Elogio de la autoridad

Alejandro Rozitchner
Alejandro Rozitchner PARA LA NACION
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2 de julio de 2010  • 02:16

Estamos enfermos de la idea de que toda autoridad es ilegítima. Una mala comprensión del sentido de la libertad nos vuelve caprichosos e intolerantes respecto de cualquier ejercicio del poder, como si el ser humano tuviera que ser tratado como una libélula idealista y no como personas con entidad y participación en el normal juego de lucha y conflictos que es una sociedad. La vida natural, de la que la sociedad es parte, es expresión legítima e inocente de un constante juego de poderes enfrentados. Pero esa lucha tiene un orden y una estructura, debe adecuarse a la ley.

No puede aceptarse que un grupo de chicos corte una avenida por la que circulan decenas de miles de personas como forma de reclamo por un problema que padecen. Aun cuando el problema exista y su descontento sea fundado, su acción no queda automáticamente legitimada por esto: debe hacerse respetando el orden general. Todos tenemos descontentos, no hay sociedad sin descontentos parciales, el modo de procesarlos es otro. Del mismo modo tampoco puede aceptarse que un grupo de ciudadanos corten la circulación internacional porque no le gusta el rumbo que tomaron las cosas en su zona. No puede aceptarse quiere decir: no tienen derecho a hacerlo. El derecho, la ley, está para cuidar a la sociedad entera por sobre los intereses particulares. Eso no quiere decir que no deba haber intereses particulares, que sean ilegítimos o indebidos, sólo quiere decir que no pueden expresarse de cualquier manera, que estos deben aceptar las reglas del juego común de la sociedad.

Si no te gusta un aspecto de la vida nacional, incluso si no estás de acuerdo con una ley, podés hacer algo: se llama política. Las cámaras tratan leyes, las cambian, las renuevan, las ajustan. No, no es rápido ni fácil, pero es el camino. Incluso se puede trabajar, también políticamente, para que se agilice el juego, o para que se perfeccionen las mismas formas de la política. Existe la libertad de expresión suficiente como para, incluso, debatir públicamente la pertinencia de las leyes. Esta libertad es valiosa, no la tuvimos siempre, tenemos que usarla. En la Argentina tenemos más libertad de la que somos capaces de usar.

Los organismos de seguridad tienen a su cargo el cuidado del cumplimiento de la ley. Esto no quiere decir que haya que "reprimir" o ejercer una violencia desmedida y brutal. Quiere decir que hay que lograr de manera eficaz e inmediata restablecer la circulación y la seguridad general, utilizando los métodos más adecuados pero con firmeza y contundencia. El conocimiento humano avanza todo el tiempo y mucho, y hoy en día, gracias a los métodos de mediación, de negociación, de disuasión, la represión violenta es una opción menor. Incluso cuando debe tener lugar, como en todas partes del mundo sucede a veces, puede estar realizada por gente bien formada, que no aproveche la movida para canalizar sus impulsos sádicos. De sádicos están llenas las fuerzas de seguridad, tradicionalmente: una fuerza de seguridad moderna debe controlarlos con eficacia. Otra vez: existe la ley para lograrlo.

Parte de nuestra confusión proviene de la desviación autoritaria propia de la Argentina. No es algo que le pase sólo a los malos: nuestra sensibilidad general tiene un aspecto reaccionario, violento y áspero, que tenemos que aprender a controlar y reeducar. Este reaccionarismo nacional aparece últimamente sobre todo en el sector que gusta llamarse progresista y popular, sin que logre jamás reducir la pobreza, principal problema del sector al que supuestamente defiende.

Hemos tenido muchos golpes militares, el último de ellos de una crueldad extrema. Hemos tenido lucha armada, que proponiéndose como justiciera y revolucionaria también actúo de manera inhumana y brutal, como fanáticos iniciados, en el más puro estilo fascista o nazi. Eso nos hace creer hoy que la autoridad conduce siempre a esos extremos, pero no es verdad. Se lo ve con toda evidencia en países que han sabido tratar mejor con sus problemas: el orden debe ser mantenido, sobre todo puede y debe serlo en una sociedad democrática que habilita infinitas posibilidades para el constante juego de la transformación. Ese orden permite el crecimiento y el avance hacia el mayor bienestar general posible. No se trata de un principio conservador ni reaccionario, el del orden, se trata de establecer y proteger la estructura que arma al mundo comunitario.

Quienes pretenden hoy ver un fenómeno represivo detrás de todo intento de recuperar el orden hacen trampa. Basta un ejemplo: el desalojo de los locales ilegales en Liniers por parte del gobierno de la Ciudad no fue un ejercicio de autoritarismo sino la defensa del espacio público por sobre los intereses particulares y mafiosos. ¿Locales construidos sin autorización por un vivo que cobraba alquiler? Eso no es "generar trabajo", eso es lucrar con lo público, ocupar un espacio de todos en provecho personal: se llama delincuencia, no defensa de los pobres. Los vecinos pedían insistentemente esta medida que restituye el uso libre del espacio de todos. Si el estado es capaz de actuar de modo de restablecer la libertad social y recupera el espacio para el uso del vecino no es autoritario, ejerce la autoridad que le da la ley en beneficio de todos. Sí, hay políticos que presentan todo caso de dolor como una prueba de la inhumanidad de los gobernantes, pero ese efecto demagógico malintencionado no corresponde a la verdad, es una mera manipulación de la opinión pública con fines de empobrecimiento general. Tenemos sobradas pruebas de lo que esa mentalidad aprovechada y sin verdad produce.

La Argentina no va a poder hacer frente a sus enormes problemas de pobreza, de distribución, de trabajo, seguridad y educación si no es capaz de recuperar una idea de autoridad legítima y útil. El ciudadano normal lo tiene bastante claro: trabaja y quiere que lo ayuden, sabe que la aplicación de la ley lo beneficia. El político costumbrista, demagógico, populachero, construye y reconstruye una fantasía de abuso del poder que no corresponde a la realidad actual. Sí, correspondía a la realidad de la dictadura militar, pero ¡pasaron ya 26 años desde que ese régimen terminó! Si no somos capaces de evolucionar después no nos quejemos de nuestra suerte. La suerte no existe, los países se hacen con trabajo, con innovación, con capacidad, con alegría, con ganas de vivir y sí, con un uso moderno y justo de la autoridad.

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