) –el partido político sospechado por entonces de vinculaciones con la banda– perdió la mitad de sus votantes. De los 14 escaños que tenía en el parlamento de Vitoria sólo pudo conservar siete.

Tras la debacle electoral, un par de corrientes internas de Herri Batasuna (HB) –el movimiento político madre– intentó una revisión de lo ocurrido. El esfuerzo fue acallado y el grupo crítico –denominado Aralar– terminó escindido. Fue el final de la “reflexión interna” en la izquierda nacionalista radical.

Poco había cambiado. Salvo la nueva denominación del grupo político madre, que pasó a llamarse simplemente Batasuna. Para su lanzamiento en sociedad estrenó también un nuevo logo. La conducción, sin embargo, sigue siendo básicamente la misma.

“¿Nada cambia nunca en el País Vasco?”, se le preguntó al vocero del Partido Nacionalista Vasco (PNV), que hace veinte años ejerce el gobierno regional.

“Algo se tiene que mover, algo tiene que cambiar. ETA ha sido derrotada en lo político. No puede ser tan impermeable a lo que ocurre, ésa es la única esperanza que tenemos”, contestó Iñaki Anasagasti.

–¿A cuánto está el País Vasco de una polarización social como la que se vive en Irlanda entre católicos y protestantes?

–Eso no pasará aquí. Es bien distinto. Allí los dos grupos religiosos se matan. Y hay una clara situación de pobreza entre los católicos. ETA es cosa de minorías, un grupo minoritario que asesina.

–¿Qué se aprende del proceso de Irlanda del Norte?

–El método. Eso es lo que reivindicamos los nacionalistas democráticos. El gobierno británico trabajó mucho y con paciencia. En España, en cambio, el gobierno nacional involucra al nacionalismo democrático con ETA. Y eso es un disparate...

* * *

En muchos pueblos de Euskadi hay gente que vive sin libertad. Todos se conocen, y el poder de asustar y de matar lo tienen los fanáticos. Mientras buena parte de las naciones de Europa avanzan en la construcción de la unidad continental y en el objetivo de atender juntos los intereses comunes, el conflicto separatista vasco profundiza la diferencia. “Lo que hace falta es mucha paciencia. El desarme del IRA fue un objetivo pacientemente buscado por el gobierno británico”, dijo el profesor Rogelio Alonso, que desarrolla su labor de investigación sociológica en la universidad de Belfast, capital de Irlanda del Norte.

Para muchos, el desarme del IRA era imposible. Soñar con lo que nunca llegaría. Pero ocurrió. “A partir de este momento queda demostrado que armas y bombas no tienen más cabida en el Ulster”, dijo ese día el primer ministro Tony Blair, quizás el gobernante británico que más horas dedicó al conflicto.

El paralelismo entre el País Vasco e Irlanda del Norte aparece claro en la existencia de un grupo clandestino armado, ilegal, jerárquicamente organizado, con poderosa estructura de financiamiento y con capacidad operativa de primer nivel. Pero, a partir de allí, el gobierno español marca diferencias.

“Posiblemente, el 11 de septiembre haya ayudado al desarme del ejército republicano irlandés. Pero lo que fue decisivo fue la autonomía del Ulster. Eso fue lo que llevó al IRA a dejar las armas”, dijo el ministro de Interior español, Mariano Rajoy.

–¿Por qué no ocurre eso en el País Vasco?

–Porque la autonomía que ya votó y aprobó el pueblo vasco hace veinte años, y cuya puesta en marcha fue precedida por una amnistía para que todos los presos de ETA salieran en libertad, es ignorada por unos señores que siguen matando.

–¿Qué tienen en común el IRA y ETA?

–Que ambos asesinan. Pero la diferencia es que en el Ulster hay un conflicto histórico entre católicos y protestantes. ETA, en cambio, ejerce una cacería criminal contra aquellos que no piensen como ella. No hay conflicto sino, una banda asesina.

–¿Y que tienen en común Batasuna y el Sin Feinn, el partido político de los independentistas irlandeses?

–El Sinn Fein –dijo Rajoy– es un partido político serio. Batasuna es una correa de transmisión de una banda criminal. Es parte de una organización mafiosa y no política.

* * *

Desde que en diciembre de 1999, ETA rompió una particular tregua de 14 meses, asesinó a 40 personas. En ese lapso, los partidos políticos mayoritarios de España, el gobernante Popular (PP) y el Socialista Obrero Español (PSOE) iniciaron un camino de acercamiento que cobró fuerza con la firma, un año después, de un pacto de lucha antiterrorista.

En ese período, los nacionalistas moderados que gobiernan en el País Vasco endurecieron su discurso crítico. Pero al gobierno regional de Juan José Ibarretxe le cuesta todavía unir su discurso con la acción. Las fuerzas políticas locales le piden ser convocadas para trabajar juntos contra el terrorismo.

Dentro y fuera de España, el cerco se estrecha sobre ETA. Pero en los pueblos vascos es difícil que alguien quiera hablar de eso con extraños. Ni siquiera en Zestoa, el pueblo donde no todos pueden ir libremente al cementerio. Allí, como en muchos otros sitios, saben que la capacidad operativa de la banda está intacta. Como si nada hubiera pasado. El conflicto vasco sigue su ritmo, descolgado de todo.

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