
Elemental, mi querido Watson
Deducción y adivinación, dos claves del método Sherlock Holmes a las que la película de Guy Ritchie les rinde homenaje Javier Rojahelis EL MERCURIO / GDA
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La imagen de un investigador criminal que sigue pistas, indaga, hace hipótesis y realiza brillantes o sorprendentes deducciones no es algo raro para una persona de nuestra época. Es casi como el cliché de todo fisgón policial o detectivesco, como los literarios Poirot y Maigret o el televisivo Columbo. Sin embargo, gran parte de esas características proviene de un solo personaje, que sirvió y sigue sirviendo para definir la figura del detective por antonomasia: Sherlock Holmes.
Conan Doyle, su autor, se había alimentado de los folletines policiales, pero en ninguno de ellos estaba claramente definido el papel más especulativo que sí mostraba Holmes para investigar un crimen. En aquella época lo que existían eran más bien relatos en los que la persecución del criminal era más importante que el enigma de la identidad del culpable y los procesos racionales para llegar a ella.
A pesar de eso, Conan Doyle reveló algunas de sus fuentes, las pocas que en ese entonces podían servir de antecedente para su personaje. En el Retrato en escarlata , el doctor Watson le comenta a Holmes que su capacidad analítica le hace recordar al detective Dupin, de los relatos policiales de Poe. También aparece mencionado otro personaje literario de la época, el policía Lecoq, de las novelas de Gaboriau.
La pregunta que queda es cuán diferente resulta Holmes en relación con estos antecesores y en qué medida viene a convertirse en la piedra angular del género policial-detectivesco. En su libro La novela policial, Boileau recuerda que los policías que aparecen en la mayoría de las novelas del siglo XIX resultan más bien pintorescos y que sus técnicas tenían que ver más bien con el uso de informantes y de rastrear pistas que con otra cosa. Al detective lo destaca como un hombre cultivado, un gentleman que estudia el crimen como una pieza de colección. Una especie de intelectual. Y, claro, Dupin está empobrecido, pero desciende de una familia ilustre. Lo mismo podría decirse de Holmes. Para ellos lo que importa es el enigma y su resolución en un proceso que, si bien se maneja con los datos materiales de la escena del crimen, ocurre principalmente en la mente especulativa y analítica del investigador.
Aquí es donde comienza a verse con más claridad el papel de Holmes, no sólo dentro de la literatura, sino incluso dentro del pensamiento occidental. Un rol que Umberto Eco y Thomas Zebeok analizan en el texto El signo de los tres . Ahí se estudia a Conan Doyle y su relación con las teorías del pensador estadounidense Charles S. Peirce.
Dicho estudio plantea que el personaje de Holmes representa un tipo de razonamiento distinto a la inducción y a la deducción, el tipo de pensamiento que permite que el conocimiento avance. Peirce llama a ese tipo de razonamiento "abducción" y consiste en una serie de conjeturas que parten de la observación, pero que tienen una buena porción de adivinación.
Holmes suele sorprender con sus adivinaciones acertadas a los que lo rodean (aunque el personaje niega que lo suyo sea adivinar), como si fuera una suerte de mago. Sin embargo, estos trucos tienen una fuente original que el autor Conan Doyle confiesa: su profesor de medicina Joseph Bell.
Bell, al igual que Holmes, era un experto en generar hipótesis a partir de la observación de los detalles más ínfimos y que el resto pasaba por alto. De hecho, en uno de los recuerdos que hace Conan Doyle de su maestro parece que uno estuviera viendo a Holmes en acción. En una entrevista en un consultorio, el doctor Bell adivina inmediatamente que su paciente ha estado en el ejército, que fue suboficial y que estuvo en Barbados. Y, luego, justifica sus juicios del siguiente modo: "Observen señores. Este hombre era una persona educada; sin embargo, no se ha sacado el sombrero. En el ejército no lo hacen, pero si hiciera tiempo que estuviera licenciado habría adoptado maneras civiles. Tenía un aire de autoridad, por lo tanto debió haber sido suboficial. En cuanto a Barbados, padece elefantiasis, enfermedad de las Antillas, no de Gran Bretaña."
Bell lo justificaba del siguiente modo: "La importancia de lo infinitamente pequeño es incalculable".
No es raro que Holmes haya terminado convirtiéndose no sólo en inspiración para el resto de la novela policial, sino que también hoy en día se pueda reconocer incluso en series televisivas como "Dr. House" o "El mentalista", cuyos personajes plantean hipótesis confiando en que existe una afinidad entre mente y naturaleza que hace posible que el adivinar no sea un mero acto vacío.
El modelo 2010
La versión de Guy Ritchie tiene mucho que ver con la estética con la que actualmente se retocan los clásicos. Adaptaciones en las que la acción debe ocupar un lugar central con ritmos que se alejan, en el caso de Holmes, a lo que se ha visto en las anteriores versiones inglesas o norteamericanas de la saga del detective. Pero más allá de eso y de las concesiones que se hacen para atraer público al cine, lo cierto es que la película de Ritchie logra atisbar los elementos propios de Holmes. El detective es descrito en la novela como un experto boxeador y esgrimista con espada y palo. Tampoco se deja de lado su adicción a la cocaína, aunque aparece muy sutilmente mencionada en una escena en la que Watson le echa en cara que ha estado consumiendo un producto que se usa para las operaciones de los ojos, que es justamente el uso que Carl Koller le había dado a la cocaína en el siglo XIX. De hecho, el estado febril con el que se mueve el personaje de Holmes puede ser reflejo de este mismo consumo perfectamente. A esto se suman, ciertamente, todos los recursos con los que el detective adivina de una sola mirada una serie de características de las personas que tiene en frente. Tampoco se deja de lado la no poco frecuente fanfarronería del detective ante los torpes policías de Scotland Yard.





