
El Tribunal de La Haya decide en contra de China y sus pretensiones en el Mar del Sur de China
Las fricciones entre China y sus vecinos respecto de la soberanía sobre el Mar del Sur de China conforman una de las más preocupantes amenazas a la paz y seguridad internacional. Como las que Rusia –por su parte- provoca en el Mar Báltico y en el Mar Negro, las tensiones marítimas de China también preocupan a todos.
En procura de resolver la controversia que Filipinas mantiene con China respecto de un atolón emplazado en el Mar del Sur de China, denominado “Scarborough Shoal”, el gobierno filipino inició en el año 2013 un caso ante la Corte Permanente de Arbitraje de la Haya, de conformidad con la Convención sobre el Derecho del Mar. El atolón del que China tomó posesión hace tres años, está ubicado a menos de 200 kms del litoral marítimo filipino.
China –sin embargo- nunca reconoció la jurisdicción de ese tribunal. No obstante, el caso siguió adelante y los cinco árbitros acaban de decidir, por unanimidad, la disputa en la que intervinieron. El laudo, que acaba de dictarse, es totalmente desfavorable a China. Primero, porque sostiene que los reclamos chinos sobre el atolón referido “no tienen base legal alguna”. Segundo, porque afirma que China ha violado los derechos soberanos de Filipinas en su Zona Económica Exclusiva al interferir con la actividad pesquera filipina, construir ilegalmente islas artificiales y causar daños ambientales irreparables a los arrecifes coralinos del lugar. Respecto de las islas artificiales construidas por China, sostuvo que ellas no generan derecho alguno a reclamar jurisdicción sobre presuntas aguas “territoriales”, ni sobre las 200 millas de la llamada “Zona Económica Exclusiva”. A lo que agregó que China nunca ha tenido autoridad exclusiva sobre las aguas controvertidas. En más, cualquier instalación artificial que China pretenda construir sobre los atolones del mar en disputa no tendrán consecuencias en materia de reclamos de soberanía.
Como consecuencia de esa dura decisión, China ya no podrá –como hasta ahora- argumentar derechos soberanos en base a los límites definidos por ella unilateralmente en la década del 40, utilizando lo que ese país denomina “las nueve rayas”. Deberá, en cambio, aceptar las definiciones contenidas en la Convención de Derecho del Mar (de la que es signataria), que ciertamente son muy distintas.
Hasta el momento, China ha utilizado su enorme poder de persuasión en procura de imponer su punto de vista. Para ello ha transformado a distintos atolones en islas artificiales en las que unilateralmente construyó instalaciones y pistas de aterrizaje que de pronto podrían ser utilizados militarmente. Los presuntos “derechos históricos” invocados para ello por China son precisamente los que han sido ahora dejados de lado, de un solo plumazo, por el Tribunal Arbitral.
Hasta el momento, China ha utilizado su enorme poder de persuasión en procura de imponer su punto de vista
Habrá que ver cómo reacciona China ante lo sucedido. Hasta el dictado del laudo, China había sostenido que no reconocía la jurisdicción del Tribunal Arbitral, y que no aceptaría su veredicto. Una vez conocido su contenido, China (posiblemente para “consumo interno”) sostuvo terminantemente que se trata de un laudo “nulo y no vinculante”. El tribunal que decidió la controversia estuvo compuesto por cinco árbitros provenientes de Alemania, Francia, Ghana, Holanda y Polonia. No hubo disidencia entre sus miembros, en cuestión alguna.
Lo que ahora está por verse, más allá de la esperada retórica, es si China acepta o no la primacía del derecho internacional. No sólo cuando el mismo juega en su favor, sino también cuando le impacta adversamente.
En un primer movimiento, China presionó a Camboya, que emitió un escueto comunicado, solidarizándose con la potencia asiática. Pero Vietnam, en cambio, aplaudió de inmediato la decisión arbitral. Recordemos que, en ese mismo rincón del mar, China mantiene disputas de soberanía abiertas con Brunei, Indonesia, Malasia, Taiwán y Vietnam, además de aquella que la enfrenta con Filipinas.
Lo cierto es que la decisión de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya puede en más empujar a todos en dirección a generar acuerdos específicos de cooperación sobre las áreas en disputa. Dejando de lado el tema de la soberanía. Esto ya ha sucedido entre China y Vietnam en la llamada Bahía Beibu, en el 2000. Así como entre China, Vietnam y Filipinas con relación a las labores sísmicas en busca de hidrocarburos en otras áreas en disputa, en función de un acuerdo suscripto entre esos países en el 2005.
China y Filipinas podrían ahora, en lugar de dedicarse a atacar y defender el fallo que tiene que ver con la soberanía sobre la zona en disputa, acordar convencionalmente cómo podrían explotarla, tanto en materia de pesca, como de hidrocarburos o recursos minerales. A lo que podría agregarse alguna temprana explotación conjunta del turismo.
La puesta en marcha del arbitraje comentado la hizo en su momento el presidente filipino Benigno Aquino III, quien –recordemos- mantenía una posición “dura” respecto de China. Hoy Aquino ha sido reemplazado por un nuevo presidente, Rodrigo Duterte, que es mucho más contemporizador y –por ello- propenso a las soluciones negociadas.
Si China decidiera empujar la alternativa de los arreglos convencionales, esto es las negociaciones, seguramente la tensión actual en el Mar del Sur de China disminuiría. Lo que no necesariamente aseguraría la libertad de navegación en la zona, que es el principal objetivo geopolítico de los Estados Unidos en ese rincón del mundo, en el que ha incrementado su presencia naval, que ahora es robusta.
La decisión del Tribunal Internacional debiera previsiblemente moderar las posiciones expansionistas y terminantes chinas y re-sintonizar su retórica, a veces casi belicosa. Si además ella genera una red de convenios bilaterales o multilaterales de naturaleza comercial, impulsaría el desarrollo de una zona que, en lugar de ser el centro de controversias muy inquietantes, se transformaría en un nuevo motor para el crecimiento. Sin que nadie se sienta irreparablemente humillado. No es poco. No obstante, lo previsible en el corto plazo es que China no disminuya su presencia en el Mar del Sur de China. Y que el constante patrullaje naval norteamericano se mantenga, como hasta ahora.
El autor es ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas






