
El último zar descansa en paz
El próximo viernes, casi ochenta años después de su ejecución, Nicolás II y su familia serán enterrados en la catedral de San Petersburgo. Pero la Iglesia Ortodoxa rusa no asistirá a la ceremonia: su jefe, Alexei II, duda de que los restos pertenezcan a los Romanov y asegura que el caso no está cerrado.
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San Petersburgo .- (El País) LA barroca catedral de San Pedro y San Pablo es una obra maestra de Domenico Trezzini enclavada en la fortaleza del mismo nombre en San Petersburgo, la capital imperial que Pedro el Grande se inventó en 1703 en el delta del río Neva. En el interior del templo y en la capilla funeral contigua se hallan las 32 tumbas de los Romanov, desde el sarcófago del mismo Pedro hasta el de Alejandro II, que emancipó a los siervos y murió en 1881 despedazado por la bomba lanzada por un revolucionario.
El hermano mayor de Lenin, Alexandr, fue ejecutado en 1887 por participar activamente en una conjura para asesinar al nuevo zar, Alejandro III. El fundador del régimen soviético quedó marcado por esa tragedia, pero pasaron treinta años antes de que pudiera tomarse la revancha. En el octubre rojo de 1917 se hizo con el poder revolucionario. Y en julio de 1918 avaló (y tal vez ordenó) la muerte de Nicolás II, el último zar, hijo del responsable de la muerte de su hermano.
Sólo dos soberanos de la dinastía Romanov faltan en ese conjunto dominado por el mármol blanco y las águilas imperiales de bronce dorado: Pedro II, cuyos restos reposan en la catedral del Arcángel, en el Kremlin de Moscú, y Nicolás II, fusilado en 1918 junto a su esposa, Alejandra Fiodorovna; sus cinco hijos; un médico, y tres criados, en Ekaterimburgo, la capital de los Urales. Durante casi siete años los supuestos restos han sido objeto de un penoso peregrinar a la espera de que la ciencia se pronunciase sobre su autenticidad sin margen alguno para la duda o la controversia.
La pesadilla está a punto de terminar. El pasado 30 de enero, una comisión especial creada por el presidente Boris Yeltsin dictaminó que los huesos exhumados en 1991, cerca de Ekaterimburgo, pertenecen a Nicolás II (que tenía 50 años cuando fue ejecutado); a la zarina Alejandra Fiodorovna (46); a las hijas de ambos, las grandes duquesas Olga (22), Tatiana (21) y Anastasia (17); al médico personal del soberano, Yevgueni Botkin; a una doncella, un ayuda de cámara y un cocinero.
De acuerdo con lo propuesto por la comisión, el gabinete decidió, a finales de febrero, que los restos reposen junto a los de los demás Romanov y que su solemne entierro se celebre el próximo viernes, justo cuando se cumplan ochenta años de la ejecución colectiva perpetrada en el sótano de la casa del comerciante Nikolai Ipatiev, en Ekaterimburgo. El médico y los tres criados pudieron salvarse, pero decidieron correr idéntica suerte que sus señores, una fidelidad que les será recompensada acompañándolos también más allá de la muerte.
Curiosamente, hoy se discute con pasión sobre la conveniencia de que Lenin, cuya momia se expone en un mausoleo de la plaza Roja de Moscú, sea enterrado también en San Petersburgo, lo que lo situaría en una inquietante vecindad con quienes fueron sus víctimas y simbolizan el mundo que él redujo a cenizas.
Es casi imposible que para la fecha del entierro se haya descifrado otro enigma: el del paradero e identificación de los restos del zarevich hemofílico Alexei (de 14 años) y de su hermana María (de 19), los dos miembros de la familia imperial que esa fatídica noche de 1918 cayeron igualmente abatidos bajo las balas de un pelotón bolchevique mandado por Yakov Yurovski.
Los huesos de Alexei y María no estaban entre los exhumados en 1991 siguiendo las indicaciones del geólogo e historiador Alexandr Avdonin, y del ex detective y autor de novelas policíacas Gueli Riabov, que los descubrieron en 1979, aunque guardaron un prudente silencio hasta que la Unión Soviética y el comunismo estuvieron a punto de hundirse. Los bolcheviques intentaron deshacerse de los restos y enterraron al zarevich y a su hermana en un lugar diferente del que correspondía al resto de la familia.
Eso ha dado origen a una leyenda casi tan descabellada como la de la gran duquesa Anastasia. Las pruebas del ADN descartaron hace tiempo que Ana Anderson, que gastó su vida en demostrar que era la hija perdida del zar, tuviera ni el más lejano parentesco con los Romanov.
Ahora la leyenda se llama Nikolai Dalski, que se proclama legítimo emperador ruso y que asegura que es hijo del zarevich Alexei. Cuenta Dalski que su padre fue sustituido a última hora por el hijo de un cocinero, lo que lo libró de correr el mismo trágico destino del resto de su familia. Avdonin, sin embargo, asegura que también sabe dónde están los restos de Alexei y María: en unas fosas artificiales cercanas a una mina conocida como de Los Cuatro Hermanos. El geólogo está dispuesto a recuperarlos si le dan la autorización.
La peripecia de Riabov y Avdonin casi parece el argumento de una novela de espías, y ellos mismos han cargado durante años con la sospecha de ser agentes soviéticos encargados de desinformar más que de revelar. Su trabajo conjunto no estuvo exento de riesgos. Lo iniciaron en la dura época soviética de Leonid Brezhnev, todo un desafío al régimen. Riabov, el ex policía, investigó en los archivos, y el geólogo, buen conocedor de los escenarios de los hechos, trabajó sobre el terreno.
En mayo de 1979, acompañados de sus esposas y de dos amigos, bajo una capa de vías de ferrocarril, encontraron varios cráneos verdinegros, hechos pedazos por golpes de fusil, en condiciones tan deplorables que hicieron vomitar a alguno de los presentes. Riabov se llevó dos cráneos a Moscú para intentar identificarlos, pero no logró que ningún científico se arriesgase a desairar al régimen. Así que, poco después, los huesos volvieron a su precaria tumba. Y allí permanecieron otros once largos años, hasta que fueron exhumados en 1991, ya con la bendición oficial de Mikhail Gorbachov.
Empezaba el difícil trabajo de identificación. En 1993 se creó una comisión especial, y se utilizaron las más modernas técnicas, incluyendo pruebas de ADN, tanto en Rusia como en el extranjero.
Los huesos de Nicolás II se contrastaron con los de su hermano Gueorgui. Los de Alejandra se compararon con los de su pariente lejano, el príncipe Felipe de Inglaterra. Un sobrino del último zar se negó a dar una muestra de sangre porque el análisis se iba a efectuar en el Reino Unido, el país que negó asilo a la familia real en 1917, lo que, según él, fue la causa última de su muerte.
Estas y otras pruebas llevaron a la conclusión de que los restos hallados en 1991 eran los del zar, su esposa y las hijas de ambos, Olga, Tatiana y Anastasia, además del médico y los tres criados. Y se confirmó que los huesos que faltaban eran los del zarevich Alexei y la gran duquesa María.
Pese a todo, las dudas persisten, apoyadas en detalles tales como que no se ha detectado una cicatriz que debería tener el cráneo de Nicolás II como consecuencia de un espadazo que sufrió en Japón, en 1891, en un intento de atentado.
El metropolitano Vitali, cabeza de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Extranjero (IORE), con sede en Nueva York, insiste en que su grupo nunca aceptará las conclusiones de la investigación oficial ni reconocerá los restos exhumados en 1991 como los de la familia real. Según la IORE, que ha canonizado a Nicolás II, los restos imperiales se encuentran en la catedral de San Job, en Bruselas.
Casi ochenta años después del magnicidio, ni siquiera se sabe quién dio la fatídica orden final. La posición oficial del régimen soviético fue que las autoridades bolcheviques de la región lo decidieron autónomamente. El motivo fue que Ekaterimburgo, conocida como capital de los Urales rojos, estaba amenazada por tropas checoslovacas desertoras del ejército rojo y aliadas con los blancos y monárquicos, que estaban en guerra civil abierta contra las fuerzas revolucionarias. Eso sí, Moscú respaldó la decisión abiertamente y sin reservas.
Días antes del magnicidio, Filip Goloshchokin, comisario militar y miembro de la dirección del soviet de los Urales, trató en Moscú acerca de la suerte de la familia real. En la dirección bolchevique se seguía apostando por un juicio público contra el Carnicero del Pueblo, pero muy probablemente se dejó en manos de las autoridades regionales la posibilidad de decidir una ejecución colectiva si la ciudad corría peligro de ser conquistada por los blancos, como efectivamente ocurrió.
Pese a todo, persiste la duda de si, el mismo día del magnicidio, los jefes bolcheviques de Ekaterimburgo recibieron una orden explícita de Moscú, es decir, de Sverdlov o del propio Lenin. Aunque se ha hablado mucho de un supuesto telegrama, jamás se lo ha podido encontrar. Hay constancia, sin embargo, de que llegó uno desde la cercana Perm con la fatídica orden. León Trotski aseguró mucho más tarde, desde el exilio, que preguntó a Sverdlov: "¿Quién lo decidió?" Y que la respuesta fue: "Lo decidimos aquí. Ilich (Lenin) pensó que no podíamos dejarles una bandera viviente, especialmente en las difíciles circunstancias actuales".
El general (en realidad, almirante) del ejército blanco, Alexandr Kolchak, encargó en plena guerra civil a Nikolai Sokolov que investigara la muerte de la familia, y este oficial hizo su trabajo a conciencia. Mientras que su jefe fue fusilado en Irkutsk, en 1920, por los bolcheviques, él logró huir de Rusia un año antes con mil páginas de documentos sobre el magnicidio. Este fondo fue adquirido en 1990 en Sotheby´s por el príncipe Hans-Adam II de Liechtenstein, que lo convirtió en moneda de cambio para recuperar los archivos de la familia real de este miniestado, confiscados por los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial.
El pasado septiembre, lo más interesante del archivo Sokolov fue expuesto en un museo de Moscú. Una de las piezas era el telegrama 2029, enviado, previo pago de 3 rublos y 60 kopecs, el mismo 17 de julio de 1918. Bajo un complicado código numérico, el jefe del soviet de los Urales, Alexandr Beloborodov, comunicaba a Nikolai Gorbunov, del soviet de comisarios del Pueblo de Moscú, para que éste a su vez informase a Sverdlov que "toda la familia ha sufrido el mismo destino que su cabeza", y que "oficialmente, la familia murió durante la evacuación". También se expusieron fotografías del sótano en el que perecieron los Romanov, incluso con impactos de bala y restos de sangre.
La versión más completa, la de Yurovski, muestra a una familia despertada a medianoche, y que no sospechaba nada, conducida a una habitación vacía en la planta baja. Nicolás II, que llevaba al zarevich en brazos, pidió alguna silla. Trajeron dos. En una se sentó Alexei; en la otra, la zarina Alejandra. Con ellos, el médico, el cocinero, el ayuda de cámara y la doncella. Yurovski leyó la sentencia, recibida por el zar con desconcierto ("¿cómo, cómo?"), y con murmullos ininteligibles por los demás.
Inmediatamente después estalló una tormenta de balas de revólver, muchas de las cuales rebotaron enloquecidas. Los corsés de las grandes duquesas, rellenos de joyas y diamantes, sólo sirvieron para prolongar la agonía. Ni siquiera las bayonetas pudieron atravesarlos. Hizo falta disparar nuevamente, y esta vez a la cabeza.
Y luego llegó el complicado proceso para deshacerse de los cadáveres, la utilización de ácido y tal vez de fuego, la búsqueda de un lugar discreto e inaccesible donde enterrarlos, el descubrimiento de los ocho kilos de joyas de las hijas del zar, la separación de los cuerpos de Alexei y de María...
Un director de cine habría podido fundir en negro la escena de la ejecución y evocar, mientras la vida de los Romanov se escapaba a chorros, el esplendor de los bailes de la corte en el palacio de Invierno de San Petersburgo, en alguno de cuyos salones podían danzar hasta cinco mil parejas. O a María escribiendo un poema a su madre. O a Alexei postrado en el lecho con una hemorragia interna tras un pequeño accidente en una barca. O a toda la familia partiendo el hielo en su palacio de Tsarkoe Selo. O al zar de caza, presidiendo un desfile o pasando revista a las tropas con el pecho cubierto de medallas. Símbolos de una época que la revolución hizo pedazos y de una familia exterminada a balazos.
Nicolás II fracasó como zar. El régimen comenzó a quebrarse mucho antes de 1917 por su defensa casi religiosa del absolutismo, el recurso a la represión (simbolizado en el Domingo Rojo de 1905), los desastres en dos guerras (contra los japoneses y contra los alemanes) y la ignorancia de la miseria de su pueblo, combinada con la convicción casi patológica de que éste lo adoraba. Pero lo que no se le puede negar es que era un buen esposo y padre de familia: tranquilo, amable, cariñoso, detallista. En realidad, sólo se sentía a gusto con su mujer y sus hijos, jugando, paseando e incluso trabajando con sus propias manos. Su diario revela que algunos de los días más felices de su vida los pasó después de su abdicación, cuando estaba libre de sus obligaciones de Estado, que siempre lo abrumaron.
La relación entre Nicolás y Alejandra ha dado tema, con razón, a varios libros de historia que más bien parecen novelas rosas. En sus cartas se llamaban "solcito", "dulzura", "pajarito", "tesoro", "corazón" o "ángel", incluso muchos años después de su boda. Besaban las cartas del otro, se enviaban flores y evocaban momentos de pasión. Dos sombras hacían que la emperatriz sufriese a veces tenebrosas crisis de melancolía: el odio de buena parte del pueblo ruso, que llegó a considerarla una espía alemana, y la enfermedad del zarevich. Alexei se comportaba como un niño normal, pero, como tantos otros descendientes de la reina Victoria de Inglaterra, su sangre no coagulaba, y eso lo ponía en constante peligro de muerte y obligaba a que su existencia transcurriese como entre algodones.
Ese fue el motivo inicial de que un santón y curandero, sucio, barbudo, grasiento y libertino, pero con un poder de fascinación único, conquistara el corazón de la familia real. Las grandes duquesas llevaban aún colgado del cuello un retrato de Rasputin (asesinado el 30 de diciembre de 1916) la noche fatídica del magnicidio en la casa del comerciante Ipatiev.
La investigación sobre el terreno de la ejecución colectiva es imposible, ya que Boris Yeltsin, por entonces jefe del partido de la provincia de Sverdlovsk, ordenó en 1977 convertir en un solar la casa de Ipatiev. Un embrión de capilla se alza ahora en el lugar. Junto a una cruz, acuden a hacerse fotos las parejas de recién casados, se depositan y se roban flores, se va en peregrinación o se bebe vodka, se escriben oraciones o insultos. El actual gobernador de la provincia pretendía erigir en el lugar una catedral y guardar los huesos del zar y su familia en la cripta. Pero los planes del Kremlin eran otros. La catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo es considerada también por los miembros de la casa Romanov como el lugar más idóneo para que los restos de sus antepasados reposen, por fin, en paz.
Oficialmente, la decisión ha sido adoptada por el gobierno y no por Yeltsin, aunque, evidentemente, éste la respalda. Pero el líder del Kremlin ha preferido mantenerse un poco al margen después de que el jefe de la Iglesia Ortodoxa, Alexei, le comunicara que no considera que el caso esté cerrado. Al patriarcado no le convence del todo el resultado de la investigación.
Ocurre que en torno del año 2000 se tratará, muy probablemente, de canonizar a Nicolás II para satisfacción de monárquicos y religiosos, que lo ven como un mártir, y para espanto de casi medio país que, por ejemplo, votó al candidato comunista en las presidenciales de 1996 y que considera al último zar un tirano.
El problema es que si Nicolás II se convierte en santo, sus huesos serán reliquias venerables, y la Iglesia Ortodoxa no quiere arriesgarse al ridículo que supondría que un día se descubriese que no son del zar. Por eso preferiría una tumba provisional, aunque está dispuesta a participar en el entierro solemne con una discreta representación.
El 17 de julio se elevarán plegarias en todas las iglesias ortodoxas de Rusia por las almas de los miembros de la familia real y de "todos los muertos en aquel tiempo de graves persecuciones". Pero Alexei no presidirá el solemne ceremonial de San Petersburgo. Y Boris Yeltsin tampoco asistirá. Ambas ausencias deslucirán un acontecimiento histórico al que están invitados centenares de Romanov y de las otras casas reales de todo el mundo. Aunque lo más importante es que Rusia podrá, finalmente, pasar una de las páginas más siniestras de su historia.





