
El volcán del simbolismo entró en erupción
La palabra "símbolo" proviene del verbo griego ballein , que significa "arrojar". Se arroja, por ejemplo, una "bala". Pero también se arrojan las significaciones de las cosas lejos de ellas, como procurando comprenderlas figurativamente. La mente trabaja con símbolos a un punto tal que hasta el término "palabra" está ligado a ballein . Cuando aludimos a una cosa mediante una palabra, ¿no lo hacemos en cierto modo fuera de ella, simbolizándola en el lenguaje? Por eso otros términos como "parábola" y "problema" también derivan de ballein . Como el ser problemático que es, el hombre convierte las cosas en problemas.
Quizá los animales tratan, por instinto, con las cosas mismas. Pero el ser humano trata con ellas a través de una intrincada red de símbolos. Hasta "diablo" se liga a ballein : tanta es la fecundidad de nuestra imaginación simbólica. Pero ella se logra a cambio de la renuncia a las cosas en sí. Si decimos que el hombre es, por definición, un ser simbólico, también estamos diciendo que no aprehende las cosas directamente sino a través de sus representaciones mentales. Frente a las cosas el hombre es, por definición, un ser distante.
Mientras tengamos conciencia de que los símbolos no son las cosas sino la representación mental de ellas, seremos seres "simbolizantes" porque fabricamos de continuo símbolos, "simbolistas" porque nos gusta fabricarlos y "simbólicos" porque dependemos de los símbolos que creamos.
Pero hay una tentación fatal en todo esto. Ella triunfa sobre nuestro sentido de la realidad cuando, en lugar de tener conciencia de que los símbolos que necesitamos crear no son las cosas, pasamos a creer que son las cosas a las que representan. Cuando esa tentación prevalece, el hombre cae en simbolismo.
La palabra "simbolismo" se usó a fines del siglo XIX para designar a las escuelas de pintura y otras artes cuyo empeño era aludir a la realidad mediante símbolos cada vez más abstractos, que las llevaría finalmente al surrealismo. Los miembros de estas escuelas se llamaban "simbolistas" porque amaban expresarse no ya mediante símbolos inevitables y heredados como las palabras sino a través de símbolos creados por ellos mismos. Si algún simbolista creyera que lo que él hace es la realidad, caería en "simbolismo".
Erupción del simbolismo
Los terroristas que creyeron golpear el corazón de los Estados Unidos porque lograron destruir los símbolos de su poderío económico y militar padecían de simbolismo. En el mundo de las cosas mismas, probablemente los Estados Unidos se harán más fuertes en función de la enorme energía de indignación que los movilizará a partir de los atentados. En el mundo de los símbolos, en cambio, han sido destruidos.
Pero al igual que la lava de un volcán en erupción el simbolismo, una vez que surge, se difunde rápidamente. Cuando muchos, sin animarse a aplaudir a los terroristas, sostienen pese a ello que al fin y al cabo los Estados Unidos, en su carácter de imperio capitalista, tiene muchos pecados por lavar, se arriman al falso fuego del simbolismo.
Supongamos que los Estados Unidos fueran, como sociedad, culpables de explotación, ¿es lógico pensar que se identifican con los seres concretos, de carne y hueso, que sucumbieron en las Torres Gemelas? ¿Qué tiene que ver con el poder imperial norteamericano ese colombiano ciego a quien salvó su perro? ¿Cuál es la "culpa imperial" de los argentinos, alemanes, japoneses y coreanos inmolados en las torres? ¿Cuál la de los miles de norteamericanos que ejercían en ellas los más diversos oficios, desde atender el teléfono, teclear las computadoras o servir el café? ¿Cuál la de los turistas de las más diversas nacionalidades que las visitaban?
Sólo podría decirse que todos ellos eran culpables... simbólicamente. Pero no murieron como los símbolos de un videojuego sino como padres de los huérfanos que dejan.
A partir de los atentados del martes, la erupción del simbolismo se expande peligrosamente. Hay otros que recuerdan, para justificar o al menos "comprender" a los asesinos, que después de todo son miles de millones los pobres que en el mundo reclaman justicia. ¿Pero acaso los sofisticados planificadores de los atentados son ellos mismos pobres? ¿O son, más bien, ricos en recursos y en poder que hablan en nombre de los pobres? ¿En qué lugar de la realidad es posible vincular a los pobres con este incomparable acto de violencia? ¿Estarán mejor porque miles de inocentes perecieron el martes?
Lamentablemente, los pobres son demasiado pobres para hacer revoluciones. Eso sí: los ricos y los poderosos las han hecho y las siguen haciendo en su nombre. Como la historia lo ha demostrado hasta el cansancio, cuando los revolucionarios prevalecen aumentan sus privilegios mientras los pobres siguen esperando en vano.
La erupción del simbolismo es tan contagiosa que amenaza afectar hasta a los diseñadores de la respuesta que preparan los Estados Unidos. Se dice por ejemplo que habría que castigar a Afganistán. Pero los millones de hombres y mujeres que habitan este hasta ayer olvidado país, ¿han sido acaso los autores del gigantesco asesinato? ¿O casi ninguno de ellos sabe ni siquiera dónde quedan los Estados Unidos? Pese a esto, ¿igual habría que golpearlos? Sí, si sólo se quiere satisfacer al simbolismo.
El "Hombre" y el "prójimo"
No es casual que uno de los preceptos cardinales del Evangelio sea que hay que amar al prójimo como a sí mismo. En ninguna parte dice el Evangelio que hay que amar al Hombre como a sí mismo. Es que el Hombre, en realidad, no existe. Es nada más que un símbolo. El "prójimo" o "próximo" es, en cambio, este hombre, esta mujer, este anciano, este niño, que está delante de nosotros. Así lo entendió, al menos, el Buen Samaritano.
¡Cuántos crímenes se han cometido contra el prójimo por exaltar al Hombre! Por liberar al Hombre cuyos derechos proclamaba, la Revolución Francesa hizo rodar miles de cabezas "próximas". En función de su revolución liberadora del Hombre al que llamaba Proletario, la Unión Soviética padeció durante el siglo XX noventa millones de muertes no naturales. Cuando el Hombre entra en escena, miles o millones de prójimos salen de ella.
Los que murieron y padecieron en las torres no eran los explotadores del Hombre. Eran simplemente "este" hombre, aquella mujer. Eran el colombiano ciego y los argentinos que ya no están. Era el norteamericano que se ganaba el pan. Tampoco los pobres son seres abstractos con mayúscula sino prójimos: aquellos seres concretos a quienes podemos ayudar. Cuando algunos clérigos se olvidan de que son los herederos de San Vicente de Paul y de la Madre Teresa, cuando se distraen de la tarea de ayudar para arremeter contra las "estructuras" injustas que nos rodean, la ideología sustituye a la caridad.
Pero somos tantos en este mundo posmoderno, nada menos que seis mil millones de "prójimos" que ahora lo somos por saber como antes no ocurría unos de los otros, que la tentación del simbolismo simplificador se torna cada vez más poderosa. En vez de José y Susana, pensamos entonces en clases, consignas e imperios. Poco nos importa si José y Susana van perecer a causa de ello. En el augusto mundo de los símbolos, el destino de las personas es insignificante.





