
El valor del matrimonio
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Con frecuencia se destaca y se exalta el valor de la familia como el grupo primario de la sociedad generado por los lazos de la sangre o del afecto y como el ámbito natural en el que se forman y maduran las personas en la doble dimensión del desarrollo espiritual y de la salud corporal.
En esta misma columna editorial hemos subrayado en numerosas oportunidades lo que significa el núcleo familiar como célula social insustituible -o, en todo caso, difícil de sustituir- y como escuela de aprendizaje y de vida.
Los cambios sustanciales que fue experimentando la humanidad a través de los siglos desde las civilizaciones más remotas determinaron el nacimiento y el ocaso de numerosas instituciones de la vida social, pero la familia -como organización básica- sobrevivió a todas las mutaciones, a todos los cataclismos sociales, aunque su estructura se haya ido modificando, con mayor o menor intensidad, como no podía ser de otro modo, al compás de las transformaciones históricas y culturales.
Con menos frecuencia se analiza y se debate la problemática del matrimonio, base natural de la organización familiar. Diríase que el vínculo matrimonial -que también ha logrado atravesar el filtro de los siglos sin extinguirse, a pesar de las modificaciones morales y estructurales que ha ido sufriendo a través del tiempo- sigue gozando en el mundo, en principio, de buena salud. No en vano los ritos culturales que acompañan la celebración de una boda siguen teniendo vigencia y significación social en la mayor parte del mundo.
Es cierto que en muchos países las estadísticas reflejan un descenso del número de casamientos que se celebran y es verdad también que a la concepción tradicional de la unión formal y duradera del hombre y la mujer con el objeto de constituir una familia se han sumado otras modalidades, que se traducen en la constitución de parejas que eluden el compromiso de la perduración en el tiempo y eligen el criterio de la transitoriedad, privilegiando la idea de vivir el presente sin ataduras ni condicionamientos proyectados hacia el futuro.
Son elecciones y concepciones que responden, naturalmente, a distintas escalas de valores, reflejo de las múltiples influencias culturales, religiosas y éticas que condicionan o determinan las decisiones de las personas en las sociedades respetuosas de la libertad de elección de cada individuo, limitada únicamente en el caso de que se lesione o se afecte el derecho de los otros.
Pero más allá del marco civil o institucional -que, como queda dicho, no puede ser otro que el del respeto a la libre decisión de cada pareja- se advierte cada vez más la necesidad de una revalorización del matrimonio en sus aspectos positivos, encarada a partir de la consideración de lo que suele aportar al fortalecimiento y a la estabilización de las relaciones familiares, valores que resultan de fundamental importancia en un tiempo histórico signado por la fragilidad, la inseguridad y la imprevisibilidad de las estructuras espirituales, sociales y económicas, así como por la falta de solidez de muchas instituciones públicas y privadas y por la crisis de desconfianza que suele afectarlas.
Es un tema que debería originar debates más frecuentes en el seno de la sociedad, a través de los cuales se pudiese examinar la institución del matrimonio sin los prejuicios y las falsas idealizaciones que contribuyen, a menudo, a deteriorarla. Una subcultura alimentada por el folletín literario y por el cine de cierta época convirtió en otro tiempo al matrimonio en una suerte de meta soñada y total, que solía marcar la culminación idílica de una trama o intriga sentimental. En el caso del cine, la unión matrimonial de una pareja era exaltada como el paso que ponía punto final a todas las desventuras. Era el clásico "happy end" con el que solían cerrarse las comedias de amor. En qué medida esa concepción irreal e ingenua de la pareja formal contribuyó a que surgieran y se arraigaran en el imaginario colectivo otras variables menos estables de la convivencia entre el hombre y la mujer es algo que no resulta fácil establecer.
Hoy parece necesario alentar un debate cultural que examine el matrimonio desde una perspectiva alejada de las visiones idílicas y cercana a la realidad, es decir, visualizándolo como una forma de contención afectiva y, a la vez, como un espacio en el que es posible compartir la vida en todas sus dimensiones:la del dolor y la del placer, la del desaliento y la de la esperanza, la del fracaso y la de la certeza de que siempre hay buenas razones para recomenzar a vivir.
Lo cual no significa desconocer u opacar las otras modalidades de vinculación afectiva que, en la amplísima gama de opciones libremente escogidas al abrigo del pluralismo cultural, pueden también constituir experiencias vitales dignas y enriquecedoras.
En una reciente edición del diario londinense The Observer se recogieron testimonios sobre las ventajas que puede acarrear la vida matrimonial para un mejor desarrollo de las condiciones físicas y mentales de las personas. Sin entrar a discutir la validez de las teorías que allí se exponen, parece preferible explorar lo que el matrimonio significa más allá de las buenas o malas vivencias sanitarias. Analizar, por ejemplo, su valor como expresión de un modelo de vida y como el lazo natural sobre el que debe fundarse la familia, en un contexto de valorización y defensa permanente de la dignidad humana.





