El valor del lenguaje

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21 de marzo de 2000  

TRADICIONALMENTE, las culturas establecieron diferentes formas de utilización del lenguaje y el uso de ciertas palabras según el grado de confianza o el mayor o menor respeto debido a la persona a quien se habla. Por ejemplo, gran parte de los idiomas incluyen formas de tratamiento familiar equivalentes al tuteo del castellano, que sólo se utilizan cuando se alcanza un determinado grado de intimidad o familiaridad.

La generalización del tuteo en relaciones nuevas ha sido una tendencia reciente de muchas sociedades, advirtiéndose que el fenómeno excede el caso comprensible entre personas de edad próxima o de un mismo ámbito de trabajo o círculo social. El abuso observado es, por ejemplo, el del joven vendedor a un cliente mayor o el de los conductores de televisión a sus casuales interlocutores telefónicos. En estos casos, como en otros similares, podría interpretarse que la sociedad está reduciendo los espacios de respeto que las personas deben prestarse.

Más notable es la tendencia a la utilización de malas palabras de manera abusiva y sistemática, sin motivo alguno que justifique el exabrupto. No hay en esta apreciación mojigatería sino una descripción objetiva de hábitos que tocan fibras sensibles de la convivencia y, en general, del sistema de costumbres.

En todos los idiomas hay un código de malas palabras . Son sustantivos, adjetivos o verbos que denominan en general cuestiones relativas al sexo o a zonas del cuerpo humano identificadas con lo que toca de manera muy especial al pudor o a la intimidad; o, simplemente palabras que el uso ha consagrado como agresivas o detonantes.

Se trata de códigos, ya que hay otras denominaciones para los mismos objetos o acciones que pueden utilizarse sin suscitar ninguna molestia o incomodidad. Debe interpretarse que justamente los idiomas han desarrollado estos códigos para diferenciar el bien hablar del mal hablar según el ámbito en el que una conversación se desarrolla, reconociendo la existencia de distintos espacios de respeto y diferentes grados de confianza o intimidad.

La utilización cada vez más generalizada de malas palabras en radio y televisión tiende a desconocer esos matices y a instalar el mal gusto y la grosería como denominadores comunes. Se ven y escuchan a diario teleteatros, scketchs o programas periodísticos que presumen de un aire de rebeldía, modernidad, snobismo o pretendido realismo, con el uso persistente de expresiones ofensivas o desagradables. En general se trata de un recurso del que se echa mano para llenar el vacío creado por la falta de genuinos valores artísticos o intelectuales.

No existe en la Argentina, afortunadamente, ninguna forma de censura previa, ni podría existir, pues está categóricamente proscripta por la Constitución. Pero eso no significa que los medios no tengan responsabilidad ulterior a la difusión de sus mensajes por la transgresión a determinadas reglamentaciones. Hay una legislación que impone penas a los medios que difunden escenas o usan expresiones contrarias a ciertos principios o criterios específicamente mencionados en el texto legal. El Comfer, como autoridad responsable de aplicar esas disposiciones, desde hace un tiempo sólo se resigna a contabilizar las sumas acumuladas por multas, sin posibilidad de cobrarlas. Pero lo que es aún más importante, tampoco existe -salvo dignas y contadas excepciones- una autorregulación responsable por parte de quienes conducen y manejan los medios de comunicación.

Es evidente que se trata de una cuestión con profundas raíces sociológicas y no sólo limitadas a nuestro país, que ha evolucionado junto a otros cambios en las pautas de comportamiento moral y social, que el desarrollo de las comunicaciones tiende a extender. Esto no exime de llamar a la reflexión y apelar a construir mejores defensas que resistan la pérdida de ciertos valores, tales como el respeto y la autoestima, que se manifiestan necesariamente a través de códigos culturales. El del lenguaje es uno de ellos y, por cierto, uno de los que más directamente pueden enaltecer o a degradar el buen gusto, el decoro y el espíritu de convivencia de una sociedad.

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