
¿Es éste un país de gaznápiros?
Si ya leyó el título, aquí va la respuesta: no, lo que pasa es que abundan en demasía. La Real Academia Española llama gaznápiro al tipo grosero o simplón, al vulgar palurdo, y lo cierto es que uno descubre su presencia sin mucha búsqueda. Gaznápiro es el fulano que enchastra con aerosol las paredes urbanas, incluso las del Cabildo, repintadas en vísperas del 25 de Mayo y enseguida vueltas a profanar; quien cree que la vía pública es un inmenso tacho de basura; todo varón que se ufane más por su continente que por su contenido, ahora llamado metrosexual; cuanta mujer prefiera ser sexy antes que persona, para así reconocerse subsidiaria del hombre; todo estudiante olímpicamente burro, creído de que la vida es un videogame; quien suponga que el dale que va es un rasgo tutelar de la idiosincrasia nativa... Gaznápiros embozados y truculentos, palos en ristre, pululan tanto como los muchachones suscriptos a la parranda indolente, que abonan la modorra de sus neuronas en largas trasnoches cerveceras. Por descontado, son ellos el producto de padres gaznápiros, demasiado atentos al fútbol por televisión y a las burdas audacias que ventilan los culebrones como para distraer su cabezota en minucias. La palurdez de los hijos se hereda de los padres, casi siempre. También, cómo no, hay gaznápiros conspicuos: los de última generación metabolizan la disidencia democrática y la transforman en atisbos de insurrección institucional. En Buenos Aires, abundan los inspectores que velan por el buen funcionamiento de los ascensores domiciliarios y casi no existen los que tienen la obligación de impedir que los pasajeros de trenes se arracimen en los peldaños de los vagones, aun cuando los ascensores provocan accidentes cada muerte de purpurado y los accidentes ferroviarios cuestan vidas cada dos por tres. ¿Cuánto burócrata gaznápiro no advierte que los usuarios de trenes y ascensores merecen idéntico cuidado?
El psiquiatra Sigmund Peribáñez, autor del tratado Excrecencias del superyó, sostiene que los seres humanos poseen un gen gaznápiro que, en la edad del desarrollo, los impulsa a incrustarse aritos en diversas partes del cuerpo, incluso las pudendas, y que, ya adultos, ese gen se les vuelve más insurgente cuanta más globalizada influencia ejerza su dueño. "Las tropelías que cometen quienes se asumen amos del mundo son producto de que tienen el gen gaznápiro en exceso irritado", deduce, y éste será el meollo de la tesis que espera presentar en la Universidad de Harvard, quizás el año que viene, siempre y cuando Bush pierda las elecciones de noviembre.




