
Entre la hipocresía y el cinismo
LA palabra "hipocresía" proviene de las voces griegas hypo, que significa " por debajo" (por ejemplo, "hipoglucemia": cuando el azúcar en la sangre se halla por debajo de los niveles normales), y krinein, que significa "juzgar". El hipócrita "juzga por debajo": en tanto proclama un principio ante los demás, por debajo, en el subterráneo de su conciencia, niega aquello que proclama.
La palabra "cinismo", si bien está ligada etimológicamente al griego kinos, que significa "perro" ( de ahí, "can"), en verdad alude a la escuela filosófica de los cínicos (literalmente, "perrunos"), cuyo más famoso representante fue Diógenes, el primer hippie de la historia. Diógenes vivía deliberadamente "como un perro" en las calles de Atenas durante el siglo IV antes de Cristo, sin casa y sin trabajo, despreciando abiertamente los principios que veneraban sus compatriotas.
Podría decirse que el cinismo nace en reacción contra la hipocresía. El héroe de la película Belleza Americana, por ejemplo, ve tanta mentira a su alrededor que un día se rebela en busca de la autenticidad, escandalizando a sus familiares y amigos. Deja de ser un hipócrita, pero no rechaza las convenciones existentes en nombre de una nueva fe. Simplemente, se burla de todo porque ya no cree en nada. El cínico viaja del disimulo a la ironía, en alas del nihilismo. ¿Qué es peor, ser cínico o hipócrita? El cínico tiene la ventaja de ser auténtico, pero su autenticidad es disolvente. El hipócrita es inauténtico, pero su inautenticidad rinde público homenaje a las normas en las que finge creer, permitiendo de este modo un mínimo de orden social. Si una pareja abandona la fidelidad recíproca y se entrega a la promiscuidad, puede proclamarlo abiertamente u ocultarlo para no escandalizar a sus hijos.
Cínicos e hipócritas
Naturalmente, lo mejor no es el cinismo ni la hipocresía sino la integridad. La persona íntegra, "entera", vive de acuerdo con lo que proclama. Pero, en un artículo que publicó La Nación el miércoles pasado, Enrique Valiente Noailles analiza las idas y vueltas de Gustavo Beliz y Domingo Cavallo, que han terminado por unirse e irán a una elección interna consensuada el próximo domingo pero después de haber dicho cosas muy duras uno del otro. A partir de este ejemplo, Valiente Noailles se preocupa por el cinismo que a su juicio invade nuestra vida pública. "La política _sostiene_ no está hoy dominada por la razón práctica o humanista, sino por la razón cínica".
Decía Ortega y Gasset que escribir es, en cierto modo, exagerar, porque el escritor necesita subrayar lo que dice para llamar la atención del lector y quizá Valiente Noailles exagera, pero su tesis enciende una señal de alarma en nuestra vida política, destacando en cierta forma el dilema del que hablábamos: si la integridad es por ahora un ideal distante, ¿cuál es el mal menor? ¿La hipocresía o el cinismo? ¿Es mejor salvar al menos las apariencias de una conducta pública indiscutible o ventilar sin más las claudicaciones de la política ante la mirada escandalizada de los observadores? ¿Es en todo caso cínica la conducta de Beliz y Cavallo? ¿O responde más bien a la "razón práctica" que ningún político podría ignorar?
En cuanto a la hipocresía, el mundo actual no anda escaso de ella. La vemos asomar, por ejemplo, en el comercio internacional.
Hace unos días nos visitó el secretario de Comercio norteamericano William Daley. Vino a decirnos que debíamos respetar la libertad de comercio en materia de patentes, acusando a las empresas farmacéuticas argentinas de desconocer el derecho de propiedad intelectual que la industria norteamericana tiene sobre sus inventos y de presionar al Congreso para que mantenga por cinco años más la protección de la que hasta ahora han gozado.
La semana pasada le tocó visitarnos a otro alto funcionario norteamericano, el subsecretario de Asuntos Económicos Alan Larson, que presionó a la Argentina para que acepte de una buena vez otro de los principios de la libertad del comercio internacional, el de "los cielos abiertos", en función del cual las aerolíneas extranjeras podrían penetrar sin trabas en nuestro espacio aéreo, superando la protección de la que gozó tradicionalmente Aerolíneas Argentinas.
Tanto Daley como Larson invocaron el sagrado principio del libre comercio al cual tanto los Estados Unidos como la Argentina adhieren públicamente. ¿Cómo conciliar su visita, empero, con el hecho de que los Estados Unidos imponen cuotas restrictivas a numerosas exportaciones argentinas, mientras subsidian sin vacilar a sus propios agricultores? Decía Pascal: "verdad de este lado de la frontera, mentira del lado opuesto". El principio del libre comercio que los países dicen aceptar, se refracta, se vuelve contra sí mismo, no bien perfora una frontera. La distancia entre los dichos y los hechos del comercio internacional también se verifica en el Mercosur. Funcionarios argentinos y brasileños le queman incienso cada día como a un dios. Pero, después de cambiar de golpe sus reglas de juego en enero de 1999 mediante una mega-devaluación, Brasil tienta ahora a las empresas argentinas para que vayan a radicarse del otro lado de la frontera. Esto no le ha impedido decir al presidente Cardoso que "lo horroriza" la emigración de las empresas argentinas a su país. Tampoco impide que, de este lado de la frontera, la Argentina ponga trabas a la ahora fácil importación de los productos brasileños.
¿Cuál es entonces el verdadero principio del comercio internacional que rige "por debajo" de lo que los países proclaman? Sería más o menos éste: cuando se es más fuerte que el otro, se exige el acatamiento a la libertad de comercio; cuando se es más débil, se la niega en los hechos pero aún así se justifican las trabas proteccionistas mediante razones aparentemente congruentes con la libertad de comercio como las precauciones sanitarias o la denuncia de que el otro practica el dumping, esto es, la inundación de los mercados con precios artificialmente bajos, subsidiados. El dumping es, por su parte, un arma de doble filo, puesto que el país que lo denuncia en los demás también acude a él cuando se presenta la ocasión. Este es el sentido de la palabra subterfugio : negar por debajo lo que por arriba se manifiesta.
Integros e ingenuos
El comercio internacional de las naciones encaja en la definición de la hipocresía: se proclama un principio y se lo cumple cuando favorece, pero se lo esquiva cuando perjudica. El principio aparente del comercio internacional es el libre comercio. El principio real, que se esconde por debajo de él, es el nacionalismo.
La solución, ¿sería que nos convirtiéramos a la integridad? Pero esta conversión, para ser efectiva, debería ser universal. Es que, si un país actúa con integridad sin advertir que otros no lo harán, cae en ingenuidad. La Argentina, ¿no abrió ingenuamente su economía en los años noventa? ¿No se metió ingenuamente en el Mercosur? El Evangelio nos aconseja ser puros como las palomas pero astutos como las serpientes. Si estamos dispuestos a superar el tortuoso desafío del comercio internacional, los argentinos deberíamos asociar la integridad con la prudencia, sin oscilar cíclicamente entre la hipocresía que finge creer, el cinismo que no cree en nada y la ingenuidad, que cree demasiado.





