
El último pecado de la burguesía
La novela se centra en el ajuste de cuentas de la protagonista con la memoria de su madre
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¿Cómo debe venderse un libro? ¿Todos los recursos son igualmente válidos? ¿La cita de autoridad en contratapa, la glosa del argumento, la exageración de sus atributos, la mentira? Puede que sí. Al fin y al cabo se trata de asegurar la compra del ejemplar y no la lectura, que es otra cosa. Así y todo, no recuerdo haber visto antes un libro cuya faja promocional diga, como la que lleva También esto pasará,"la novela que arrasó en la Feria de Frankfurt". El contenido de la sentencia, recuperada en la solapa (donde además se informa que se han firmado "contratos de traducción en más de veinte países"), no es disparatado porque Frankfurt es, efectivamente, la mayor feria de compra y venta de derechos de libros, cita anual de agentes y editores. Pero resulta por lo menos extraña, como fuera de lugar, a la hora de ponderar el valor de una obra de ficción. Porque lo que aquí se destaca, por sobre cualquier otro atributo, es el interés alcanzado por el libro en el reducido universo de los agentes editoriales (¿qué significará "arrasar" en este contexto?). Un éxito obtenido, para mayor sorpresa, incluso antes de que el libro fuera publicado (la feria sucede en el mes de octubre y También esto pasará apareció en enero de 2015).
¿Cómo debe venderse un libro? ¿Todos los recursos son igualmente válidos? ¿La cita de autoridad en contratapa, la glosa del argumento, la exageración de sus atributos, la mentira?
Resulta lícito preguntarse entonces sobre las razones de este desvelo generalizado del mundo editorial por el segundo libro de una escritora llamada Milena Busquets (Barcelona, 1972), que estudió en el Liceo Francés, se licenció en arqueología en Londres, fue editora, tiene dos hijos y vive en su ciudad de nacimiento. La respuesta no es tan misteriosa ni complicada, pero necesita una breve explicación. Milena Busquets es hija de Esther Tusquets, fundadora de la editorial Lumen (hoy perteneciente al grupo Random House Mondadori), y sobrina de Óscar Tusquets, cofundador del sello que aún lleva su apellido (y que adquirió hace algunos años el grupo Planeta). Los dos, Esther y Óscar, fueron miembros destacados de aquella burguesía catalana que encontró en la edición, hacia fines de los años sesenta y principios de los setenta, un oficio donde volcar su rebeldía, ilustración y refinado gusto de clase, en momentos en que el poder del dictador Francisco Franco comenzaba a declinar. Los dos, la madre y el tío de la autora, fueron también figuras centrales de lo que se conoció en Barcelona como la Gauche Divine, variopinto grupo de artistas, arquitectos, editores, fotógrafos, cantantes y académicos de izquierda que también integraban Félix de Azúa, los hermanos Moix, Oriol Bohigas, Jorge Herralde, Beatriz de Moura y Román Gubern. También esto pasará narra, pues, el duelo de una mujer llamada Blanca (alter ego de la autora) por la desaparición de su madre, fallecida a causa de una pulmonía (Esther Tusquets murió realmente de una pulmonía en julio de 2012). Así las cosas, hubiera sido raro que una novela surgida del núcleo de la gran familia de editores catalanes no despertara el interés de sus pares.
¿Pero qué pasa con los lectores, para quienes nada de esto debiera tener verdadera importancia? La novela se centra en el ajuste de cuentas de la protagonista con la memoria de su madre, una mujer generosa, distante y severa a quien dice amar locamente, y en la reconstrucción de los pedazos de vida que le han quedado después de esta muerte, y de dos matrimonios fallidos. Blanca se muestra, o al menos eso se lee en sus palabras, pensamientos y acciones, como una mujer rica y liberal de cuarenta años, que ve en el amor y el sexo las dos únicas tablas de salvación posibles en la vida. Empujada por las circunstancias, el clima, y la recomendación de sus amigos, emprenderá un retiro en Cadaqués, ese pequeño pueblo de casas blancas y mar azul donde pasara los veranos de su infancia (navegando por el día, saliendo de juerga por las noches), y en cuyo cementerio acaba de enterrar a su madre.
El primer problema es que el hecho de ser hija de una editora, criarse en un ambiente de intelectualidad y bohemia, y estar atravesada por el dolor de una muerte reciente no le asegura a nadie escribir un libro interesante.
El primer problema es que el hecho de ser hija de una editora, criarse en un ambiente de intelectualidad y bohemia, y estar atravesada por el dolor de una muerte reciente no le asegura a nadie escribir un libro interesante. Y la memoria personal, cuando no es estimulada por el talento estilístico, una inteligencia selectiva o el sentido del humor, corre el riesgo de convertirse en solipsismo narrativo. Esto también pasará no escapa del todo a este destino, y para colmo su protagonista exhibe una particular debilidad por las sentencias categóricas sobre el mundo y la existencia. "Cualquiera que haya tenido perro sabe que son los perros los que nos eligen, no nosotros a ellos", afirma en determinado momento Blanca. Y también: "No hay marcha atrás en una historia de amor, una relación siempre es una carretera de sentido único". Otra más: "De todos modos, la ropa siempre es un sustituto del sexo, o un envoltorio para conseguirlo. Tal vez todo sea un sustituto del sexo: la comida, el dinero, el mar, el poder, el sexo". Y otra, bastante enigmática por cierto: "El mundo se divide entre los que se sientan en los bancos de la calle y los que no".
La narración se desliza a través de un ritmo más inalterable que pausado, y utiliza el maquillaje de la melancolía para disfrazar lo que por momentos es puro aburrimiento. Por desgracia, las descripciones tampoco son el fuerte de Busquets. De forma invariable, cuando presenta a un personaje (amigo, amiga, amante, desconocido) recurre a dos o tres adjetivos para definir su carácter, o elige detenerse en los rasgos físicos, enumerados sin la chispa necesaria como para que cobren vida y rozando, no pocas veces, la cursilería. Por ejemplo cuando describe al personaje que, suponemos, en un futuro cercano y fuera de la novela se convertirá en su próximo enamorado: "La boca, grande, con unos labios aptos para besar, masculinos pero suficientemente mullidos para clavarles los dientes, se le tuerce un poco al reír, afeando e infantilizando la poderosa cabeza de héroe griego". Ningún autor podrá privarse, sin embargo, de acertar cada tanto, y Busquets lo logra cuando evoca el clima doméstico en que vivía la madre de Blanca, o cuando alcanza, con frases cortas, momentos de intensidad poética como cuando describe un criadero de perros: "Flota en el ambiente algo de la solemnidad y del estupor que provoca siempre cualquier alumbramiento, humano o animal".
"Flota en el ambiente algo de la solemnidad y del estupor que provoca siempre cualquier alumbramiento, humano o animal".
También esto pasará recuerda la levedad y la autosuficiencia de las últimas películas de Sofía Coppola, otra mujer criada en familia de artistas que, como Busquets, se inclina por narrar con el toque justo de refinamiento la inefable tristeza de la clase acomodada. Lo agotador de leer un libro así no es que el objeto de la narración elegido sea el presente de los hijos de la burguesía (se puede escribir un libro interesante sobre casi cualquier cosa, incluso una novela sobre la nada, como quería Gustave Flaubert), sino que en ningún momento sorprenda ni descubra algo que no supiéramos de antemano. La vida es complicada, sí. El dinero no compra la felicidad, no (pero ayuda a que el tránsito por la existencia sea menos pesado). La muerte es triste, sí, sobre todo si se trata de la del padre o la madre. Pero la literatura tiene una larga tradición de hondos relatos sobre padres (de Kafka a Knausgard, por citar apenas dos autores cuyos apellidos empiezan con la letra k), y un escritor debiera ser descarnado con los suyos o consigo mismo a la hora de escribir sus memorias, y no condescendiente. No toda neurosis se convierte por sí misma en literatura, ni se distingue, por la mera publicación en formato libro, de un ejercicio público de narcisismo.





