Reseña: El sistema del tacto, de Alejandra Costamagna

Hernán Ronsino
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23 de junio de 2019  

La muerte del tío Agustín, el último miembro de una familia italiana asentada en un pueblo de la Argentina, dispara la historia de El sistema del tacto, de Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970), novela finalista del premio Herralde. Esa muerte replicará, como un sacudón telúrico, del otro lado de la cordillera.

Ania es la chilenita que pasaba sus veranos de la infancia con la familia argentina en el pueblo de Campana. Su padre no quiere viajar para despedir a Agustín -hay una fuerte negación ahí- y le pide a ella que lo haga en su lugar. "Entierro", "familia", "Chile" son palabras que resuenan en el aire y cifrarán las claves de la narración.

Fuente: LA NACION

El viaje de Ania (el cruce de los Andes, la llegada a Campana, el bar Cecil y la casa de sus abuelos) es el despliegue de una memoria que vibra: el viaje irá sucediendo, en paralelo, sobre un camino trazado, originalmente, en el pasado o, mejor dicho, sobre una huella; un pasado que se desgrana, como una fruta, con toda su intensidad.

El contraste entre aquellos viajes luminosos y éste será definitivo: ahora solo quedan las ruinas, los vestigios. Libros, fotografías, una máquina de escribir. Pero también personas que orbitaban en el sistema familiar: la prima Claudia, el flaco Gariglio (esa larga sombra detrás del tío Agustín).

La escritura de Costamagna, clara y envolvente, recorre un sendero semejante al que evoca, por ejemplo, el mundo piamontés de Cesare Pavese en La luna y las fogatas. Con imágenes y personajes entrañables, la novela explora el borde de algunas fronteras: las geográficas y esa, un poco más definitiva, que va modelando el tiempo en la memoria.

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