Entre el keseyó y el nosequé
“Te pido disculpas. me tengo que ir a comer” (De Daniel Scioli)
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De Daniel Scioli se podrían decir muchas cosas, menos que sea un hombre miedoso: se recobró de una tragedia; nunca le hace asco ni a gobiernos de izquierda, de centro o de derecha si se trata de asumir un cargo, y jamás dice lo que realmente piensa o lo dice de manera tal que no se le entiende. Huidizo sí; cobarde, jamás. Hasta que la colega Laura Di Marco le preguntó qué opinaba del escándalo Tapia-Toviggino, en LN+. “Te pido disculpas. Me tengo que ir a comer”, se excusó Scioli después de una pequeña interrupción en la comunicación y tras haber intentado zafar por todos los medios de responder la pregunta. La comparación es inevitable con el “me quiero ir” de Hernán Lorenzino, cuando era ministro de Economía de Cristina Kirchner y una periodista griega le insistió tres veces para que respondiera cuál era el índice real de inflación en la Argentina.
Salvando las diferencias y sin intención de justificar a ambos personajes, ¿cuántas veces hemos puesto una excusa para no responder, no ir o no permanecer en un lugar? Claramente, estamos eximidos de la responsabilidad política que les cupo y cabe a quienes gobiernan, pero no me diga, querido lector, que nunca inventó excusas para zafar.
Recuerdo a una compañerita de la primaria que justificaba no haber hecho la tarea porque se le había muerto la abuela. Una maestra contó los fallecimientos por ella comunicados y llegó a la conclusión que ya se la habían muerto cinco abuelas solo en el primer semestre. Apestillada que fue, respondió: “Es que siempre resucita”. Era muy religiosa.
En la secundaria tuve otro amigo bastante novelero: no le gustaba hacer gimnasia y siempre se justificaba en que le dolía el cuerpo por los golpes que recibía al defender a su hermanito del bullying que le hacían en el barrio. Consternada, la rectora llamó a los padres. No solo nunca se había peleado, sino que ni siquiera tenía hermanos.
Hoy me fascinan –cuando se me va el enojo, claro- los prestadores de servicios y sus excusas. El correo privado nunca me encuentra en casa aunque me quedo esperándolo atornillada al portero eléctrico. Es un amor. Hasta me manda un mail diciendo que no estuve cuando nunca pasó. ¿Y el plomero? Estoy a punto de regalarle una agenda, un reloj y comprarle una bici porque, cuando no cancela el día viene a la hora que quiere con la excusa de que se le rompió la camioneta.
Autores que estudian a fondo estas estrategias las llaman el “síndrome de esqueísmo”, superior incluso a la procrastinación. La vida que transcurre entre el keseyó y el nosequé.








