
En el largo plazo, ¿estaremos todos muertos?
CUANDO acuñó en su "Ensayo sobre la reforma monetaria" (Tract on Monetary Reform), publicado en 1923, esa famosa oración según la cual "la noción del largo plazo no es una buena guía para la conducción de los negocios porque en el largo plazo estaremos todos muertos", Lord Keynes representaba el nuevo ánimo "cortoplacista" que había invadido a la declinante Inglaterra posvictoriana.
El imperio británico, que culminó bajo el largo reinado de la reina Victoria algunas décadas antes de Keynes, se había edificado sobre la premisa contraria: que las naciones y los imperios acunan metas de largo plazo. Fue bajo el llamado de grandeza que venía del largo plazo que miles de marinos y soldados ingleses murieron para dejarles un legado a sus descendientes. ¿Qué movió por otra parte a nuestros próceres sino el sueño de una Argentina educada, poblada y próspera a la que ellos no verían?
El largo plazo acarrea, sin duda, la muerte individual. También trae consigo, si se lo busca con determinación, el desarrollo de las naciones. El roble que en este momento admiro, lo plantó mi abuelo.
El "coyunturalismo" que Keynes introdujo en la ciencia económica fue bienvenido con razón porque el fin de siglo que lo precedió se había alimentado en exceso de pomposos ideales. Juzgado como una reacción saludable contra el "largoplacismo" de los vastos imperios que se desmembrarían a lo largo de las tres guerras mundiales del siglo XX (la Primera en 1914-1919, la Segunda en 1939-1945 y la "guerra fría" en 1945 -1989), del imperio británico al turco, del austrohúngaro al alemán, de la Rusia de los zares a la Unión Soviética, el "cortoplacismo" trajo consigo el giro de la atención pública hacia la vida concreta de los ciudadanos en lugar de los grandiosos sueños territoriales.
Pero cabe preguntarse ahora si, obsesionados como estamos con los ciclos económicos de unos pocos años, con los balances trimestrales de las empresas, con las variaciones diarias de la tasa de interés y del riesgo-país, no nos pasa ahora a los sucesores de Keynes algo exactamente opuesto a lo que les pasaba a sus antecesores. Antes, el bosque imponente de las visiones exaltadas no permitía ver el modesto árbol a cuya sombra vivían esos mismos que las habían engendrado. Hoy, el árbol absorbente de lo cotidiano nos impide ver el bosque que lo alberga. Suspendidos en las frágiles ramas donde cada cual sobrevive como puede, corremos el riesgo de no percibir el bosque frondoso que le da sentido. "La nación -escribió Ortega y Gasset- es un proyecto sugestivo de vida en común". ¿Es esto la Argentina, hoy, para los argentinos?
El hormiguero
Caminando por el campo, ¿ha pateado usted alguna vez un hormiguero? Al puntapié sigue la secuencia de miles de hormigas frenéticas agitándose en cualquier dirección. ¿Qué les pasa? Que se han quedado sin el largo plazo.
No bien hacemos el esfuerzo de pensar a la Argentina más allá de sus angustias cotidianas, recibimos una impresión comparable. ¿Cuáles son, hoy, nuestros titulares? Que la recaudación de enero superó en un 2,6 por ciento a la de enero de 2000. Que Greenspan bajó la tasa de interés de 6 a 5,50 al mes de haberla bajado del 6,50 al 6. Que dos fiscales sin pelos en la lengua han reinstalado el tema de los sobornos en el Senado. Que, según el Gobierno, el producto bruto subirá un 2,5 por ciento en 2001 y, según los pesimistas, nada o un 1,5 por ciento. Que Alvarez y De la Rúa siguen ensayando el minué de sus acercamientos y alejamientos. Que en octubre el Gobierno tratará de sortear la valla de las elecciones legislativas. ¿Cuál de estas noticias subsistirá de aquí a un año? El año 2001 absorbe enteramente nuestra atención. Vivimos bajo el imperio del árbol.
España en América
Cuando la Argentina comenzó su formidable expansión de 1880 en adelante, tenía un argumento de largo plazo. Conectada comercialmente al imperio británico, con un ejército prusiano y cultura francesa, alquimista que forjaba la mezcla única en el planeta de españoles e italianos, la Argentina se había propuesto ser "Europa en América".
Desde el momento en que se había propuesto un proyecto de largo plazo, la Argentina de entonces juzgaba todo lo que le ocurría según la condujera o no la condujera en la dirección prevista. Cada árbol se plantaba en un bosque previamente diseñado.
¿Tenemos, hoy, una plantación comparable? O se nos aplica a los argentinos de hoy la advertencia de Séneca cuando dijo que "para el que no sabe adónde va, nunca hay vientos favorables"? Por no pensarse en el largo plazo, la Argentina de 2001 se ha quedado sin argumento. ¿Es posible pensarla de nuevo?
Una manera de pensar nuestro futuro es glosar la frase "España en América". Mientras pensábamos en la Argentina como "Europa en América", lo que teníamos en vista era "traer" Europa a esa porción de América que era la Argentina. "España en América" significa en cierto modo lo contrario: meter la Argentina en América del mismo modo como España se metió en Europa.
Cuando decidió ingresar en la Unión Europea, esa España que había errado largo tiempo entre la nostalgia del imperio y el desamparo de las luchas civiles, encontró un nuevo argumento. Había decidido competir en Europa. Para hacerlo, atravesó un duro período en cuyo transcurso debió desprenderse de un sistema industrial sobreprotegido e ineficiente. Para pasar del proteccionismo a la competitividad, se armó de algo que nosotros no hemos sabido procurarnos todavía: un blindaje social. Llegó a tener un 24 por ciento de desempleo. La adaptación a una severa competencia genera, inevitablemente, desempleo. Pero el desempleo español tuvo su bálsamo social gracias al seguro de desempleo.
El blindaje social es como el andamio de un edificio: lo primero que debe hacer un país para volverse competitivo mediante un gigantesco proceso de cierre y de creación de empresas.
Si la Argentina va ser finalmente "España en América", le faltan dos cosas. Primero, saber adónde va a insertarse. Europa nos dio la espalda. El Mercosur no alcanza. Pero "con" el Mercosur es posible viajar hacia la integración americana prevista en la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que será una realidad de aquí a cuatro o cinco años.
Deberíamos prepararnos para la travesía Si lo hiciéramos, nuestra primera revolución debería ser el feroz ajuste de las cuentas públicas hoy atribuladas por la burocracia, el partidismo y la corrupción para hacerle lugar a la red de protección social sin la cual obtener la competitividad será una meta políticamente inviable. Una vez en marcha, la Argentina se pondría a ejecutar su nuevo argumento americano.
Para pensar un plan de inserción de este tipo, hace falta imaginar un horizonte de quince a veinte años. Si gracias a nuestra transformación creciéramos no ya al 2 sino al 6 ó al 7 por ciento anual, en menos de dos décadas llegaríamos al nivel de ingreso por habitante que hoy tiene España. Pero lo más importante es que tendríamos de nuevo un "proyecto sugestivo de vida en común".
Esa nación que volveríamos a ser acogería finalmente nuestras cenizas porque en el largo plazo todos estaremos muertos. Lo que importa, sin embargo, no es la muerte. Es el legado.






